
Hace unas semanas, sentado en la cafetería que acostumbro, cerca de la Universidad de Jaén, observé una escena que ya no provoca alarma… y quizá ese sea el verdadero síntoma. Cuatro adolescentes alrededor de una mesa. Cuatro cuerpos presentes. Cuatro miradas ausentes. Cada uno con su móvil, auriculares puestos, dedos rápidos, gestos mínimos. No hablaban. No se miraban. No discutían. No reían. Estaban juntos, pero no estaban con.
No había conflicto visible. Ninguna tragedia. Ningún exceso. Solo una normalidad silenciosa que, de tan cotidiana, ha dejado de interrogarnos.
Mientras removía el café pensé que, si alguien hubiera fotografiado esa escena hace veinte o treinta años, nos habría parecido una distopía. Hoy es paisaje. Hoy es rutina. Hoy es “lo que hay”.
Días después, en otro contexto, una madre me dijo algo que todavía resuena como si del eco se tratara:
Prefiero que esté en casa con el móvil a que esté fuera y no sepa con quién anda.
No escuché despreocupación. Escuché miedo. Miedo a un mundo que se percibe peligroso. Miedo a no saber acompañar. Miedo a no tener herramientas suficientes.
Ahí la metáfora se me hizo evidente: estamos criando, educando y acompañando en un territorio que se parece cada vez más a un Salvaje Oeste digital. Un lugar vasto, fascinante, lleno de oportunidades… pero también con pocas reglas claras, enormes asimetrías de poder y una lógica implícita donde suele ganar quien dispara antes. O quien grita más. O quien captura más atención.
En el Salvaje Oeste original, la ley llegó tarde. Y cuando llegó, no siempre fue bien recibida. Algo parecido parece estar ocurriendo ahora.
La emoción que me acompaña cuando observo estas escenas no es nostalgia ni demonización tecnológica. Es otra cosa: inquietud. Un cansancio adulto difícil de nombrar. Una mezcla de deseo de proteger y sensación de haber llegado tarde a una conversación fundamental.
¿Cuándo decidimos que este territorio podía crecer sin reglas claras?
Cuando la ley habla porque otras conversaciones no llegaron a tiempo
En este contexto irrumpe el anuncio del Gobierno español de prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años y de exigir sistemas efectivos de verificación de edad. La medida ha generado titulares, reacciones airadas, apoyos entusiastas y críticas inmediatas. Como casi todo hoy, se ha polarizado rápido. Pero me interesa mirarlo desde otro lugar.
Desde una mirada ontológica, una ley no es solo una norma: es un acto de lenguaje. Una declaración que intenta crear un mundo distinto del que existe. Cuando el Estado dice “esto no”, está diciendo también “esto nos importa”, “esto nos preocupa”, “esto requiere un límite”.
Esta prohibición puede leerse, al menos, de dos maneras que conviven, aunque a veces se tensionen.
Por un lado, como acto de cuidado. Hay algo que está generando daño o riesgo de daño en una población vulnerable, y la comunidad política decide intervenir para proteger.
Por otro, como acto de desesperación. Una señal de que no hemos sabido acompañar este fenómeno desde la educación, el vínculo y la coherencia adulta, y recurrimos a la ley como último recurso.
Entiendo que ambas lecturas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
La medida habla de las familias, muchas veces desbordadas, intentando poner límites en un entorno que no controla. Habla de la escuela, esforzándose por educar con herramientas del siglo XX en ecosistemas diseñados en el XXI. Habla de las plataformas, que han crecido a una velocidad muy superior a la reflexión ética sobre su impacto. Y habla, también, del mundo adulto en general: ambivalente, cansado, atrapado entre la culpa y la comodidad.
Porque seamos honestos: no es fácil poner límites a algo que también nos atrapa a nosotras y nosotros.
¿Qué conversación social ha fracasado para que el límite tenga que venir desde la ley?
La atención como territorio en disputa
Sería tentador despachar esta medida como alarmismo, censura o paternalismo. Pero hacerlo sería ignorar algo fundamental: esta preocupación no surge de una intuición aislada ni de una moda moral. Llega después de años de datos, estudios y alertas que, poco a poco, han ido acumulándose.
