
Cuando el otro deja de ser uno de nosotros
Últimamente hay conversaciones que me cansan antes incluso de que terminen.
Sucede en una comida familiar, en una reunión con amigos, en un comentario que alguien deja caer mientras hablamos de cualquier otra cosa. Basta con que aparezca una noticia relacionada con la inmigración, o ni siquiera tiene por qué ser este el tema central. Y más pronto que tarde llega "la frase".
«Nos están invadiendo».
«Vienen aquí y tienen más derechos que nosotros».
«Los mantenemos entre todos».
«Habría que echarlos».
Y otras expresiones bastante peores que prefiero no reproducir.
Cambian las palabras, cambia quien la pronuncia, pero el fondo empieza a resultarme demasiado conocido.
Durante un tiempo me preguntaba qué podía estar ocurriendo para que escuchara comentarios así en conversaciones tan cercanas. Ahora empiezo a hacerme otra pregunta que me inquieta bastante más.
¿Cuándo fue la última vez que estuve en una conversación sobre inmigración en la que nadie acabara pronunciando algún comentario despectivo hacia las personas migrantes?
No sé responder y estoy harto.
No lo digo desde una supuesta superioridad moral, tampoco porque crea que toda preocupación relacionada con la inmigración sea xenófoba, que cualquier crítica a una política migratoria esconda racismo o que los problemas complejos deban resolverse apelando únicamente a los buenos sentimientos. Las sociedades tienen derecho a debatir sobre fronteras, convivencia, seguridad, recursos públicos, integración o modelos migratorios. Precisamente porque son asuntos complejos necesitamos poder hablar de ellos.
Lo que me preocupa es otra cosa.
Cada vez escucho con más naturalidad cómo hablamos de seres humanos como si formaran una masa indistinguible, hasta el punto de que determinadas palabras han ido encontrando sitio en conversaciones cotidianas sin provocar apenas extrañeza. Expresiones que hace unos años quizá habrían generado incomodidad hoy pueden recibirse con asentimiento, con una risa o con ese silencio que permite continuar la conversación como si nada hubiera ocurrido. Y detrás de ese cambio aparentemente pequeño hay algo que me inquieta especialmente, la facilidad con la que dejamos de ver a una persona cuando decidimos que pertenece al grupo de «los otros».
Antes de odiar hay que construir a alguien a quien odiar
Hay algo que me resulta difícil de ignorar cuando observo cómo hablamos sobre las personas migrantes. Rara vez hablamos de personas concretas.
Hablamos de «los inmigrantes», «los ilegales», «los menas», «los moros», «los que vienen», «los que nos quitan», «los que viven de las ayudas». En determinados discursos políticos aparecen además palabras como «invasión», «expulsión», «deportación» o «remigración».
El individuo desaparece.
Ya no hay una persona con un nombre, una familia, una historia, un miedo, un trabajo, una infancia o unas expectativas. Hay una categoría.
Y las categorías tienen una característica muy útil cuando queremos alejarnos emocionalmente de alguien. No tienen rostro.
Desde el coaching ontológico solemos prestar mucha atención al lenguaje porque entendemos que las palabras no se limitan a describir una realidad que existe independientemente de nosotros. También participan en la manera en que la interpretamos. Según las conversaciones que mantenemos y los juicios que damos por ciertos, algunas posibilidades aparecen ante nosotros y otras dejan incluso de ser visibles.
Cuando llamamos «invasor» a alguien, por ejemplo, no estamos simplemente escogiendo un sinónimo de inmigrante. Estamos construyendo una determinada manera de observarlo.
Un invasor amenaza, ocupa algo que no le pertenece y ante un invasor uno se defiende.
La palabra ya contiene una interpretación y, con ella, una predisposición emocional.
Algo parecido ocurre cuando sustituimos a las personas por cifras, categorías o etiquetas. La distancia aumenta. Y cuando aumenta suficientemente, resulta mucho más sencillo aceptar para otros aquello que jamás aceptaríamos para alguien a quien reconocemos como uno de los nuestros.
Ahí comienza, a mi juicio, uno de los procesos más inquietantes de la deshumanización.
Mucho antes de que aparezca la violencia, cuando dejamos de reconocer al otro como una persona con la misma dignidad que nosotros.
