You need to enable JavaScript to use the communication tool powered by OpenWidget
¿Quién soy si ya no hago falta?
Hace unos días escribía en De cero a IA sobre una escena recogida por Business Insider: varias ceremonias de graduación en Estados Unidos en las que la simple mención a la inteligencia artificial provocó reacciones muy distintas entre los estudiantes, desde abucheos hasta aplausos o risas. El artículo mencionaba, entre otros casos, el de Eric Schmidt, ex CEO de Google, que fue abucheado en la Universidad de Arizona al hablar de IA, y el de Ed Bastian, CEO de Delta, que…
Hace unos días escribía en De cero a IA sobre una escena recogida por Business Insider: varias ceremonias de graduación en Estados Unidos en las que la simple mención a la inteligencia artificial provocó reacciones muy distintas entre los estudiantes, desde abucheos hasta aplausos o risas. El artículo mencionaba, entre otros casos, el de Eric Schmidt, ex CEO de Google, que fue abucheado en la Universidad de Arizona al hablar de IA, y el de Ed Bastian, CEO de Delta, que…

¿Quién soy si ya no hago falta?

Hay preguntas que no aparecen de golpe. Se van formando poco a poco, en silencio, casi sin que nos demos cuenta. Al principio tal vez adoptan la forma de una inquietud leve, de una incomodidad difícil de nombrar, de una conversación interna que preferimos dejar para otro momento. Pero llega un día en que esa pregunta se hace más clara y empieza a ocupar un lugar incómodo dentro de nosotros.

¿Y si ya no hago falta?

No me refiero solo al miedo a perder un empleo, aunque también. Tampoco hablo únicamente de quedarse fuera de un sector profesional o de no encontrar una primera oportunidad laboral. Eso ya sería suficientemente importante. Me refiero a algo más profundo, más íntimo y, quizá por eso, más difícil de reconocer.

Me refiero a esa sensación de que el mundo empieza a organizarse sin contar demasiado contigo.

Hace unos días escribía en De cero a IA sobre una escena recogida por Business Insider: varias ceremonias de graduación en Estados Unidos en las que la simple mención a la inteligencia artificial provocó reacciones muy distintas entre los estudiantes, desde abucheos hasta aplausos o risas. El artículo mencionaba, entre otros casos, el de Eric Schmidt, ex CEO de Google, que fue abucheado en la Universidad de Arizona al hablar de IA, y el de Ed Bastian, CEO de Delta, que recibió aplausos al contar que había descartado un discurso generado por inteligencia artificial porque le faltaba alma y calidez.

En aquel artículo miraba la cuestión desde fuera: el empleo juvenil, la automatización, la pérdida de oportunidades de entrada al mercado laboral, la responsabilidad de empresas, universidades y gobiernos. Me preguntaba qué ocurre cuando la inteligencia artificial empieza a ocupar precisamente esos espacios donde muchas personas aprendían a dar sus primeros pasos profesionales.

Hoy quiero mirar el mismo fenómeno desde otro lugar.

No desde la empresa, ni desde la tecnología, ni desde la política pública. Quiero mirarlo desde dentro. Desde esa zona más silenciosa en la que una persona empieza a preguntarse qué valor tiene si aquello que sabía hacer, o aquello que esperaba aprender a hacer, parece dejar de ser necesario.

Porque una cosa es hablar de inteligencia artificial como herramienta y otra muy distinta es observar qué conversaciones internas puede activar en nosotros. La IA no solo transforma procesos. También toca creencias, expectativas, miedos, identidades y formas de reconocernos ante los demás. Y ahí es donde el asunto deja de ser únicamente tecnológico para convertirse en una pregunta profundamente humana.

Durante mucho tiempo hemos construido una parte importante de nuestra identidad alrededor de lo que hacemos. Cuando conocemos a alguien, una de las primeras preguntas que suele aparecer es: "¿Y tú a qué te dedicas?". No preguntamos solo por una actividad económica. En realidad, muchas veces estamos preguntando por una posición en el mundo.

