Que nos duela Venezuela
Cuando una noticia como la de Venezuela nos duele, podemos observar también qué conversación aparece dentro de nosotros. Tal vez aparezca la tristeza, o la impotencia, o esa voz que nos dice que no podemos hacer nada. Pero junto a esa sensación también puede aparecer una pregunta más fértil.
Cuando una noticia como la de Venezuela nos duele, podemos observar también qué conversación aparece dentro de nosotros. Tal vez aparezca la tristeza, o la impotencia, o esa voz que nos dice que no podemos hacer nada. Pero junto a esa sensación también puede aparecer una pregunta más fértil.
Que nos duela Venezuela

Que nos duela Venezuela

Hay noticias que no se leen solo con los ojos. A veces llegan al cuerpo antes de que podamos ordenar lo que pensamos. Las ves en la pantalla, escuchas una voz que habla de edificios dañados, de familias buscando a los suyos, de calles cubiertas de polvo, y algo se encoge por dentro. No sabes muy bien si es tristeza, impotencia, rabia o miedo. Seguramente sea una mezcla de todo eso. Pero está ahí. Lo notas.

Eso me ha pasado con Venezuela.

Hace menos de 48 horas, dos terremotos sacudieron con fuerza el país. Las cifras aún se actualizan, las imágenes se suceden y las labores de rescate continúan mientras muchas personas intentan entender cómo una vida puede cambiar en apenas unos segundos. Conviene decirlo con cuidado, porque cuando hablamos del dolor ajeno corremos el riesgo de convertirlo en información que consumimos durante unos minutos antes de pasar a otra cosa.

Y no debería ser así.

No porque tengamos que vivir instalados en la tristeza, ni porque el sufrimiento de otros deba paralizarnos, sino porque hay dolores que nos recuerdan algo esencial. Seguimos formando parte de una humanidad compartida, aunque muchas veces vivamos como si solo existiera lo nuestro, lo cercano, lo que afecta directamente a nuestra casa, a nuestro bolsillo, a nuestra bandera o a nuestra comodidad.

Venezuela duele. Y ojalá nos duela.

No desde el dramatismo impostado, ni desde esa emoción rápida que hoy parece tan fácil de mostrar y tan difícil de sostener. Ojalá nos duela de una manera más honda, más serena, más responsable. Que nos duela lo suficiente como para detenernos un momento y preguntarnos qué tipo de personas estamos siendo en un mundo que, por momentos, parece empeñado en endurecernos.

Cuando la tierra tiembla

Un terremoto tiene algo brutalmente igualador. No pregunta por ideología, religión, clase social, profesión ni lugar de nacimiento. La tierra se mueve y, de pronto, las certezas se agrietan. La casa, la calle, el hospital, el colegio, la rutina de cada mañana, todo aquello que parecía firme deja de serlo.

Quizá por eso las catástrofes naturales nos colocan frente a una verdad que solemos olvidar. Somos mucho más frágiles de lo que creemos. Vivimos levantando planes, agendas, fronteras, proyectos, discursos, estrategias y seguridades, pero basta un temblor para recordarnos que nuestra vida descansa sobre algo menos estable de lo que nos gustaría admitir.

Y cuando eso ocurre, aparece una pregunta incómoda.

¿Qué hacemos con esa fragilidad?

Podemos negarla, mirar hacia otro lado, protegernos detrás de una explicación política, económica o ideológica, decir que bastante tenemos con lo nuestro. Incluso podemos convertir el sufrimiento ajeno en una discusión más, en otro motivo para señalar, atacar o confirmar nuestras propias creencias.

También podemos permitir que esa fragilidad nos vuelva un poco más humanos.

No hablo de ingenuidad. No hablo de pensar que todo se resuelve con buenas intenciones. La realidad es compleja, y quienes han sufrido una catástrofe necesitan recursos, coordinación, ayuda material, equipos especializados, infraestructuras, decisiones rápidas y responsables. Pero debajo de todo eso hay algo que no deberíamos perder.

La capacidad de sentir al otro como alguien que podría ser yo.

Ahí comienza la humanidad compartida. No en los grandes discursos, sino en esa pequeña ruptura interior que nos impide mirar el dolor ajeno como si fuera un asunto remoto, ajeno, casi administrativo. Hay una diferencia enorme entre enterarse de una tragedia y dejar que esa tragedia nos toque lo suficiente como para revisar nuestra forma de estar en el mundo.