Los datos también cuentan una conversación
Podríamos pensar que mi hartazgo tiene que ver únicamente con mi entorno, con una impresión personal amplificada por determinadas conversaciones. Sin embargo, algunos datos recientes obligan a ampliar la mirada.
Durante julio de 2026, el sistema FARO del Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia detectó 57.406 contenidos de discurso de odio y narrativas discriminatorias en Facebook, Instagram, X, TikTok y YouTube. En junio habían sido 40.800. Es decir, en apenas un mes el volumen detectado aumentó alrededor de un 41 %.
La cifra impresiona, pero hay algo que me interesa más que el número y es que cada uno de esos mensajes forma parte de una conversación.
Detrás de ellos hay personas que los escriben, los comparten, los reciben y reaccionan de maneras distintas. Algunas están de acuerdo, otras quizá no, pero continúan desplazándose por la pantalla sin detenerse demasiado. Entre medias, una palabra, una sospecha o una determinada forma de hablar sobre quienes son diferentes puede acabar incorporándose poco a poco a nuestro propio lenguaje.
Las redes sociales no están habitadas por una especie distinta a la nuestra. Quienes escriben allí son también nuestros compañeros de trabajo, nuestros vecinos, nuestros familiares, las personas con las que tomamos café o compartimos una comida el domingo.
Quizá por eso me cuesta separar completamente lo que ocurre en una pantalla de lo que después escucho alrededor de una mesa ya que el lenguaje circula.
Una expresión aparece en un discurso político, se repite en un vídeo, se convierte en un titular, alguien la comparte en un grupo de WhatsApp y termina pronunciándose con absoluta normalidad mientras pasamos el pan. Y a fuerza de repetirse deja de sorprendernos.
Lo ocurrido en Ceuta no apareció de la nada
A finales de julio, la entrada de personas migrantes en Ceuta provocó un nuevo pico en ese discurso. Según OBERAXE, solo durante los días 30 y 31 de julio se detectaron 9.590 mensajes de odio en redes sociales relacionados con aquellos acontecimientos. El propio organismo señaló que el volumen se multiplicó por tres durante esos dos días.
Podemos quedarnos con la cifra, 9.590, pero quizá convenga detenerse un momento antes de continuar.
Estamos hablando de personas que habían cruzado una frontera y de personas que, desde el otro lado de una pantalla, comenzaron rápidamente a hablar de ellas como amenaza.
El informe de OBERAXE señala además que las personas procedentes del norte de África continúan siendo el principal grupo destinatario del discurso de odio en línea y que las políticas relacionadas con la migración concentraron en julio el 17 % de los contenidos analizados. Entre las narrativas detectadas aparecía de manera recurrente la presentación de las personas migrantes como una amenaza para la convivencia, la seguridad o los recursos públicos.
Eso es lo que me interesa observar. No solamente que exista odio, sino la conversación que hace posible que ese odio pueda parecernos razonable.
Porque difícilmente alguien comienza pensando que quiere privar de dignidad a otro ser humano. Antes necesita construir una explicación que se lo permita, convertir a esa persona en una amenaza, atribuirle la culpa de lo que nos ocurre o convencerse de que ha venido a arrebatarnos algo. Poco a poco, su historia, sus miedos, su trabajo, las personas a las que quiere o las razones que le hicieron abandonar su país dejan de importar. Ya no vemos todo eso, vemos simplemente a «uno de ellos».
Y cuando hemos conseguido reducir a una persona a esa categoría, empezamos a considerar aceptables cosas que probablemente nunca aceptaríamos para alguien a quien sentimos cercano.
El miedo necesita explicaciones
Hay una emoción que atraviesa buena parte de estas conversaciones y que creo que merece ser observada sin desprecio. El miedo.
Podemos sentir que nuestra seguridad está amenazada, temer por el trabajo o pensar que los recursos no alcanzarán para todos. También puede inquietarnos que cambie el barrio en el que vivimos, que algunas costumbres que considerábamos estables dejen de serlo o, sencillamente, no saber muy bien cómo será el país dentro de unos años. Son temores diferentes, pero comparten la incertidumbre ante un futuro que cada vez nos cuesta más comprender.
Sería demasiado sencillo responder a todo eso llamando racista a quien lo siente. Las emociones no desaparecen porque las juzguemos. La cuestión, al menos para mí, empieza cuando observo qué hacemos con ellas.
