El día que dejé de empezar por el cómo
Mostrar que muchas decisiones mejoran cuando dejamos de empezar por el cómo y volvemos al sentido, la estrategia y la realización. Poner palabras a un cambio de mirada personal: el momento en que la eficiencia deja de bastar y aparece la necesidad de dirección. Nombrar el Método S.E.R. desde la experiencia, no como teoría abstracta, sino como una forma de revisar decisiones, prioridades y coherencia vital.
Mostrar que muchas decisiones mejoran cuando dejamos de empezar por el cómo y volvemos al sentido, la estrategia y la realización. Poner palabras a un cambio de mirada personal: el momento en que la eficiencia deja de bastar y aparece la necesidad de dirección. Nombrar el Método S.E.R. desde la experiencia, no como teoría abstracta, sino como una forma de revisar decisiones, prioridades y coherencia vital.
El día que dejé de empezar por el cómo

Durante mucho tiempo afronté muchas decisiones de la misma manera. Cuando aparecía una idea, un curso, un proyecto o una posible colaboración, mi mente empezaba enseguida a buscar la forma de llevarlo a cabo. Pensaba en los pasos, en los recursos, en las personas con las que tendría que hablar, en el tiempo que podría dedicarle y en la mejor manera de organizarlo. El cómo aparecía casi de inmediato, antes incluso de que me hubiera detenido a pensar si aquello tenía verdadero sentido para mí.

No creo que actuara así por una especial impulsividad, más bien respondía a una forma de entender el trabajo y la acción que durante años valoré mucho. Siempre he apreciado la capacidad de ponerse en marcha, de transformar una idea en algo concreto y de no quedarse atrapado en una reflexión interminable. Hay personas que dedican tanto tiempo a imaginar lo que podrían hacer que nunca llegan a dar el primer paso. Yo, en cambio, solía encontrar con rapidez una forma de comenzar.

Y eso, en principio, parece una virtud.

El problema aparece cuando descubrimos que no todo lo que podemos hacer merece ser hecho. Hay proyectos que resultan interesantes, pero no nos acercan a ningún lugar que reconozcamos como propio. Hay cursos que alimentan nuestra curiosidad, aunque no respondan a una necesidad real. Hay colaboraciones que aceptamos porque nos cuesta decir que no, porque tememos perder una oportunidad o porque hemos terminado confundiendo una agenda llena con una vida que avanza.

También hay decisiones que cuentan con una estrategia impecable y que, sin embargo, nos dejan una sensación difícil de explicar. Todo parece funcionar. Cumplimos, avanzamos y obtenemos resultados. Aun así, algo no termina de encajar.

Cuando hacer mucho deja de ser suficiente

No siempre es sencillo reconocer esa desconexión. Desde fuera, una agenda llena puede interpretarse como una señal de crecimiento. Participas en proyectos, asistes a formaciones, conoces personas, generas ideas y mantienes abiertas distintas posibilidades. Parece que te estás moviendo y que cada nuevo compromiso amplía tu horizonte.

Desde dentro, la experiencia puede ser distinta. Cada actividad exige tiempo, atención y energía, pero resulta difícil explicar qué relación existe entre unas y otras. Haces muchas cosas y, sin embargo, no sabes con claridad qué estás construyendo.

Probablemente te haya ocurrido alguna vez. Terminas una semana cansado, repasas todo lo que has hecho y no puedes decir que haya sido inútil, has respondido mensajes, participado en reuniones, avanzado tareas y atendido compromisos y has sido productivo, al menos según los indicadores habituales. Pero cuando intentas reconocer qué parte de todo aquello tenía verdadero sentido para ti, aparece una pausa.

No es exactamente un problema de productividad, tampoco puede resolverse únicamente aprendiendo a organizar mejor el tiempo, a veces lo que falta no es eficiencia, sino dirección.

