Estar para mí: un acto de valentía amorosa

Durante años me protegí tras armaduras forjadas con autosuficiencia, perfeccionismo y disponibilidad constante. Aprendí a ser el que todo lo puede, el que nunca se detiene, el que siempre está para los demás, aunque por dentro se desmoronaran las ganas. Pero un día, al nombrarlas en voz alta, entendí que esas armaduras no eran fortaleza, sino estrategias de supervivencia nacidas del miedo, del deseo de ser querido, de la necesidad de control. El coach que soy se encontró con el ser humano que también necesita descanso, cuidado, ternura. Desde entonces, he comenzado a aflojarlas, sin violencia, con presencia. A reconocer que pedir ayuda no me hace débil, que equivocarme no me quita valor, que decir que no también es amar. Hoy elijo estar para mí, con la misma dedicación con la que estuve para otros. Y en ese gesto, sin grandilocuencia, he empezado a volver a casa: a mí mismo. Porque ya no quiero vivir disfrazado de fortaleza. Quiero vivir con más piel y menos metal.