Las redes sociales no son simplemente espacios neutrales de encuentro. Son ecosistemas diseñados. Y no están diseñados al azar. Están optimizados para un objetivo muy concreto: captar y retener atención.
Scroll infinito. Recompensas variables. Notificaciones intermitentes. Algoritmos que aprenden qué nos activa emocionalmente. Todo esto no es accidental. La psicología del comportamiento está integrada en el diseño.
Organismos como la Asociación Americana de Psicología llevan tiempo señalando que estas dinámicas pueden resultar especialmente problemáticas en edades en las que la autorregulación emocional y cognitiva aún está en desarrollo. No porque la juventud sea débil, sino porque está creciendo.
Desde una mirada ontológica, la pregunta no es solo qué contenidos consumen las personas jóvenes, sino qué tipo de observador se va entrenando cuando todo invita a reaccionar rápido, a comparar, a mostrar, a no parar.
Un observador con poco espacio para el silencio. Con dificultad para sostener el aburrimiento. Con una conversación interna constantemente interrumpida.
Cuando los datos confirman lo que el cuerpo ya intuía
A esto se suman los datos. En los últimos años, instituciones como la Organización Mundial de la Salud, el U.S. Surgeon General o la Comisión Europea han publicado informes que alertan de asociaciones entre uso intensivo de redes sociales y malestar psicológico en adolescentes: aumento de síntomas de ansiedad, tristeza, problemas de sueño, mayor comparación social.
Conviene ser precisos. No todo uso es problemático. No todas las personas jóvenes están peor por usar redes. Y correlación no es causalidad automática.
Por eso es tan importante la distinción que aparece de forma recurrente en estos estudios: el problema no son “las redes” en abstracto, sino el uso intensivo, temprano y sin acompañamiento, en un contexto donde la presión social y el diseño persuasivo juegan en contra.
No estamos ante una debilidad individual. Estamos ante una asimetría de poder.
El caso español: pertenecer antes de tiempo
En España, los estudios impulsados por UNICEF confirman una realidad que muchas familias ya perciben: el acceso a smartphones y redes sociales se produce cada vez a edades más tempranas, y aparecen indicadores de uso problemático en una parte significativa de la población adolescente.
Aquí la pregunta deja de ser técnica y se vuelve profundamente humana:
¿Qué necesidad de pertenencia, de reconocimiento o de alivio emocional estamos pidiendo a una pantalla que cubra tan pronto?
Porque nadie entra compulsivamente en un espacio si no obtiene algo a cambio. Aunque ese algo tenga un coste que no siempre vemos de inmediato.
Identidades que se miran en un espejo roto
Las consecuencias de todo esto no se manifiestan solo en estadísticas. Se encarnan en la vida cotidiana de muchas personas jóvenes.
Una de las más visibles es la identidad en escaparate. Para una parte de la juventud, la pregunta “¿quién soy?” se responde cada vez más en clave de visibilidad. Ser visto se confunde con ser. La validación externa se convierte en medida de valor.
Cuando el reconocimiento llega en forma de “me gusta”, visualizaciones o seguidores, la conversación interna se vuelve frágil: Si no me miran, ¿existo? Si no gusto, ¿valgo?
No es una carencia personal. Es una lógica cultural.
Emociones que no encuentran descanso
A esto se suman emociones amplificadas y, a veces, mal reguladas. El cuerpo también habla: sueño interrumpido, activación constante, dificultad para calmarse sin estímulo externo.
Desde el enfoque ontológico hay una distinción clave: sin regulación corporal, no hay conversación interna habitable.
Cuando el cuerpo no descansa, la emoción se desborda. Y cuando la emoción se desborda, el lenguaje se empobrece.
Pertenecer bajo amenaza constante
El miedo a quedarse fuera, el famoso FOMO, no es una moda. Es una experiencia emocional intensa. La pertenencia se vive como algo frágil, condicional, siempre en riesgo.
A esto se suma el ciberacoso, la humillación pública, la viralización del error. La vergüenza, emoción profundamente humana, amplificada por la escala digital. El error no caduca. La exposición no termina al salir del aula.
Cuando el algoritmo educa sin responsabilizarse
Hay otro ámbito del que cuesta hablar sin caer en moralismos, pero que no podemos seguir esquivando: la educación afectiva y sexual mediada por algoritmos.