Soy profesora, diseñador, abogada, programador, periodista, consultor, enfermera, emprendedora, formador, artista…

En esas respuestas hay mucho más que una ocupación. Hay años de estudio, experiencias acumuladas, conversaciones, sacrificios, expectativas familiares, reconocimiento social, pertenencia y, en muchos casos, una forma de autoestima. El trabajo no lo explica todo sobre nosotros, por supuesto, pero negar el peso que tiene en nuestra identidad sería ingenuo.

Por eso, cuando una tecnología aparece diciendo que puede hacer en segundos parte de lo que tú haces, o de lo que esperabas hacer, no solo se mueve una pieza en el tablero laboral. También puede moverse algo dentro de ti.

Puede aparecer miedo, rabia, una sensación de injusticia y también vergüenza, aunque cueste admitirlo, porque a veces interpretamos la amenaza externa como una insuficiencia propia. En lugar de decir "el contexto está cambiando de una manera que me afecta", podemos empezar a decirnos "no soy suficiente", "he llegado tarde", "no tengo nada especial que aportar" o "si una máquina hace esto mejor que yo, entonces mi valor era menor del que pensaba". Y ahí conviene detenerse.

Desde una mirada ontológica, no vivimos los hechos de manera neutra. Vivimos la interpretación que hacemos de ellos. No reaccionamos únicamente a lo que sucede, sino al significado que le damos. Por eso, una misma herramienta de inteligencia artificial no despierta la misma experiencia en todas las personas. Quien ya tiene una trayectoria consolidada puede verla como una ayuda. Quien está intentando abrirse paso quizá la viva con más inquietud. Y quien siente que el mundo avanza demasiado rápido puede interpretarla como una señal de que empieza a quedarse sin sitio.

La diferencia no está solo en la herramienta. Está también en el observador que somos cuando nos encontramos con ella.

Y ese observador no nace de la nada. Está hecho de historia, emociones, conversaciones, expectativas y juicios. Está hecho de lo que hemos vivido, de lo que hemos escuchado, de lo que creemos posible, de lo que tememos perder y de lo que sentimos que necesitamos demostrar para ser vistos.

Por eso me parece tan importante no despachar el miedo a la IA con frases simplistas como:

"No tengas miedo, adáptate".

"Aprende a usarla y ya está".

"La IA no sustituirá a las personas, sino a quienes no sepan utilizarla".

Estas frases pueden tener una parte de verdad, pero a veces se dicen demasiado deprisa. Antes de aconsejar a alguien que se adapte, quizá convendría escuchar qué le ocurre cuando mira el futuro con miedo. No toda inquietud es resistencia al cambio. A veces el miedo no está diciendo "no quiero avanzar", sino "necesito saber si seguiré teniendo un lugar".

Y bajo mi punto de vista, esa pregunta merece respeto.

Porque sentirse necesario es una experiencia profundamente humana. No hablo de vivir esclavizados por la aprobación externa, ni de reducir nuestra valía a la utilidad que otros encuentran en nosotros. Hablo de algo más básico como la necesidad de sentir que nuestra presencia importa, que nuestra aportación tiene sentido, que formamos parte de una red de vínculos donde lo que hacemos y lo que somos deja alguna huella.

Cuando una persona siente que ya no hace falta, no solo se pregunta por su futuro profesional. Puede empezar a cuestionar su propia narrativa. Todo aquello que había construido como camino, sus estudios, sus habilidades, sus decisiones, sus esfuerzos… parece quedar bajo sospecha. Y aunque desde fuera alguien pueda decirle que exagera, que todo cambio trae oportunidades o que la historia siempre ha sido así, desde dentro la experiencia puede ser muy distinta.

Hay momentos en la vida en los que no necesitamos que nos expliquen el futuro con estadísticas. Necesitamos que alguien sea capaz de escuchar la emoción que aparece cuando ese futuro nos asusta.

No se trata de quedarnos atrapados en el miedo, ni de negar la tecnología o refugiarnos en la nostalgia. Tampoco de convertirnos en víctimas de la época. Se trata, más bien, de mirar con honestidad lo que nos ocurre antes de exigirnos una respuesta correcta.