Durante mucho tiempo hemos asumido que la principal dificultad consiste en no saber cómo conseguir lo que queremos. Por eso buscamos métodos, herramientas, consejos y planes que nos ayuden a avanzar. Nos preguntamos qué pasos debemos seguir, cuánto tiempo necesitamos o qué recursos podrían facilitarnos el camino.

Pero hay momentos en los que el cómo no es la pregunta principal. Antes de diseñar un recorrido, quizá necesitemos comprender por qué queremos emprenderlo.

La formación que cambió mis preguntas

Mi capacitación como coach ontológico supuso para mí un momento de epifanía, una revelación. No porque encontrara de repente una respuesta definitiva sobre lo que debía hacer con mi vida, tampoco porque desaparecieran mis dudas o comenzara a tomar siempre las decisiones correctas. Lo que cambió fue mi manera de observar.

Empecé a prestar más atención a las conversaciones que mantenía conmigo mismo, a los juicios que trataba como si fueran verdades y a la distancia que podía existir entre aquello que declaraba importante y las acciones que realmente sostenía. Comprendí también que una decisión no es solo el resultado de un razonamiento. Decidimos desde una emoción determinada, desde una forma de interpretar nuestras posibilidades y desde una historia que nos contamos sobre quiénes somos y qué creemos que podemos hacer.

A veces decimos que queremos cambiar mientras seguimos emocionalmente aferrados a lo conocido. Aseguramos que un proyecto nos importa, pero pasan las semanas y nunca encuentra un espacio real en nuestra agenda. Incluso reconocemos que necesitamos descansar y, casi sin darnos cuenta, continuamos aceptando compromisos que nos dejan sin tiempo. Lo que declaramos y lo que hacemos no siempre avanzan en la misma dirección.

El lenguaje abre posibilidades, pero también puede esconder incoherencias. Decimos que algo nos importa y después actuamos como si no fuera así. Nos contamos que estamos esperando el momento adecuado cuando quizá lo que estamos evitando es la incomodidad de empezar. Repetimos que no tenemos tiempo, aunque seguimos encontrándolo para otras cosas que no consideramos tan importantes.

La formación ontológica me ayudó a detenerme antes de comenzar a buscar soluciones. Empecé a hacerme otras preguntas.

Para qué quiero hacer esto, qué relación tiene con la persona que quiero ser, qué estoy cuidando cuando digo que sí, qué estoy sacrificando, qué tendría que ocurrir para que esta intención se convirtiera en algo real…

No fue un cambio inmediato ni perfectamente ordenado, fue más bien una nueva forma de mirar que empezó a acompañarme en distintos momentos. Poco a poco dejé de comenzar siempre por el cómo.

Poner nombre a una manera de vivir

Con el tiempo acabé llamando Método S.E.R. a esa forma de trabajar, de tomar decisiones y, en buena medida, de enfocar mi vida.

El acrónimo reúne sus tres dimensiones, Sentido, Estrategia y Realización, pero su coincidencia con el verbo "ser" no es casual. En el coaching ontológico partimos precisamente del ser, de la manera en que observamos el mundo, nos relacionamos con lo que nos ocurre y construimos nuestras posibilidades de acción. Aquella mirada cambió mi vida y terminó dando forma, casi de manera natural, al nombre del método.

El Método S.E.R. no nació como una fórmula diseñada sobre el papel ni con la intención inicial de convertirse en un modelo aplicable a procesos personales, profesionales u organizativos. Antes que nada, fue una manera de ordenar mi propia experiencia y de poner nombre a tres dimensiones que aparecían una y otra vez en mis decisiones.

Cuando valoraba hacer una formación, iniciar un proyecto, aceptar una colaboración o revisar un cambio profesional, regresaban las mismas preguntas. Qué sentido tenía aquello, cómo podía abordarlo y qué estaba dispuesto a hacer para llevarlo a la realidad.