No porque la tecnología “enseñe mal” por definición, sino porque enseña sin hacerse responsable de lo que enseña. Esto impacta en la relación con el propio cuerpo, en las expectativas, en la forma de vincularse.
Nada de esto convierte a las redes en el enemigo. Pero sí nos obliga a reconocer que no son espacios inocuos.
Sin ley fuera, no hay ley dentro
Aquí la metáfora del Salvaje Oeste adquiere todo su sentido.
Un territorio sin normas claras favorece a quien tiene más recursos, más armas, más información. En el Salvaje Oeste digital, las plataformas juegan con ventaja. Las personas jóvenes entran sin mapa, sin sheriff y sin red.
Desde el coaching ontológico sabemos que los límites externos sostenidos ayudan a construir límites internos. Cuando todo vale, cuando nadie pone freno, la autorregulación se vuelve una carga imposible, especialmente en etapas de desarrollo.
La responsabilidad es compartida. Plataformas que diseñan. Instituciones que regulan, o no. Adultos que acompañan… o que miran hacia otro lado.
¿Qué ejemplo damos cuando pedimos límites que no sostenemos en nuestra propia vida digital?
El límite como gesto de cuidado
Conviene decirlo con claridad: el límite legal tiene valor. La prohibición puede proteger, puede reducir exposición, puede enviar un mensaje cultural claro. Puede, sobre todo, ganar tiempo.
Pero también tiene límites. Puede ser sorteada. Puede generar una falsa sensación de tranquilidad. Puede desplazar el problema sin transformarlo.
Aquí la distinción ontológica es fundamental:
Límite sin vínculo → castigo. Límite con vínculo → cuidado.
La verdadera protección no es solo normativa. Es relacional. Es presencia. Es conversación.
Libertad para quién
Por eso el debate no puede quedarse en “prohibir sí o no”. Esa es una falsa dicotomía.
Prohibir, regular y educar no son opciones excluyentes. Son dimensiones complementarias de una misma responsabilidad social.
Prohibir es necesario cuando el daño ya está aquí. Funciona como cinturón de seguridad. No educa, pero protege.
Regular es imprescindible cuando existe una asimetría de poder. No se trata de limitar a la infancia, sino de poner límites a modelos de negocio que convierten la atención en mercancía.
Aquí se entiende mejor la reacción airada de algunos tecnooligarcas ante estas medidas. Cuando figuras como [[PER_Elon_Musk|Elon Musk]], archiconocido por todos o Pavel Durov, dueño y fundador de Telegram, apelan a la “libertad de expresión”, conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿libertad para quién y a costa de qué?
Menos usuarios jóvenes hoy implica menos datos mañana. Menos tiempo de pantalla implica menos ingresos futuros. El límite no amenaza solo una idea abstracta de libertad; amenaza un modelo de negocio muy concreto.
Apelar únicamente a la responsabilidad individual o familiar suena bien, pero también funciona como una forma elegante de no tocar el poder estructural.
Educar en terreno hostil
Educar es insustituible. Sin educación emocional y digital, todo lo demás fracasa. Aprender a observar qué me pasa cuando consumo, qué emoción aparece, qué historia me cuento sobre mí.
Pero conviene decirlo sin rodeos:
Educar sin prohibir ni regular es pedir madurez a quien está creciendo dentro de un sistema que juega en su contra.
¿Quién cuida este territorio?
Quizá lo que más necesitamos ahora no es solo una nueva ley, aunque pueda ser necesaria, sino una conversación adulta. Menos reactiva. Más honesta. Más dispuesta a asumir contradicciones.
Una conversación sobre presencia y coherencia. Sobre cuidado y poder. Sobre el tipo de humanidad que queremos cultivar en medio de la tecnología.
No hay soluciones mágicas. No hay recetas simples. Hay responsabilidad compartida.
Y quizá la pregunta final no sea si las redes sociales son el nuevo Salvaje Oeste. Quizá la pregunta sea quién está dispuesto a cuidar este territorio.
Porque, al final, no estamos discutiendo sobre pantallas. Estamos discutiendo sobre identidad. Sobre dignidad. Sobre futuro.
Y eso merece algo más que titulares. Merece presencia. Merece conversación. Merece cuidado.
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