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¿Un futuro sin humanidades?
Hace unos días, Alex Karp, CEO de Palantir, una de las grandes tecnológicas de EE.UU., declaró en el Foro de Davos que la inteligencia artificial “destruirá empleos en humanidades” y que “los conocimientos generalistas tienen poco valor comercial frente a lo que está por venir”. Lo dijo como quien lanza un pronóstico ineludible. Como si fuera una consecuencia natural del avance tecnológico.
Hace unos días, Alex Karp, CEO de Palantir, una de las grandes tecnológicas de EE.UU., declaró en el Foro de Davos que la inteligencia artificial “destruirá empleos en humanidades” y que “los conocimientos generalistas tienen poco valor comercial frente a lo que está por venir”. Lo dijo como quien lanza un pronóstico ineludible. Como si fuera una consecuencia natural del avance tecnológico.
¿Un futuro sin humanidades?

Por qué lo irreemplazable no debe descartarse en nombre del progreso

Cuando era adolescente, lo tenía claro: el futuro estaba en la ciencia, en las matemáticas, en la tecnología. Todo lo demás —filosofía, historia, literatura— me parecía un adorno simpático, pero prescindible. Yo destacaba en lo lógico, en lo numérico. Me fascinaban las fórmulas, los experimentos, las certezas. Y desde ese lugar, denostaba sin pudor las llamadas “letras”. Pensaba, con la arrogancia ingenua de quien apenas empieza a vivir, que el progreso verdadero sólo podía venir de los laboratorios, los algoritmos y las máquinas.

¡Qué equivocado estaba!

No me di cuenta de inmediato. No hubo una epifanía, ni una crisis reveladora. Fue un proceso lento, casi subterráneo. A medida que avanzaba en mi formación y experiencia profesional, empecé a notar que algo me faltaba. Que aunque la lógica me llevaba lejos, no me ayudaba a comprender lo esencial: por qué hacemos lo que hacemos, qué sentido tiene nuestro esfuerzo, cómo nos afecta lo que nos pasa, qué valor tiene el otro más allá de su utilidad.

Mi pensamiento, que había sido analítico y cartesiano, empezó a abrirse a otras preguntas. Las que no tienen una única respuesta. Las que incomodan. Las que no se resuelven con números, sino con palabras, con símbolos, con memoria y emoción. Y ahí empezaron a ganar terreno las humanidades. No como un complemento decorativo, sino como un eje central de mi forma de ver el mundo.

Hoy, que sigo amando la tecnología y me fascina la inteligencia artificial, me estremece ver cómo se repite el error que yo mismo cometí de joven, pero amplificado por voces con poder y resonancia global.

Cuando el discurso tecnológico desprecia lo humano

Hace unos días, Alex Karp, CEO de Palantir, una de las grandes tecnológicas de EE.UU., declaró en el Foro de Davos que la inteligencia artificial “destruirá empleos en humanidades” y que “los conocimientos generalistas tienen poco valor comercial frente a lo que está por venir”. Lo dijo como quien lanza un pronóstico ineludible. Como si fuera una consecuencia natural del avance tecnológico. Y lo más inquietante es que lo hizo desde su propia experiencia: “Estudié filosofía y me encantó, pero no sirve de nada en el mercado actual”, afirmó.

Este tipo de afirmaciones no son nuevas, pero cada vez suenan más fuerte. El mercado, la eficiencia, la productividad, la monetización… se imponen como los únicos criterios válidos para valorar qué saberes importan. Y en ese cálculo frío, las humanidades siempre salen perdiendo.

Pero, ¿y si el problema no fuera la falta de utilidad de las humanidades, sino la estrechez del marco con el que evaluamos lo útil?

El error de fondo: confundir valor con rentabilidad

Cuando decimos que algo “no sirve” porque no se puede monetizar, estamos cometiendo un error antropocéntrico y reduccionista. Estamos midiendo el valor de lo humano con una vara diseñada para las máquinas. Estamos olvidando que no todo lo que importa genera beneficios económicos, y no todo lo rentable contribuye al bien común.