Porque cuando no escuchamos una emoción, esta no desaparece. Se disfraza.

Puede disfrazarse de cinismo, de rechazo, de apatía, de enfado, de ironía o de falsa indiferencia. Puede convertirse en una conversación interna áspera, de esas que no compartimos con nadie pero que nos acompañan durante el día. "No voy a poder". "No estoy preparado". "Otros lo harán mejor". "Ya es tarde". "No tengo sitio". "No valgo para este mundo".

Y cuando una conversación interna se repite mucho, acaba convirtiéndose en una forma de habitar la realidad.

Desde el coaching ontológico hablamos a menudo de los juicios. Un juicio no es una verdad absoluta, aunque muchas veces lo vivamos como si lo fuera. Es una interpretación que hacemos desde un determinado observador y que, al mismo tiempo, abre o cierra posibilidades.

"No soy necesario" es un juicio especialmente delicado, porque no se queda en la superficie. Toca la identidad. No dice solo "esta tarea ya no se necesita", sino "yo ya no soy necesario". Y ahí se produce una confusión dolorosa entre lo que hago y quien soy.

Quizá parte del desafío de este tiempo consista precisamente en aprender a distinguir ambas cosas.

Lo que hago puede cambiar. Mi profesión puede transformarse. Algunas tareas pueden desaparecer. Algunas habilidades pueden quedarse obsoletas. Algunos caminos que parecían seguros pueden cerrarse. Todo eso puede ser real, y no conviene negarlo con un optimismo ingenuo. Pero nada de eso agota quién soy.

El problema es que esta distinción, aunque suene sencilla, no siempre resulta fácil de vivir. Porque si durante años he construido mi autoestima alrededor de mi rendimiento, mi conocimiento, mi productividad o mi capacidad para resolver determinadas tareas, es comprensible que cualquier amenaza a esas tareas se viva también como una amenaza personal.

No basta con decir "tú eres mucho más que tu trabajo". Es verdad, pero a veces esa frase consuela poco. Para que no se quede en una idea bonita, necesitamos revisar qué conversaciones sostienen nuestra identidad, dónde hemos colocado nuestro valor y qué emociones aparecen cuando algo externo cuestiona nuestro lugar. Quizá solo entonces podamos mirar con más amplitud al ser humano que somos, más allá de la tarea que desempeñamos o del reconocimiento que recibimos.

Y esto no afecta solo a los jóvenes que entran ahora en el mercado laboral.

La inteligencia artificial puede tocar también a personas con trayectorias largas, profesionales consolidados, docentes, consultores, artistas, periodistas, diseñadores, programadores, terapeutas, abogados, administrativos, directivos o formadores. Cualquiera que haya vinculado una parte de su identidad a una forma concreta de aportar puede sentirse interpelado cuando esa forma empieza a cambiar.

Quizá por eso esta conversación nos incomoda tanto. Porque no habla solo del futuro del trabajo. Habla de nosotros, de nuestras seguridades, de nuestra relación con el cambio, de nuestra necesidad de reconocimiento y de la fragilidad que aparece cuando el mundo deja de confirmar la imagen que teníamos de nuestra propia utilidad.

Y entonces surge una pregunta que no siempre queremos hacernos:

¿Quién soy cuando no puedo apoyarme en lo que antes me daba valor?

No tengo una respuesta cerrada. Desconfío de las respuestas demasiado rápidas para preguntas de este tamaño. Pero sí creo que podemos empezar por mirar de otra manera.

Quizá seguir siendo necesarios no consista en defender a toda costa las tareas que hacíamos antes. Tal vez consista en descubrir nuevas formas de aportar valor sin reducirnos a una función concreta. La IA puede escribir, resumir, programar, diseñar, analizar o responder con una velocidad impresionante. Pero eso no significa que el valor humano desaparezca. Significa que tendremos que observar con más cuidado dónde está, cómo se expresa y qué prácticas necesitamos cultivar para que no quede sepultado bajo la lógica de la automatización.

Y aquí conviene evitar otro lugar común: repetir que "lo humano es insustituible" como si bastara con decirlo para quedarnos tranquilos.

