
Hace unos días, mientras recorría mi feed de LinkedIn, me encontré con una publicación que, más que molestarme, me dejó un sabor amargo. Era uno de esos mensajes que, aunque se presentan como reflexivos o inspiradores, no aportaban nada relevante a nivel profesional, y cuya relación con el ámbito laboral era forzada, superficial, más estética que sustancia. Lo curioso es que esa publicación tenía cientos de “me gusta”, decenas de comentarios, reacciones entusiastas. Y no era un caso aislado.
En otra ocasión, leí una oferta de trabajo publicada por una empresa que, por lo que pude comprobar después, no estaba contratando en realidad. ¿El objetivo? Aparentar expansión, crecimiento, éxito. Dar a entender que estaban en plena búsqueda de talento, que les iba muy bien. Me invadió una sensación de tristeza, impotencia y decepción. No por esas publicaciones en sí mismas, sino por lo que revelan: algo se está deteriorando en la forma en que nos vinculamos a través de las redes, incluso en espacios que deberían estar orientados al desarrollo profesional y al intercambio genuino de valor.
Cerré la aplicación y me quedé en silencio un rato. Con el móvil en la mano, como tantas veces. Y una pregunta empezó a crecer en mí: ¿Qué estamos alimentando?
El algoritmo de la apariencia
LinkedIn no nació como una red de entretenimiento, ni de consumo superficial. Nació con una promesa distinta: conectar a personas desde su experiencia, su talento, su propósito laboral. Y sin embargo, hoy cada vez se parece más a otras redes. Lo que se premia no siempre es la calidad del contenido, ni la coherencia, ni la autenticidad. Muchas veces se premia la espectacularidad, lo emocionalmente manipulador, el impacto rápido. Se viraliza lo que llama la atención, aunque sea vacío. Se multiplica lo anecdótico, lo forzado, lo irreal.
Y esto no es casual. Es estructural. Tiene que ver con cómo funcionan los algoritmos. Estos sistemas no entienden de ética ni de contexto. Solo entienden de interacciones. Cuanto más clics, más likes, más comentarios, más visibilidad. Y ese ciclo crea un incentivo perverso: cuanto más nos exhibimos, más somos vistos. Pero ser visto no es lo mismo que ser valorado.
Un artículo publicado en ScienceDirect lo resume de manera inquietante: “Las plataformas algorítmicas no solo filtran el contenido que consumimos, sino que modelan los ideales de éxito, pertenencia y visibilidad a los que aspiramos”. Es decir, no solo afectan lo que vemos: afectan cómo queremos ser vistos. Influencian nuestras aspiraciones y nuestras estrategias de visibilidad. Nos llevan a crear versiones de nosotros mismos que encajen en la lógica del sistema.
Y eso tiene un coste.
La identidad como escaparate
Desde el coaching ontológico sabemos que el lenguaje no solo describe la realidad: la crea. El observador que soy, es decir, cómo interpreto el mundo, a mí mismo y a los otros, determina mis posibilidades de acción, mis emociones predominantes, mis conversaciones internas.
Y aquí es donde siento que estamos fallando: el tipo de observador que está emergiendo en nuestra cultura digital es profundamente frágil. Es un observador que necesita ser validado constantemente, que compara sin cesar su interior con la fachada ajena, que se adapta para agradar al algoritmo, aunque eso implique alejarse de su autenticidad.
Cada publicación se convierte en un acto de posicionamiento. Cada “me gusta” en un premio de conducta. Cada silencio, en un castigo. Y en ese juego, perdemos conexión con lo esencial. Nos convertimos en estrategas de nuestra imagen más que en constructores de nuestro propósito. Nuestra identidad se desliza hacia el escaparate, y cada vez queda menos espacio para el error, para la duda, para la vulnerabilidad.
¿Y los más jóvenes?
Lo que más me inquieta de todo esto no es lo que me pasa a mí, o a colegas que pueden tener herramientas para sostenerse emocionalmente. Lo que me preocupa profundamente es lo que les pasa a los más jóvenes. Aquellos que están creciendo sin haber conocido otra forma de socializar, de informarse, de construirse. Aquellos que no tienen distancia crítica, que viven conectados todo el día, con el móvil como extensión del cuerpo, expuestos a una dieta emocional que se basa en la inmediatez, el juicio y la comparación constante.
No lo digo como una crítica hacia ellos, sino como una alerta sobre el entorno que estamos creando. Y lo digo también como parte del problema. Porque como adultos, educadores, coeducadores, coaches, líderes… también somos responsables del sistema que estamos alimentando con nuestra propia presencia digital.
Un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicado en 2024 reveló que el porcentaje de adolescentes europeos con uso problemático de redes sociales pasó del 7 % en 2018 al 11 % en solo cuatro años. No se trata de un aumento anecdótico. Se trata de una tendencia que se asocia con mayores niveles de ansiedad, trastornos del sueño, baja autoestima y aislamiento social.