Con el tiempo comprendí que estas tres dimensiones no funcionan como fases rígidas que se recorren una sola vez. La vida rara vez avanza de una forma tan ordenada. A veces empezamos a actuar y descubrimos que la estrategia necesita cambiar. En otras ocasiones diseñamos un buen plan, pero comprendemos que el propósito que lo sostenía ya no nos representa. También puede suceder que una experiencia transforme el sentido con el que habíamos comenzado.

Por eso no entiendo el Método S.E.R. como una escalera que se sube hasta alcanzar una respuesta definitiva. Lo veo más bien como una conversación a la que podemos volver cuando necesitamos revisar hacia dónde vamos y desde dónde estamos decidiendo.

El sentido no es una gran misión

Durante los últimos años se ha hablado mucho del propósito. Tanto, que en ocasiones parece que todas las personas deben descubrir una misión extraordinaria capaz de explicar cada una de sus decisiones.

No siempre funciona así.

El sentido puede ser mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más honesto. Puede consistir en reconocer por qué quieres hacer un curso y qué esperas incorporar a tu vida profesional. Puede ayudarte a distinguir si un proyecto conecta con tus valores o si solo alimenta tu necesidad de sentirte ocupado. También puede permitirte observar qué hay detrás de una colaboración. Quizá exista un deseo genuino de aprender, pero también puede haber miedo a quedarse fuera, necesidad de reconocimiento o dificultad para decir que no.

Preguntarnos por el sentido no garantiza una respuesta cómoda. A veces descubrimos que estamos persiguiendo algo que ya no deseamos, que hemos convertido una expectativa ajena en un objetivo propio o que seguimos sosteniendo una identidad que nos permitió llegar hasta aquí, pero que empieza a resultarnos estrecha (¡maravilloso el tema sobre las armaduras que tratamos en clase y que fue tan revelador para mí!).

El sentido no siempre confirma el camino, en ocasiones nos obliga a abandonarlo.

Esto puede resultar doloroso, sobre todo cuando hemos invertido tiempo, esfuerzo o una parte importante de nuestra identidad. Nos cuesta aceptar que algo que tuvo sentido durante años pueda dejar de tenerlo, por eso continuamos, no porque queramos, sino porque detenernos nos obligaría a revisar quiénes somos sin aquello que llevamos tanto tiempo haciendo.

Encontrar sentido no consiste en construir una explicación bonita que justifique nuestras decisiones, consiste en mirarnos con suficiente honestidad como para reconocer qué relación existe entre nuestras acciones y aquello que decimos valorar.

La estrategia como respeto por lo que importa

Hay personas que saben lo que quieren y, aun así, no encuentran una forma de acercarse. Tienen una intención clara, pero se sienten bloqueadas ante la cantidad de opciones, la falta de tiempo o el miedo a equivocarse.

Aquí aparece la estrategia.

No como una planificación fría que llega después de la emoción, sino como una manera de respetar aquello que hemos declarado importante. Si algo tiene sentido para nosotros, necesita encontrar un espacio posible en nuestra vida.

No basta con decir que queremos escribir si nunca reservamos tiempo para hacerlo, ni afirmar que queremos cuidarnos si todos nuestros hábitos apuntan en la dirección contraria. Tampoco sirve declarar que deseamos cambiar profesionalmente si no iniciamos ninguna conversación, formación o experiencia que nos permita explorar esa posibilidad.

La estrategia traduce una intención en un camino y ese camino necesita reconocer la realidad.

Durante mucho tiempo hemos asociado la ambición con la grandeza de los objetivos. Cuanto más exigente parece una meta, más comprometidos creemos estar. Sin embargo, un objetivo imposible puede convertirse en una forma bastante sofisticada de no actuar. Mientras la meta permanezca demasiado lejos, siempre podremos explicar por qué todavía no hemos comenzado.

No tengo suficiente tiempo, necesito prepararme más, las condiciones no son las adecuadas, empezaré cuando tenga todo claro.