Lo humano no se defiende con eslóganes. Se cultiva en la escucha, en el criterio, en la manera de sostener conversaciones difíciles y en la capacidad de comprender el contexto antes de responder. También se expresa en el cuidado de la confianza, en la responsabilidad por el impacto de lo que hacemos y en esa sensibilidad que nos permite interpretar lo que no aparece escrito en ningún informe, pero está presente en la relación.

Muchas de estas capacidades pueden parecer menos espectaculares que las de una herramienta tecnológica, pero sostienen buena parte de nuestra vida en común. El problema es que durante años las hemos tratado como algo secundario, casi decorativo, mientras colocábamos en el centro la velocidad, la eficiencia y la productividad. Por eso, pienso que la IA nos está obligando a revisar esa jerarquía.

Si una máquina puede hacer muchas tareas de manera más rápida, quizá tengamos que preguntarnos qué significa hacer algo con presencia, con responsabilidad, con sensibilidad y con sentido. No para refugiarnos en una superioridad humana abstracta, sino para comprometernos de verdad con aquello que queremos preservar y desarrollar.

Porque también puede ocurrir algo interesante y es que este momento, con toda su incertidumbre, nos obligue a ampliar la forma en que nos miramos.

Quizá no soy únicamente la tarea que ejecuto, el puesto que ocupo o el conocimiento que acumulé en una etapa de mi vida. También hay valor en mi manera de aprender, de conversar, de acompañar, de hacer preguntas, de conectar ideas y de cuidar relaciones. Y quizá ahí, en esa forma concreta de estar presente y aportar sentido, hay algo que no conviene delegar tan rápido en una herramienta.

Digo "quizá" porque no quiero convertir esto en una consigna. Cada persona tendrá que hacer su propio camino, y no todas vivirán esta transición de la misma manera. Algunas encontrarán oportunidades donde antes no las veían. Otras necesitarán tiempo, apoyo y conversaciones honestas para volver a sentirse en su sitio. Por eso me preocupa tanto que reduzcamos esta época a una simple invitación a adaptarse.

Adaptarse es importante, claro. Pero la adaptación sin cuidado puede convertirse en exigencia permanente. Y cuando a una persona se le pide que se adapte una y otra vez sin ofrecerle sostén, contexto ni reconocimiento, puede acabar sintiendo que el problema siempre está en ella.

Entonces es fácil que la persona acabe llevando toda la carga hacia dentro, como si el problema estuviera siempre en ella, en no aprender lo bastante rápido, en no actualizarse al ritmo esperado, en no entender bien el mercado o en no haber sabido reinventarse a tiempo.

A veces será cierto que necesitamos aprender. Otras veces, sin embargo, el discurso de la adaptación puede ocultar una falta de responsabilidad colectiva. No todo se resuelve pidiendo al individuo que cambie. También necesitamos entornos que acompañen, organizaciones que formen, instituciones que protejan y conversaciones sociales que no dejen sola a la persona frente a una transformación de este tamaño.

Pero incluso con todo eso, hay una parte del camino que cada cual tendrá que recorrer por dentro.

Quizá podamos empezar por observar la conversación interna que se activa ante la IA. No para juzgarla, sino para conocerla.

¿Qué me digo cuando veo que una herramienta puede hacer algo que antes hacía yo?

¿Qué emoción aparece primero? ¿Miedo, curiosidad, enfado, tristeza, vergüenza, alivio?

¿Qué juicio sobre mí se esconde detrás de esa emoción? ¿Estoy confundiendo la pérdida de una tarea con la pérdida de mi valor? ¿Desde qué lugar quiero responder?

Estas preguntas no eliminan la incertidumbre, pero pueden cambiar nuestra relación con ella.

También podemos preguntarnos qué queremos aprender, no solo para seguir siendo competitivos, sino para seguir sintiéndonos vivos. Hay aprendizajes que sirven para el mercado y otros que ensanchan nuestra manera de estar en el mundo. Los mejores, quizá, hacen ambas cosas. No se trata únicamente de manejar una herramienta, sino de pensar mejor con ella y de cuidar nuestro criterio para no delegarlo por comodidad, por prisa o por miedo.