Desde una mirada ontológica, las emociones predisponen determinadas acciones. Cuando vivimos instalados en el miedo, tendemos a observar con mayor facilidad aquello que puede amenazarnos y buscamos certezas que nos permitan recuperar cierta sensación de seguridad.
En ese estado emocional, encontrar un culpable puede resultar especialmente atractivo porque convierte una realidad difícil de comprender en una explicación aparentemente sencilla.
Si alguien consigue convencernos de que buena parte de nuestros problemas tiene un responsable concreto, y además sitúa a ese responsable fuera del grupo al que sentimos que pertenecemos, muchas preguntas incómodas dejan de ser necesarias.
La incertidumbre adquiere un rostro y aquello que antes era complejo empieza a ordenarse alrededor de una división mucho más fácil de entender. A un lado quedamos «nosotros» y al otro aparecen «ellos».
Esa frontera no necesita vallas para empezar a funcionar, se construye en nuestra manera de mirar, en los juicios que vamos aceptando y en las conversaciones que repetimos hasta que terminan pareciéndonos evidentes. Y quizá sea precisamente ahí donde convenga prestar atención, porque cuando una sociedad empieza a explicar sus problemas señalando sistemáticamente a quienes considera diferentes, la distancia entre las personas ya no es únicamente política o cultural, también empieza a ser una distancia humana.
El crecimiento de una conversación política
Sería ingenuo observar todo esto sin mirar también lo que está ocurriendo políticamente.
En distintos países europeos han crecido durante los últimos años fuerzas situadas en la derecha radical y la ultraderecha, con un peso electoral e institucional cada vez mayor. El propio Parlamento Europeo, al hacer balance de las elecciones europeas de 2024, reconocía que los partidos euroescépticos y de extrema derecha habían obtenido avances.
No es un fenómeno exclusivamente europeo. En distintos países latinoamericanos también han ganado presencia discursos políticos que construyen su identidad alrededor de una división muy marcada entre quienes supuestamente pertenecen y quienes amenazan esa pertenencia.
Las realidades nacionales son diferentes y sería injusto meter todos esos movimientos en el mismo saco, pero sí encuentro un elemento que se repite y que me preocupa especialmente.
La construcción del enemigo, el migrante, el extranjero, la minoría, quien piensa diferente, quien vive de otra manera.
El Parlamento Europeo advertía este mismo año sobre el crecimiento del discurso de odio y las narrativas xenófobas, la violencia contra personas refugiadas y migrantes y una polarización alimentada, entre otros factores, por actores políticos que utilizan a las minorías como chivos expiatorios. Y es que la política tiene una enorme capacidad para legitimar conversaciones.
Cuando determinadas expresiones pasan a pronunciarse desde una tribuna, dejan de parecernos tan extremas. Cuando las escuchamos una y otra vez, nuestra sensibilidad cambia y lo excepcional va perdiendo su carácter excepcional, hasta que un día alguien lo dice en nuestra mesa y casi nadie se sorprende.
Lo que toleramos también transforma nuestras conversaciones
Esta es quizá la parte que más me incomoda escribir porque, hasta aquí, resulta relativamente fácil mantener cierta distancia.
Podemos hablar de políticos que utilizan determinados discursos, de algoritmos que favorecen la confrontación, de redes sociales donde circulan mensajes que difícilmente escucharíamos en otros espacios o de movimientos ideológicos que han encontrado en el miedo y el rechazo una manera eficaz de movilizar a una parte de la sociedad. Mientras la explicación permanezca ahí fuera, siempre podremos observar lo que hacen los demás y señalar aquello que nos parece inaceptable.
Pero Bitácora Ontológica nunca ha tenido demasiado sentido para mí si la reflexión termina siempre en los demás. En algún momento necesito volver la mirada hacia mí mismo y preguntarme qué hago cuando una de esas frases aparece en una conversación cercana, pronunciada además por alguien a quien conozco y probablemente quiero. Y confieso que no siempre sé responder. Algunas veces discuto e intento explicar por qué no estoy de acuerdo, mientras que en otras ocasiones noto el cansancio incluso antes de empezar y decido que no merece la pena entrar otra vez en una conversación que sé de antemano adónde conduce.