El Pew Research Center también ha documentado que 1 de cada 5 adolescentes reconoce que las redes sociales dañan su salud mental. Y muchos más afirman que no saben cómo gestionarlas, ni cómo salir de esa lógica adictiva sin perder pertenencia social.
Investigaciones como la de Vargas Valencia (UNAD, 2023) evidencian que el uso frecuente de redes está directamente asociado a comparaciones negativas, que deterioran la autoestima y provocan frustración. Cuanto más nos exponemos a imágenes ideales de cuerpos, vidas, éxitos, más sentimos que no somos suficientes. Y esa sensación, repetida cada día, va erosionando la base emocional desde la que se construye el sentido de identidad.
Una sociedad sin pausa
Vivimos sin pausa. Sin silencio. Con el dedo preparado para deslizar. Con la mente ocupada en producir contenido, en responder a estímulos, en anticipar la próxima publicación. Todo se vuelve parte de una narrativa permanente. Ya no vivimos solo para nosotros, sino también para la cámara. No sentimos solo lo que sentimos, sino lo que pensamos que podemos compartir.
Y aquí viene otra trampa: la confusión entre visibilidad y valor. Es fácil pensar que si algo tiene muchas visitas, entonces vale más. Que si algo no se comparte, no existe. Que si alguien tiene miles de seguidores, su opinión es más legítima. Que si no estamos ahí, estamos perdiendo el tren.
El desgaste emocional del postureo
Uno de los fenómenos más extendidos y menos cuestionados en redes es el del postureo: mostrar una versión editada, embellecida, cuidadosamente curada de la vida. Esto no es nuevo. Pero con el auge de herramientas de edición, inteligencia artificial y narrativas virales, el nivel de sofisticación (y falsedad) ha aumentado.
Cada imagen puede ser retocada. Cada historia puede ser reinventada. Cada currículum puede ser engrandecido. Y si todo el mundo lo hace, ¿cómo resistirse?
El problema no es solo la mentira. El problema es que empezamos a creer nuestras propias máscaras. Y eso nos desconecta de nosotros mismos. De nuestras dudas, de nuestros fracasos, de nuestras zonas no resueltas. Creemos que si mostramos esas partes, perderemos valor. Pero en realidad, es ahí donde se juega nuestra humanidad. Es ahí donde ocurre la transformación.
Un replanteamiento personal
En mi caso, esta sensación de ruido, de incoherencia, me llevó a repensar mi presencia en redes. Me hizo preguntarme: ¿desde dónde estoy compartiendo? ¿Qué quiero realmente aportar? ¿Cuáles son los valores que quiero encarnar, más allá de la imagen?
Decidí hacer menos. Pero hacerlo con más intención. Decidí priorizar las conversaciones profundas, los espacios donde se puede hablar sin prisa, sin florituras, sin algoritmos. Decidí confiar más en lo que no se ve: en la escucha, en el acompañamiento, en el proceso interior.
Como coach ontológico, me resultó claro que necesitaba volver a lo esencial: a acompañar a las personas no para que se vean mejor, sino para que se vean a sí mismas con más verdad. Y eso solo es posible desde un espacio donde no hay presión por agradar, donde no hay ranking de visibilidad, donde se puede fallar, llorar, dudar.
Educar para el discernimiento
Como adultos, tenemos una responsabilidad urgente: educar en el discernimiento digital. Enseñar a los jóvenes y también a nosotros mismos a diferenciar entre lo que brilla y lo que tiene valor. Entre lo que emociona rápidamente y lo que transforma en profundidad. Entre lo que se muestra y lo que se vive.
No se trata de demonizar la tecnología, ni de idealizar un mundo sin pantallas. Se trata de recuperar el sentido. De recordar que el propósito de la comunicación no es impresionar, sino encontrarnos. Que el propósito de mostrarnos no es validarnos, sino compartir lo que somos, con humildad, con coraje, con humanidad.
Algunas preguntas para cerrar
Me gustaría dejarte con algunas preguntas, no para responder rápido, sino para dejar que resuenen:
¿Qué tipo de presencia estás cultivando en tus redes? ¿Qué partes de ti estás ocultando por miedo a no encajar? ¿Qué valores estás reforzando, incluso sin darte cuenta? ¿Qué referentes estás construyendo para quienes te observan? ¿Qué conversaciones necesitas tener contigo antes de publicarte?
El algoritmo no va a cambiar solo. Pero nosotros sí podemos cambiar cómo lo habitamos. Y a veces, ese pequeño giro, esa decisión de publicar menos pero con más verdad, de comentar con más profundidad, de elegir a quién seguir con más conciencia, puede ser el inicio de una transformación mayor.
Porque al final, no se trata de dejar de usar las redes. Se trata de volver a usarlas como seres humanos.
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