La solidaridad entre las grietas

En medio de las noticias duras, también hemos visto algo hermoso. La comunidad internacional se ha ido movilizando. Países, organizaciones, equipos de rescate, comunidades venezolanas en el exterior y muchas personas anónimas han empezado a buscar formas de ayudar. Unos envían medicinas, otros agua, otros alimentos, otros recursos técnicos, otros simplemente información fiable para conectar familias separadas por la distancia y la angustia.

A veces lo humano aparece así.

No siempre en grandes declaraciones, ni en gestos que salen en los titulares. A veces aparece en una bolsa de comida, en una llamada, en un grupo de personas organizando donaciones, en alguien que comparte un contacto verificado, en quien pregunta qué se necesita antes de suponerlo, en quien se ofrece sin hacer ruido.

Y es importante mirar eso también, porque si solo observamos la destrucción terminamos creyendo que el mundo es únicamente un lugar hostil. Y no lo es. El mundo también es esa persona que se arremanga cuando otra cae, la comunidad que se organiza sin esperar una medalla, el profesional que viaja para ayudar donde hace falta o esa familia migrante que, desde otro país, intenta sostener a los suyos con lo poco o mucho que tiene.

El ser humano puede ser maravilloso. Claro que puede serlo. Lo es.

Lo vemos cuando alguien decide cuidar en lugar de aprovecharse, cuando ayuda sin preguntar primero de qué lado está el otro o cuando se responsabiliza de su parte, por pequeña que parezca, y entiende que no hace falta salvar el mundo entero para aliviar un poco el dolor que tiene delante.

Esa es una parte de nosotros que conviene no olvidar. Sobre todo ahora, cuando parece tan fácil caer en el cinismo, en el cansancio o en esa sensación de que todo está perdido antes incluso de haber intentado nada.

El mundo que estamos permitiendo

Junto a esa solidaridad aparece una pregunta que me cuesta dejar pasar.

¿Qué mundo estamos construyendo?

Porque mientras unas personas se movilizan para ayudar a Venezuela, seguimos viviendo en un planeta atravesado por guerras absurdas, intereses disfrazados de razones nobles, discursos de odio, bulos fabricados para manipular y una creciente sensación de que la verdad importa cada vez menos. Un mundo donde la inteligencia artificial puede ayudarnos a investigar, crear, curar, traducir o educar, pero también puede producir deepfakes, alimentar campañas de desinformación y hacer que muchas personas ya no sepan qué creer.

Y cuando no sabemos qué creer, nos volvemos más vulnerables.

La mentira siempre ha existido, no nos engañemos. La propaganda, la manipulación y los intereses espurios no nacieron ayer. Lo que ocurre ahora es que la velocidad, la escala y la apariencia de veracidad han cambiado. Antes una mentira necesitaba más tiempo para recorrer el mundo. Ahora puede hacerlo en minutos, vestida de vídeo, de audio, de titular llamativo o de testimonio aparentemente real.

Y aquí viene lo importante. La desinformación no triunfa solo porque alguien la fabrique. Triunfa también porque encuentra en nosotros una emoción dispuesta a creerla.

Hay proclamas que suenan contundentes, incluso razonables, hasta que uno se detiene a mirar desde dónde nacen. “Prioridad nacional”, dicen algunos. Y claro que un país debe cuidar de su gente. Faltaría más. Pero otra cosa muy distinta es utilizar esa frase para desentendernos del dolor ajeno, como si la compasión tuviera pasaporte, como si la solidaridad fuera una amenaza, como si ayudar a quien sufre nos hiciera menos responsables de lo nuestro…

A veces no pensamos desde la conciencia, sino desde el estómago. Reaccionamos desde el miedo, desde la rabia, desde lo que nos han repetido tantas veces que ya ni siquiera nos preguntamos si es verdad. Y ahí la desinformación encuentra terreno fértil. Porque el bulo no solo necesita una mentira bien construida. También necesita una emoción disponible para creerla. No es un asunto menor.

El mundo que construimos no depende únicamente de quienes gobiernan, negocian, atacan o deciden desde despachos lejanos. También depende de las conversaciones que alimentamos cada día, de las noticias que compartimos sin comprobar, de los juicios que repetimos sin revisar y de las palabras que usamos para hablar de quienes sufren. A veces dejamos de ver personas mucho antes de ser conscientes de ello. Primero aparece la etiqueta. Después, la distancia. Y más tarde, casi sin darnos cuenta, aparece la indiferencia.