También he callado, y no siempre resulta cómodo reconocerlo. He preferido evitar una discusión durante una comida, he pensado que ningún argumento iba a cambiar la opinión de la persona que tenía delante y, en ocasiones, sencillamente estaba cansado de volver una vez más sobre lo mismo. Hay vínculos que nos importan y sabemos que enfrentarnos continuamente con determinadas personas puede terminar desgastándolos, de modo que el silencio aparece a veces como la salida más sencilla para conservar una cierta tranquilidad.
Creo que muchos podemos reconocer esa situación porque no ocurre únicamente en nuestros pensamientos, el cuerpo también participa en ella. Antes incluso de decidir si vamos a responder, podemos notar la tensión que aparece cuando intuimos hacia dónde se dirige la conversación, esa incomodidad física de quien ya ha estado otras veces en el mismo lugar y sabe que cualquier palabra puede acabar convirtiendo una comida familiar o un encuentro entre amigos en una discusión difícil de sostener.
Ahí aparece un dilema para el que no tengo una respuesta válida en todas las circunstancias. Callar puede evitar un conflicto innecesario, pero también puede dejar en quien ha pronunciado el comentario la impresión de que los demás lo aceptamos. Hablar, en cambio, no garantiza que vayamos a cambiar ninguna opinión y puede incluso endurecer las posiciones. Por eso no creo que exista una única manera de reaccionar. Algunas conversaciones todavía permiten escuchar, preguntar y tratar de comprender de dónde nace un determinado juicio, mientras que en otras quizá lo único que podamos hacer sea expresar con claridad que hay ciertas formas de hablar sobre otro ser humano que no estamos dispuestos a aceptar.
Lo que realmente temo es otra cosa y es que me inquieta acostumbrarme hasta el punto de que esas palabras dejen de producirme alguna reacción, porque quizá la normalización del odio no ocurra solamente cuando empezamos a repetirlo. También puede avanzar de una manera mucho más discreta, cuando escuchamos determinados comentarios tantas veces que dejan de incomodarnos y terminamos incorporándolos al paisaje habitual de nuestras conversaciones. En ese momento quizá no hayamos empezado a pensar como quien los pronuncia, pero algo habrá cambiado en nosotros, habremos dejado de considerar extraño lo que antes nos parecía intolerable.
La dignidad no puede depender de la pertenencia
Hay una idea a la que regreso mientras escribo esto y que, cuanto más pienso en ella, más importante me parece para entender lo que estamos haciendo con nuestras conversaciones. Si aceptamos que la dignidad pertenece a todo ser humano, no podemos condicionarla a que la otra persona se parezca a nosotros, comparta nuestra nacionalidad, tenga nuestras costumbres, profese nuestra religión o interprete el mundo de una manera que podamos reconocer como propia. Cuando establecemos esas condiciones ya no estamos hablando de dignidad, sino de pertenencia, y confundir ambas cosas puede llevarnos a justificar diferencias que van mucho más allá de aquello sobre lo que legítimamente podemos discrepar.
Podemos discutir sobre las políticas migratorias, sobre la manera de gestionar las fronteras o sobre las dificultades reales que plantea la convivencia sin que para ello necesitemos despreciar a quien ha cruzado una frontera. También podemos defender que existan normas y exigir que se cumplan sin asumir que su incumplimiento convierte a una persona en alguien que merece menos derechos. Incluso el miedo, que como cualquier otra emoción forma parte de nuestra experiencia, puede ser reconocido sin necesidad de buscar fuera a alguien sobre quien descargarlo. La diferencia está en lo que hacemos con todo eso y, sobre todo, en el momento en que nuestras opiniones sobre un problema empiezan a determinar la dignidad que concedemos a las personas implicadas.
Quizá por eso el odio sea más difícil de reconocer de lo que nos gustaría. Rara vez aparece ante nosotros con un nombre que permita identificarlo inmediatamente y rechazarlo. Puede presentarse como una apelación al sentido común, como la expresión de un cansancio legítimo o como una supuesta necesidad de defender aquello que sentimos amenazado. Incluso puede encontrar refugio en esa frase que tantas veces hemos escuchado, «alguien tenía que decirlo», como si atreverse a pronunciar determinadas palabras fuese por sí mismo una prueba de valentía o de lucidez.
