
Estos días, a raíz de la lectura de La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han (gracias querida Trinidad Alonso Moya por recomendarme su lectura), me ha surgido una necesidad muy clara: parar y hablar del cansancio. No del cansancio puntual, sino de ese cansancio más profundo, silencioso, que se instala en el cuerpo y en la forma en que miramos la vida.
No ha sido una lectura cómoda. Tampoco espectacular. Ha sido más bien como mirarse a un espejo sin filtros.
Lo que plantea La sociedad del cansancio
Byung-Chul Han describe un cambio de época. Ya no vivimos en una sociedad que nos oprime desde fuera, con normas rígidas, prohibiciones claras o figuras de autoridad visibles. Vivimos en una sociedad del rendimiento, donde la exigencia principal nace desde dentro.
Hoy no nos dicen tanto “tienes que”. Nos decimos “puedo”. Y ese “puedo” se convierte, poco a poco, en un “debo”.
Debo poder más. Debo rendir más. Debo aprovechar el tiempo. Debo estar motivado. Debo mejorarme.
El problema es que, cuando el límite desaparece, la exigencia se vuelve infinita. Y cuando el enemigo ya no está fuera, sino dentro, el agotamiento se vive como un fracaso personal.
El cansancio que veo y que reconozco
En sesiones, conversaciones informales o encuentros cotidianos, escucho cada vez más la misma palabra: cansancio. No “estrés”. No “desmotivación”. Cansancio.
Personas que no están perdidas, pero sí agotadas. Que no han dejado de intentarlo, pero han dejado de sentirse vivas. Que cumplen, responden, funcionan… pero ya no se escuchan.
Y aquí aparece una distinción clave desde el coaching ontológico: no es lo mismo estar cansado que estar desconectado de uno mismo.
Yo, sin ir más lejos, me he sentido así durante muchos años. No por falta de compromiso ni de ganas, sino por llevar puesta —casi sin darme cuenta— una armadura constante de autoexigencia. Una forma de estar siempre alerta, siempre disponible, siempre intentando llegar un poco más lejos.
Ha sido precisamente en 2025 cuando he podido mirar esa armadura con más honestidad y empezar a aligerarla. No para dejar de hacer, sino para dejar de sostenerme desde la dureza.
A veces el cansancio no viene de hacer demasiado, sino de sostener durante demasiado tiempo una forma de estar que ya no nos representa.
El cuerpo siempre se entera antes
Hay algo que el libro de Han me recordó con fuerza, aunque no lo diga en términos ontológicos: el cuerpo suele saberlo antes que la cabeza.
Antes de que aparezca una decisión consciente, el cuerpo ya ha empezado a protestar:
falta de energía
tensión constante
dificultad para descansar
sensación de estar siempre “llegando tarde”, incluso cuando no hay prisa
Desde el enfoque ontológico, el cuerpo no es un accesorio del pensamiento. Es un dominio de coherencia. Cuando el cuerpo se agota, nos está mostrando que la forma en que estamos viviendo, decidiendo o exigiéndonos algo, ya no es sostenible.
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