Definir objetivos realistas no significa renunciar a nuestros deseos ni conformarnos con poco, significa reconocer desde dónde partimos y diseñar un paso que realmente podamos dar. Una estrategia útil no intenta impresionar a nadie, intenta sostener el movimiento.

Quizá no podamos dedicar diez horas semanales a una formación, pero sí dos. Tal vez no podamos desarrollar ahora el proyecto completo, aunque sí probar una primera versión. Es posible que todavía no sepamos si queremos cambiar de profesión, pero podemos hablar con alguien que ya haya recorrido ese camino.

El primer paso no necesita contener todo el resultado, solo debe acercarnos lo suficiente para que la realidad pueda respondernos.

La realización empieza antes del resultado

La realización es, para mí, la dimensión decisiva del método.

Podemos encontrar sentido y elaborar una estrategia excelente. Sin embargo, si nada de eso se convierte en acción, permanece en el terreno de la intención.

Las intenciones son importantes, nos permiten imaginar otras posibilidades y expresar aquello que deseamos, pero también pueden convertirse en un lugar cómodo. Mientras algo sea una intención, todavía no tiene que enfrentarse al mundo, no puede fracasar, no puede ser juzgado y tampoco puede demostrar que era más difícil de lo que pensábamos.

Pero tampoco puede transformarnos.

La acción introduce una diferencia fundamental porque nos expone. Cuando damos un paso aparece información que no estaba disponible mientras pensábamos, descubrimos dificultades, recursos, emociones y posibilidades que ningún plan podía anticipar por completo.

Por eso la realización no consiste únicamente en alcanzar el resultado final, empieza cuando una intención produce una acción observable. Hacer una llamada, reservar un espacio en la agenda, enviar una propuesta, comenzar un borrador, realizar una petición, decir que no, pedir ayuda o mostrar algo que todavía no es perfecto.

Cada una de estas acciones modifica nuestra relación con aquello que queremos, deja de ser una posibilidad abstracta y empieza a formar parte de nuestra experiencia.

Si algo no puede traducirse en una acción, termina quedándose en el terreno de las buenas intenciones. Podemos tener un propósito sincero y una estrategia brillante, pero la transformación solo comienza cuando hacemos algo con ellos.

Lo que ocurre cuando falta una dimensión

El Método S.E.R. también me ayuda a reconocer qué puede estar fallando cuando me siento bloqueado o desconectado.

Hay momentos en los que existe sentido, pero no estrategia. Sabemos que algo importa y sentimos que queremos acercarnos, aunque no encontramos una forma concreta de hacerlo. La intención termina generando frustración porque permanece demasiado tiempo sin un camino posible.

En otras ocasiones hay estrategia, pero falta sentido. Tenemos un plan, cumplimos tareas y obtenemos resultados, sin embargo, cada avance nos deja un poco más lejos de nosotros mismos. Podemos ser muy eficaces en una dirección que ya no deseamos.

También podemos tener sentido y estrategia, pero evitar la realización. Sabemos lo que queremos e incluso hemos diseñado los pasos, aun así, postergamos el momento de actuar. Esperamos sentirnos seguros, disponer de más conocimientos o dejar de tener miedo. Pero el miedo no siempre desaparece antes de dar el paso, muchas veces cambia después de haberlo dado.

Finalmente, también existe la acción sin sentido ni estrategia. Hacemos por hacer, respondemos a lo urgente, aceptamos lo que aparece y confundimos el movimiento con el avance.

Es una forma agotadora de vivir. La agenda se llena, pero la vida no siempre lo hace.

La emoción también forma parte del camino

Pasar a la acción suele explicarse como una cuestión de disciplina. Si no haces lo que dijiste que harías, quizá te falte voluntad, compromiso o capacidad de organización.

La mirada ontológica permite observar algo más.

Toda acción ocurre dentro de una determinada emoción. No actuamos igual desde el miedo que desde la confianza, como tampoco vemos las mismas posibilidades cuando estamos resignados que cuando sentimos curiosidad.