Precisamente ahí conviene prestar atención al lenguaje y a las conversaciones que vamos aceptando como normales. No porque cualquier desacuerdo esconda odio, sino porque existe una diferencia profunda entre discutir cómo queremos organizar nuestra convivencia y empezar a hablar de determinadas personas como si su condición de seres humanos dependiera del lugar en el que nacieron o de nuestra disposición a considerarlas parte de «los nuestros».
El observador que estamos siendo
En coaching ontológico hablamos del observador para recordar algo que parece sencillo, aunque no siempre resulte fácil asumirlo. No vemos la realidad desde un lugar neutral, sino desde la persona que somos, con nuestra historia, nuestras experiencias, las emociones que habitamos y los juicios que hemos ido construyendo a lo largo del tiempo. Todo eso interviene en aquello que somos capaces de ver y también en el significado que damos a lo que ocurre delante de nosotros.
Pensemos, por ejemplo, en una embarcación llena de personas que se acerca a una costa. Para alguien esa imagen puede representar una invasión y despertar inmediatamente una sensación de amenaza, mientras que otra persona puede observarla pensando en quienes están dentro, en las circunstancias que los llevaron hasta allí y en todo lo que habrá tenido que ocurrir para que alguien decida abandonar su país y arriesgarse a cruzar una frontera de esa manera. Ninguna mirada, por sí sola, contiene toda la realidad, que seguramente será bastante más compleja que la interpretación inmediata que cualquiera de nosotros pueda hacer de ella.
El problema aparece cuando olvidamos que estamos interpretando y nuestros juicios empiezan a adquirir para nosotros la consistencia de los hechos. Si estoy convencido de que quienes llegan son delincuentes, vienen a aprovecharse o no tienen ninguna intención de integrarse, llegará un momento en que dejaré de sentir que estoy haciendo una valoración sobre personas a las que probablemente no conozco. Esos juicios terminarán funcionando como certezas y condicionarán lo que veo cada vez que tenga delante a alguien a quien identifique como parte de ese grupo.
Entonces ocurre algo que conecta directamente con la deshumanización de la que venimos hablando. Ya no necesito conocer a esa persona, escuchar su historia ni preguntarme qué circunstancias la han traído hasta aquí, porque creo saber quién es antes incluso de que pueda contármelo. Una vida entera, con toda la complejidad que reconocemos sin dificultad en la nuestra, queda reducida a la historia que nosotros hemos construido sobre ella.
Quizá el odio empiece mucho antes
Durante mucho tiempo hemos asociado el odio con sus manifestaciones más visibles y extremas, como una agresión, un insulto, una amenaza o una persecución. Por supuesto que debemos reconocerlas y denunciarlas cuando aparecen, pero cada vez pienso más que, si esperamos hasta ese momento para preocuparnos, probablemente estemos llegando demasiado tarde, porque ninguna de esas expresiones surge de repente ni se desarrolla al margen de las conversaciones que una sociedad ha ido normalizando.
Antes ha tenido que construirse una distancia que permita mirar a determinadas personas de otra manera. El lenguaje contribuye a establecerla cuando separa a unos de otros, igual que lo hacen los juicios que repetimos hasta convertirlos en certezas o los miedos para los que terminamos encontrando un culpable reconocible. Si determinadas expresiones circulan durante suficiente tiempo sin provocarnos rechazo, podemos acabar aceptando una forma de mirar en la que una persona deja de importarnos por quien es y pasa a representar aquello que tememos, rechazamos o consideramos una amenaza.
Por eso los datos de OBERAXE me preocupan más allá de lo que sucede en las redes sociales. Durante el Mundial de fútbol de este mismo año, el organismo detectó 54.771 contenidos de discurso de odio y narrativas discriminatorias entre el 11 de junio y el 21 de julio, y más de la mitad de los mensajes racistas y xenófobos registrados durante ese periodo estaban vinculados al ámbito deportivo. Que este tipo de discursos encuentre también espacio alrededor de algo que asociamos con la celebración compartida muestra hasta qué punto la necesidad de decidir quién pertenece y quién queda fuera puede atravesar situaciones aparentemente alejadas de los grandes debates políticos o migratorios.
Quizá por eso me cuesta pensar en el odio únicamente cuando ya se ha convertido en violencia. Para entonces ha ocurrido algo previo que resulta menos visible y que, precisamente por eso, podemos pasar por alto con mayor facilidad. Hemos ido aceptando una distancia entre nosotros y determinadas personas hasta que aquello que antes nos habría parecido insoportable empieza a encontrar explicaciones, justificaciones o silencios que lo hacen posible.