Las humanidades no son valiosas porque generen empleo (aunque también lo hacen), sino porque nos ayudan a pensar, a sentir, a narrarnos como especie. Nos permiten comprender nuestra historia, imaginar futuros posibles, cuestionar el presente. Nos conectan con lo simbólico, con la ética, con la belleza, con el dolor. Y eso, lo queramos o no, es lo que nos hace humanos.

La IA podrá procesar textos, imitar estilos, responder preguntas. Pero no podrá experimentar el sentido de una metáfora, el vértigo de una contradicción, la emoción de un poema, la tragedia de una guerra, la complejidad de un vínculo. Porque todo eso requiere un cuerpo, una biografía, un contexto. Requiere haber vivido.

La paradoja de una tecnología sin alma

Paradójicamente, cuanto más avanza la inteligencia artificial, más necesitados estamos de las humanidades. Porque cuanto más poder damos a las máquinas, más urgente es preguntarnos para qué lo usamos, con qué límites, con qué consecuencias. Porque la tecnología no es neutral. Refleja las decisiones, los sesgos, las prioridades de quienes la diseñan.

Y si quienes la diseñan ignoran la filosofía, la historia, la ética, la literatura… es fácil que acaben construyendo sistemas que optimizan procesos pero destruyen vínculos. Que mejoran rendimientos pero erosionan libertades. Que automatizan respuestas pero eliminan preguntas.

¿Queremos de verdad un mundo más eficiente, pero menos humano?

Las humanidades como antídoto al automatismo

Frente al discurso que relega las humanidades al pasado, conviene recordar que son más necesarias que nunca. Porque nos entrenan en lo incierto, en lo ambivalente, en lo plural. Porque no ofrecen soluciones cerradas, sino preguntas abiertas. Porque no buscan utilidad inmediata, sino comprensión profunda. Y en un mundo hiperacelerado y saturado de estímulos, esa lentitud reflexiva es un acto de resistencia.

La literatura nos enseña a habitar otras vidas. La filosofía nos invita a cuestionar lo obvio. La historia nos alerta de errores repetidos. La antropología nos muestra que no hay una única forma de ser. La ética nos recuerda que no todo lo posible es deseable. La lingüística nos ayuda a interpretar lo que decimos (y lo que callamos).

Todo eso es capital simbólico, emocional, relacional. No se mide en euros ni se traduce en código, pero sostiene el tejido de nuestra convivencia.

Propuestas para un futuro más humano y más tecnológico

No se trata de oponer humanidades e inteligencia artificial, sino de integrarlas. De construir puentes, no muros. Y para eso, propongo algunos caminos:

Fomentar la educación interdisciplinar. Que ingenieros lean poesía. Que filósofos aprendan sobre datos. Que los futuros desarrolladores de IA pasen por cursos de ética, historia y pensamiento crítico. Valorar las habilidades blandas como competencias centrales. La empatía, la escucha, la creatividad, la capacidad de análisis y síntesis compleja, no son “extras”. Son lo que nos permite tomar decisiones justas y responsables en contextos inciertos. Crear espacios donde dialoguen la técnica y el sentido. Instituciones, empresas y proyectos que no sólo busquen “lo que se puede hacer”, sino “lo que tiene sentido hacer”. Reformular los indicadores de valor social. Que dejemos de medir el impacto sólo en términos de PIB o empleabilidad, e incorporemos dimensiones humanas, culturales, emocionales. Defender el acceso universal a las humanidades. Que nadie se quede fuera de este patrimonio común que nos permite comprendernos como especie. No es un lujo: es una necesidad colectiva.

En defensa de lo que nos hace humanos

Volviendo a mi yo adolescente, a ese joven que pensaba que las letras eran prescindibles, me gustaría decirle que estaba viendo sólo una parte de la realidad. Que sí, las matemáticas y la ciencia son herramientas poderosas. Pero sin una brújula ética, sin una narrativa que nos guíe, sin una memoria que nos ancle, pueden ser también instrumentos peligrosos.

No podemos dejar que la IA determine qué saberes importan y cuáles no. Porque entonces el riesgo no será sólo perder empleos en humanidades, sino perder humanidad en los empleos. Y eso sí que sería una derrota irrecuperable.

#Humanidades #InteligenciaArtificial #PensamientoCrítico #FuturoHumano #TecnologíaConSentido

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