Una estrategia puede ser razonable y, aun así, resultar imposible de sostener si no atendemos a la emoción desde la que intentamos llevarla a cabo. Sabemos que necesitamos mantener una conversación, pero el miedo al conflicto nos lleva a posponerla. Queremos mostrar nuestro trabajo y terminamos escondiéndolo porque nos inquieta el juicio de los demás. Incluso podemos haber diseñado con cuidado un cambio profesional y permanecer inmóviles cuando abandonar lo conocido amenaza la identidad que hemos construido.

No siempre necesitamos otro plan, a veces necesitamos reconocer qué emoción está cerrando nuestras posibilidades de acción.

Esto no significa que debamos esperar hasta sentirnos completamente preparados, ya que probablemente ese momento no llegue. Significa aprender a actuar con la emoción presente, sin negar lo que nos ocurre y sin permitir que determine todas nuestras decisiones.

La realización también entrena nuestra relación con la incertidumbre.

Decidir también es renunciar

El Método S.E.R. me ha ayudado a aceptar algo que antes me costaba bastante. Elegir implica dejar cosas fuera.

Cuando una decisión tiene sentido, necesita una estrategia y exige realización, ya no podemos mantener abiertas todas las posibilidades. El tiempo, la atención y la energía son limitados.

Decir que sí a un proyecto significa dejar menos espacio para otros. Empezar un curso obliga a renunciar, al menos durante un tiempo, a experiencias distintas. Y aceptar una colaboración incorpora compromisos que después tendremos que sostener con tiempo, atención y energía.

Preguntarme por el sentido me ayuda a elegir. La estrategia me obliga a mirar los recursos disponibles. La realización me muestra si estoy dispuesto a asumir lo que esa decisión requiere.

A veces, la respuesta más coherente es decir que no.

No tenemos que convertir cada idea en un proyecto ni cada curiosidad en una formación. Tampoco estamos obligados a aprovechar todas las oportunidades que aparecen. Hay oportunidades que no son para nosotros o que, sencillamente, no lo son ahora.

Renunciar no siempre significa perder, en ocasiones significa cuidar aquello que ya hemos decidido construir.

Volver a las tres preguntas

El Método S.E.R. no elimina la incertidumbre, no evita que me equivoque, que cambie de opinión o que empiece algo que después decida abandonar. Tampoco convierte la vida en una secuencia ordenada de decisiones perfectamente coherentes.

Lo que me ofrece es una manera de detenerme.

Cuando aparece un curso, un proyecto, una colaboración o un cambio posible, intento volver a tres preguntas.

¿Tiene sentido para mí?

¿Existe una manera realista de abordarlo?

¿Estoy dispuesto a convertirlo en acción?

A veces la respuesta aparece rápido, en otras ocasiones necesito convivir con la pregunta durante un tiempo. También hay momentos en los que mi respuesta inicial cambia cuando comienzo a actuar.

No me preocupa demasiado.

La coherencia no consiste en mantener para siempre todas nuestras decisiones, consiste en poder revisarlas con honestidad y asumir la responsabilidad de aquello que hacemos después.

Quizá no necesitemos tener resuelta toda nuestra vida, tal vez baste con comprobar que lo que hacemos hoy conserva alguna relación con aquello que decimos que importa, que hemos pensado cómo cuidarlo y que estamos dispuestos a dar un paso.

No el paso perfecto. El que convierte una intención en experiencia.

¿Qué decisión estás intentando resolver únicamente desde el cómo?

¿Qué cambia cuando te preguntas primero para qué?

¿Hay algo que dices que importa, pero todavía no encuentra un lugar real en tus acciones?

#CoachingOntológico #MétodoSER #Sentido #DesarrolloPersonal #TomaDeDecisiones

Compartir entrada en:

Newsletter

Accede a contenidos clave sobre Inteligencia Artificial, emprendimiento y transformación personal.​

Víctor Figueroa
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.