Volver a mirar a la persona
No sé cómo se detiene el auge global del odio y sería pretencioso terminar este artículo fingiendo que tengo una respuesta. Un fenómeno de esta magnitud exige políticas públicas, instituciones capaces de proteger derechos, educación, medios responsables y plataformas que asuman las consecuencias de aquello que permiten circular. También exige comprender que la polarización tiene causas sociales, económicas, culturales y políticas demasiado complejas como para atribuirlas a una sola razón o resolverlas con una explicación sencilla.
Hay, sin embargo, un espacio mucho más cercano en el que nuestra capacidad de actuar quizá sea pequeña, pero no inexistente. Está en las conversaciones de las que formamos parte y en la manera en que respondemos cuando una categoría empieza a ocupar el lugar de una persona. Podemos detenernos ante una afirmación sobre «los inmigrantes» y tratar de averiguar de quién estamos hablando realmente, preguntarnos qué sabemos de verdad cuando atribuimos las mismas intenciones a millones de seres humanos o prestar atención a la imagen que se forma en nuestra cabeza cuando escuchamos palabras como «invasión». No se trata de convertir cada encuentro en una discusión ni de demostrar una supuesta superioridad moral, sino de evitar que la repetición termine haciendo invisible a quien queda atrapado detrás de una etiqueta.
Y al pensar en todo esto regreso inevitablemente a aquella mesa con la que comenzaba el artículo. Sé que en algún momento volveré a escuchar un comentario que me incomode y que probablemente lo pronuncie una persona a la que quiero, alguien con quien he compartido una parte importante de mi vida y a quien tampoco quisiera reducir a la peor frase que haya dicho. Esa es una contradicción difícil de sostener, porque rechazar una forma de hablar que deshumaniza no debería obligarnos a retirar la dignidad a quien la utiliza. Podemos poner un límite, cuestionar un juicio o expresar nuestro desacuerdo sin convertir automáticamente a esa persona en el nuevo enemigo al otro lado de nuestra propia frontera.
Tal vez ahí se encuentre una de las dificultades más profundas de estas conversaciones. Resulta muy fácil denunciar la lógica del «nosotros contra ellos» y terminar reproduciéndola con protagonistas distintos, convencidos esta vez de que nuestra división sí está justificada. Si queremos preservar la dignidad que reclamamos para quienes están siendo deshumanizados, tendremos que intentar hacerlo también en la manera en que conversamos con quienes sostienen ideas que rechazamos, aunque eso no signifique aceptar sus palabras, relativizar el daño que pueden causar ni permanecer en silencio.
Por eso, cuando el odio vuelva a sentarse a nuestra mesa, además de escuchar lo que está diciendo la persona que tenemos delante, quizá merezca la pena observar qué sucede en nosotros y desde qué emoción estamos respondiendo. Podemos preguntarnos si queremos comprender, convencer, defendernos, evitar el conflicto o poner un límite, y decidir desde ahí qué conversación estamos dispuestos a mantener cuando las palabras empiezan a arrebatarle a otro una parte de su dignidad.
Cada vez estoy más convencido de que el odio no comienza únicamente cuando alguien desea hacer daño a otro ser humano. Para llegar hasta ahí ha tenido que ocurrir algo antes, algo menos visible que puede ir instalándose lentamente en nuestra manera de hablar y de mirar. Empieza a crecer cuando dejamos de sentir curiosidad por la persona que tenemos delante, cuando creemos conocerla porque ya hemos decidido a qué grupo pertenece y cuando su vida concreta importa menos que todo aquello que hemos aprendido a atribuirle.
Quizá por eso sigo volviendo a la misma pregunta después de escribir estas palabras. No sé si seremos capaces de detener el odio en todos los lugares donde está creciendo, pero sí podemos prestar atención al momento en que empieza a abrir una distancia entre unas personas y otras. Porque es precisamente ahí, mucho antes de la agresión y mucho antes de que alguien se reconozca a sí mismo odiando, donde corremos el riesgo de dejar de ver al otro como alguien que, a pesar de todas nuestras diferencias, sigue siendo uno de nosotros.
#DerechosHumanos #Migración #Convivencia #CoachingOntológico #BitácoraOntológica