La IA pondrá delante de nosotros capacidades e inseguridades que quizá ya estaban ahí. También puede hacer visibles algunos límites, dependencias y automatismos que preferíamos no mirar. Por eso esta conversación no trata solo de herramientas, sino de algo más profundo como qué entendemos por crear, decidir, aprender, acompañar, enseñar, liderar o cuidar en un mundo donde las máquinas empiezan a participar en todas esas tareas.

Y puede que una de sus preguntas más incómodas sea precisamente esta:

Si ya no soy necesario de la manera en que creía serlo, ¿de qué otra manera puedo serlo?

Esa pregunta no niega el dolor de lo que se pierde. Tampoco romantiza la incertidumbre. Simplemente abre una posibilidad. Porque quizá el problema no sea dejar de ser necesarios como antes. Quizá el problema sea no atrevernos a explorar nuevas formas de necesidad, de presencia y de contribución.

No me gusta la idea de que tengamos que estar demostrando constantemente nuestro valor. Me parece agotadora y, en el fondo, profundamente injusta. Nadie debería vivir como si cada día tuviera que justificar su derecho a ocupar un lugar. Pero también sé que necesitamos sentir que nuestra vida contribuye de algún modo, que nuestra presencia no es indiferente, que hay algo de nosotros que puede ponerse al servicio de otros, de una comunidad, de un proyecto o de una causa.

La pregunta "¿quién soy si ya no hago falta?" duele porque toca ese deseo de contribuir.

Pero quizá también pueda ayudarnos a revisar qué entendíamos por "hacer falta". Tal vez hemos confundido durante demasiado tiempo nuestro valor con nuestra productividad, nuestra aportación con una tarea concreta y nuestra identidad con el reconocimiento externo. Mirarlo con honestidad puede abrir una forma distinta de estar en el mundo, más conectada con nuestra capacidad de aprender, elegir, crear sentido y cuidar aquello que importa.

No será fácil. De hecho, ya no lo está siendo. Esta transición traerá pérdidas reales, desigualdades y decisiones difíciles de justificar. También veremos políticas que lleguen tarde y discursos tecnológicos demasiado eufóricos. Por eso no bastará con reflexionar ya que muchas personas necesitarán ayuda concreta, muchos jóvenes seguirán mereciendo una primera oportunidad y no pocos profesionales tendrán que reconstruir su lugar en un contexto que ya no les ofrece las mismas certezas.

Pero quizá, junto a todo eso, también haya una invitación profunda a no dejar que una tecnología defina por completo nuestra conversación sobre el valor humano.

La inteligencia artificial puede hacer muchas cosas. Cada vez hará más. Conviene asumirlo sin ingenuidad. Pero no debería ser ella quien determine qué significa una vida valiosa, una trayectoria digna o una contribución con sentido.

Esa conversación nos pertenece. Y quizá el primer paso sea atrevernos a formular la pregunta sin escondernos de ella.

¿Quién soy si ya no hago falta?

Tal vez no podamos responderla de una vez. Tal vez necesitemos tiempo, conversaciones, duelos, aprendizajes y nuevas experiencias. Pero si logramos sostenerla sin precipitarnos, puede que descubramos algo importante: que no somos únicamente aquello que el mundo necesita de nosotros en un momento concreto.

Somos también la posibilidad de mirar de nuevo, de aprender de nuevo, de conversar de nuevo y de encontrar nuevas formas de aportar.

No para demostrar que valemos. Sino para recordar que nuestra vida no se reduce a una función.

Y que, incluso en un mundo lleno de algoritmos, robots y sistemas automáticos, seguimos teniendo la responsabilidad de preguntarnos qué tipo de humanidad queremos cuidar.

#CoachingOntológico #InteligenciaArtificial #Propósito #Identidad #BitácoraOntológica

Compartir entrada en:

Newsletter

Accede a contenidos clave sobre Inteligencia Artificial, emprendimiento y transformación personal.​