Ahí también somos responsables. En mayor o menor medida. Directa o indirectamente. Pero lo somos.

Mirar desde otra emoción

Una de las preguntas que más me interesa desde la mirada ontológica es desde dónde estamos observando lo que ocurre.

Porque no vemos el mundo tal cual es. Lo vemos desde el observador que somos en cada momento. Y ese observador está atravesado por nuestras emociones, experiencias, creencias, heridas, lenguaje y conversaciones internas.

Si observamos la realidad desde el miedo, es fácil que todo empiece a parecer una amenaza. El odio, por su parte, necesita enemigos para sostenerse. Y la ignorancia suele pedir caricaturas, porque simplificar al otro nos evita el esfuerzo de hacernos cargo de la complejidad. La empatía, en cambio, hace algo muy distinto, devuelve rostro, historia, cuerpo y nombre a quien habíamos convertido en una idea abstracta.

La empatía no significa justificarlo todo, dejar de pensar ni renunciar al criterio. Al contrario. La empatía nos permite pensar mejor porque nos impide reducir al otro a una etiqueta cómoda. Nos obliga a recordar que detrás de cada cifra hay una vida, una madre, un hijo, una casa, una pérdida, un proyecto interrumpido.

Cuando una noticia como la de Venezuela nos duele, podemos observar también qué conversación aparece dentro de nosotros. Tal vez aparezca la tristeza, o la impotencia, o esa voz que nos dice que no podemos hacer nada. Pero junto a esa sensación también puede aparecer una pregunta más fértil. Qué parte sí depende de mí, aunque sea pequeña. Informarme mejor, no difundir bulos, donar si está en mi mano, preguntar a alguien venezolano cómo está, cuidar mis palabras, no convertir el dolor en munición ideológica, no anestesiarme tan rápido.

La responsabilidad no siempre empieza en un gran acto. A veces empieza en una pausa.

Conviene hacer una pausa antes de reenviar un vídeo del que no conocemos el origen o de repetir una frase que confirma demasiado bien lo que ya pensábamos. También antes de hablar de los muertos como si fueran daños colaterales o de las personas desplazadas como si fueran una amenaza sin historia. Nuestro lenguaje construye mundo, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Con las palabras acercamos o alejamos, humanizamos o deshumanizamos, abrimos una conversación o la cerramos antes de empezar.

Por eso importa cómo hablamos de Venezuela. Y por eso importa cómo hablamos de cualquier dolor que no sea el nuestro.

La ley del más fuerte empieza antes de lo que creemos

A veces pensamos que la ley del más fuerte pertenece solo a los grandes conflictos. A los países que invaden, a los gobiernos que justifican la violencia, a los intereses económicos que se imponen sobre la vida, a quienes atacan mientras dicen defenderse o a quienes fabrican enemigos para conservar poder.

Y sí, ahí está.

Pero también aparece en lugares más pequeños, menos visibles y quizá por eso más peligrosos. Aparece cuando humillamos a quien piensa distinto, cuando compartimos una mentira porque nos conviene, cuando disfrutamos viendo caer al otro, cuando justificamos la crueldad si la víctima no pertenece a los nuestros. También aparece cuando confundimos firmeza con dureza y cuando creemos que tener razón nos autoriza a perder la humanidad.

La ley del más fuerte no empieza siempre con tanques. A veces empieza con una palabra pronunciada desde el desprecio, con un juicio que no revisamos o con una indiferencia que nos parece normal porque la hemos visto demasiadas veces.

Por eso me preocupa tanto el mundo que estamos construyendo. Me preocupan, claro, los grandes movimientos geopolíticos, las guerras que siguen abiertas en pleno 2026 y esa sensación amarga de que no hemos aprendido demasiado de nuestra propia historia. También me preocupa la desinformación, sobre todo ahora que tenemos capacidad técnica para falsear rostros, voces y hechos con una facilidad que hace apenas unos años nos habría parecido ciencia ficción.

Me preocupa también porque nos estamos acostumbrando. Y acostumbrarse al dolor ajeno es una forma silenciosa de perder humanidad.

No ocurre de golpe. No nos despertamos un día convertidos en personas frías. Simplemente vamos dejando de mirar. Pasamos más rápido por encima de las noticias. Nos protegemos con ironía, con cinismo, con cansancio. Decimos que el mundo es así, que siempre ha sido así, que no hay nada que hacer. Y esa frase, que parece realista, muchas veces es solo una forma elegante de rendirse.

