
Durante décadas hemos repetido una frase casi como un mantra: “las empresas crean empleo”. Se dice en discursos políticos, en debates económicos, en tertulias de sobremesa y en presentaciones corporativas. Se pronuncia con solemnidad, como si fuera una verdad incuestionable, un axioma moral que justifica incentivos, desregulaciones y aplausos.
Pero quizá ha llegado el momento de detenernos y hacernos una pregunta incómoda: ¿y si ese relato ya no se sostiene?
Porque cuando rascamos un poco la superficie, lo que aparece no es una historia de solidaridad ni de compromiso social, sino algo mucho más prosaico: las empresas no crean empleo, contratan personas mientras las necesitan. Y dejan de hacerlo cuando ya no les resultan útiles.
No es una acusación moral. Es una descripción del funcionamiento del sistema.
Contratar no es crear empleo
Una empresa contrata cuando necesita cubrir una función para alcanzar un objetivo: producir más, vender más, escalar, reducir costes, aumentar beneficios. La persona contratada no es el fin; es el medio. Un recurso productivo entre otros muchos: capital, maquinaria, software, procesos.
Mientras ese recurso humano aporta valor (en los términos definidos por la empresa) se mantiene la relación. Cuando deja de hacerlo, se rompe. No porque la persona haya dejado de tener dignidad, sino porque el sistema no opera sobre la dignidad, sino sobre la utilidad.
Hablar de “creación de empleo” introduce una carga moral que no existe en la lógica empresarial. Es un lenguaje edulcorado que nos tranquiliza como sociedad, porque suena a propósito, a contribución, a bien común. Pero confunde el efecto con la causa.
El empleo no es un acto de generosidad. Es una consecuencia instrumental.
Beneficios récord, personas prescindibles
Lo verdaderamente inquietante del momento que estamos viviendo no es que las empresas despidan cuando las cosas van mal. Eso ha ocurrido siempre. Lo preocupante es que despiden cuando las cosas van extraordinariamente bien.
Empresas con beneficios récord, con reservas históricas, con perspectivas de crecimiento impulsadas precisamente por la inteligencia artificial y la automatización, anuncian recortes de plantilla masivos. No porque estén en crisis, sino porque han encontrado una forma más eficiente de operar con menos personas.
Máquinas, robots, algoritmos, sistemas de IA.
La ecuación es sencilla: si una tecnología puede hacer el trabajo más rápido, más barato, sin bajas médicas, sin conflictos laborales y sin negociación colectiva, la decisión empresarial es casi automática. No hay maldad. Hay coherencia interna con el modelo.
Y ahí es donde el relato empieza a resquebrajarse.
Porque seguimos hablando de “creación de empleo” mientras asistimos a una sustitución sistemática de personas en nombre de la eficiencia, incluso en contextos de abundancia.
La tecnología siempre ha sustituido personas (pero no así)
Es cierto: desde la Primera Revolución Industrial, la tecnología ha sustituido trabajo humano. Los telares mecánicos desplazaron a artesanos, las cadenas de montaje a obreros especializados, los ordenadores a administrativos, los cajeros automáticos a empleados bancarios.
Ese argumento se utiliza a menudo para minimizar el impacto actual: “siempre ha pasado”. Y es verdad… pero incompleto.
Lo que cambia ahora no es solo qué se automatiza, sino la velocidad, la escala y la profundidad del reemplazo. La IA no sustituye únicamente tareas físicas o repetitivas; empieza a ocupar espacios que asociábamos al pensamiento, al criterio, a la creatividad, al lenguaje, a la toma de decisiones.
Y, sobre todo, lo hace en un contexto diferente:
mercados financieros hiperglobalizados,
concentración extrema de capital,
debilitamiento de los mecanismos de protección social,
y una narrativa cultural que mide el valor casi exclusivamente en términos económicos.
El problema no es la tecnología. Nunca lo ha sido. El problema es cómo decidimos usarla y con qué prioridades.
Transiciones sin red
Las grandes transformaciones tecnológicas siempre generan ganadores y perdedores. Pero históricamente, las sociedades que lograron atravesarlas con menos sufrimiento fueron aquellas que acompañaron la transición: con formación, con políticas públicas, con nuevos pactos sociales.
Hoy, en cambio, muchas transiciones se están produciendo sin red.
Capitalismo, eficiencia y deshumanización
El capitalismo contemporáneo ha llevado la lógica de la eficiencia a su máxima expresión. Todo aquello que no es medible, escalable o rentable tiende a ser considerado irrelevante. Personas incluidas.
En este marco, el valor humano se reduce a una pregunta: ¿cuánto aporta esta persona al resultado económico?
Cuando la respuesta deja de ser satisfactoria, la persona se convierte en un coste a optimizar. No importa su historia, su contexto, su impacto social. El sistema no sabe qué hacer con eso.
Por eso no sorprende escuchar a líderes empresariales afirmar que "los conocimientos generalistas tienen poco valor comercial frente a lo que está por venir". No es una provocación aislada; es la expresión coherente de un modelo que confunde valor con precio.
El problema es que una sociedad que adopta ese criterio como único termina empobreciéndose, incluso aunque crezca su PIB.
¿Y ahora qué?
Plantear esta crítica no implica demonizar a las empresas ni idealizar el pasado. Tampoco significa rechazar la tecnología o la automatización. Sería ingenuo e inútil.
La pregunta no es si las empresas deben usar IA, robots o sistemas automáticos. La pregunta es cómo, para qué y con qué responsabilidad.
Si aceptamos que:
las empresas no crean empleo por altruismo,
la tecnología va a seguir sustituyendo personas,
y el valor humano no siempre es rentable en términos económicos,
entonces necesitamos abrir un debate mucho más profundo.
Un debate que incluya:
el papel de las empresas en contextos de beneficios extraordinarios,
la responsabilidad colectiva en las transiciones tecnológicas,
la redefinición del valor más allá de lo económico,
y la necesidad de un nuevo contrato social que no deje a las personas fuera del sistema.
No es un debate cómodo. Pero es urgente.
Porque si seguimos sosteniendo un relato que ya no se corresponde con la realidad, lo único que hacemos es ganar tiempo mientras el problema se agrava.
Más humanistas que nunca
Vivimos en un mundo que se describe como VUCA, BANI o cualquier otro acrónimo que intente capturar la complejidad creciente. Pero quizá el verdadero desafío no sea conceptual, sino ético.
En un contexto donde la tecnología avanza más rápido que nuestra capacidad de adaptarnos, ser humanistas no es una opción romántica, es una necesidad política y social.
No para frenar el progreso, sino para decidir qué entendemos por progreso.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de repetir que las empresas “crean empleo” y empezar a preguntarnos, colectivamente, qué lugar queremos que ocupen las personas en el sistema que estamos construyendo.
Porque una sociedad que acepta sin cuestionar que las personas sobran cuando dejan de ser útiles es una sociedad que, tarde o temprano, se queda sin futuro.
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