Tal vez no podamos detener una guerra desde nuestra casa. Tal vez no podamos reconstruir un edificio en Venezuela con nuestras propias manos. Tal vez no podamos frenar todos los bulos ni corregir todas las injusticias. Pero podemos elegir qué alimentamos en nosotros, qué conversaciones sostenemos y qué tipo de mirada permitimos que se vuelva habitual.

Eso no es poca cosa.

Progresar también debería ser cuidar

Me cuesta llamar progreso a un mundo que avanza técnicamente mientras acepta que algunas vidas valgan menos que otras. También me cuesta hacerlo cuando la verdad se convierte en un material moldeable al servicio del poder, o cuando palabras aparentemente nobles, como seguridad o prioridad nacional, sirven para justificar lo injustificable.

El progreso no puede medirse solo por la tecnología que desarrollamos, por los mercados que abrimos, por las infraestructuras que levantamos o por la velocidad con la que producimos más. Progresar debería tener algo que ver con cuidar mejor, con no dejar atrás a quienes menos pueden avanzar, con no convertir la vulnerabilidad de otros en una oportunidad para imponer intereses.

Sé que esto puede sonar ingenuo en un mundo tan complejo. Lo sé. Pero quizá lo verdaderamente ingenuo sea seguir creyendo que podemos avanzar dejando atrás a quienes menos pueden progresar, o a quienes algunos prefieren mantener donde están porque su fragilidad resulta útil.

La tecnología sin conciencia puede ampliar nuestras capacidades, pero también nuestras sombras. La política sin humanidad puede organizar sociedades, pero también justificar barbaridades. La economía sin ética puede generar riqueza, pero también acostumbrarnos a mirar a las personas como costes, obstáculos o daños inevitables.

Y la vida es mucho más que eso.

Por eso, cuando digo que ojalá nos duela Venezuela, no estoy hablando solo de Venezuela. Estoy hablando de esa parte de nosotros que todavía puede conmoverse. De esa zona íntima donde el dolor ajeno no se interpreta como una molestia, sino como una llamada. Una llamada a mirar mejor, a hablar mejor, a actuar mejor.

A ser mejores personas, sí.

Sin grandilocuencia. Sin convertirlo en una frase bonita para publicar y olvidar. Ser mejores personas en lo cotidiano, en cómo tratamos a quien piensa diferente, en cómo reaccionamos ante una noticia, en cómo educamos nuestras emociones, en cómo usamos nuestras palabras y en cómo nos responsabilizamos de nuestros actos, incluso de esos pequeños actos que parecen no tener importancia.

Quizá ahí empiece todo. En volver a enamorarnos de la vida aunque a veces duela. No de una vida perfecta, cómoda y sin heridas, sino de una vida que merece ser cuidada precisamente porque es frágil. Una vida que se nos escapa cuando la convertimos solo en ideología, interés, cálculo o ruido.

Venezuela nos duele.

Y ojalá ese dolor no se nos pase demasiado pronto.

Ojalá que nos duela Venezuela. Ojalá que nos duela lo suficiente como para no pasar página demasiado rápido. No para vivir en la tristeza, sino para recordar que aún podemos elegir desde dónde mirar, qué palabras usar, qué juicios alimentar y qué actos sostener. Porque la pregunta no es solo qué mundo están construyendo quienes mandan, quienes atacan o quienes manipulan. También es qué mundo estamos consintiendo nosotros cada vez que dejamos de sentir al otro como parte de nuestra propia humanidad.

¿Qué conversación aparece en ti cuando ves sufrir a alguien lejos?

¿Qué haces con esa emoción?

¿La apagas, la conviertes en juicio o permites que te recuerde quién quieres ser?

Desde aquí, desde la distancia física y la cercanía humana, solo puedo decir que no estáis solos. Ojalá la ayuda llegue pronto, ojalá quienes hoy buscan a los suyos encuentren respuestas, y ojalá cada gesto de apoyo sirva para recordar que el dolor de un pueblo nunca debería mirarse como un asunto ajeno.

¡Mucha fuerza Venezuela!

#BitácoraOntológica #HumanidadCompartida #Venezuela #Solidaridad #ResponsabilidadCompartida

Compartir entrada en:

Newsletter

Accede a contenidos clave sobre Inteligencia Artificial, emprendimiento y transformación personal.​

Víctor Figueroa
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.