
Ayer, Sofi, una compañera de la certificación en coaching ontológico, me dijo algo que me trajo de vuelta a un lugar muy conocido.
—Necesito parar. Mi cuerpo me está diciendo basta.
La escuché en silencio. Le sostuve la mirada. Asentí. Y mientras ella hablaba, algo en mí vibraba con una especie de eco interno. Porque yo había estado ahí. No hace mucho. Justo antes de estas vacaciones, como reflejo de lo que ha sido mi vida hasta bien poco.
No era la primera vez que lo sentía. Pero esta vez fue distinto. Quizás porque, lo hacía desde una realidad que llevaba años buscando:
—¡Por fin me he hecho caso!
Durante semanas había estado postergando el cansancio. Acumulando tareas, atendiendo compromisos, diseñando formaciones, preparando clases, escribiendo textos, acompañando personas. Con ese impulso que me sale natural, esa mezcla de pasión y responsabilidad que me ha acompañado desde que tengo memoria. Pero mi cuerpo había empezado a lanzar señales claras: dificultad para dormir, tensiones que no se iban, una especie de niebla mental que me hacía cada vez más lento por dentro.
Lo supe. Necesitaba parar.
Y aunque hubo una parte de mí que quiso aprovechar las vacaciones para "avanzar algo", estudiar, organizar, preparar… otra parte más sabia, más corporal, más honesta, decidió algo que hasta ahora me había costado enormemente: descansar sin culpa.
Una vida en modo rendimiento
Desde que comencé la universidad, he vivido en un estado permanente de activación. De rendimiento. De compromiso. Siempre había algo que hacer, algo que mejorar, algo que construir. Y no lo vivía como una carga, sino como una especie de motor interno: formaciones, lecturas, trabajos voluntarios, colaboraciones, diseño de programas, producción de contenidos… Nunca fue por competir con nadie. Ni siquiera por destacar. Fue, más bien, por esa necesidad —tan profunda— de dar lo mejor de mí. Estaba tan confundido que declaraba con orgullo:
—Duermo 4 y 5 horas diarias.
Tengo una capacidad natural para ayudar. Me involucro con todo. Me apasiono. Y lo hago sin buscar recompensa, sin interés, sin cálculo. Pero también, muchas veces, sin límites. Y ahí empieza el problema.
Mi mujer me lo ha dicho tantas veces. Lo ha dicho con amor, con paciencia, con un dejo de tristeza:
—¿Cuándo vas a descansar de verdad? Te metes mucha caña, Víctor…
Yo la escuchaba, claro. Siempre la escuché. Pero escuchar no es lo mismo que actuar. No es lo mismo que parar.
Y lo mismo me decía José Antonio, compañero técnico en la radio, cada vez que volvíamos de vacaciones y yo ya estaba otra vez lleno de proyectos, ideas, grabaciones, contenidos:
—Siempre dices que vas a bajar el ritmo… ¿cuándo vas a hacerte caso?
Esa frase, que en otro momento me sonaba a chiste compartido, hoy la escucho como una llamada profunda. Porque el costo de no parar, de seguir siempre “a tope”, no es solo físico. Es existencial. Y es acumulativo.
El autoexigente que habita en mí
Hay una voz en mi interior que no para. Que me dice: “aprovecha el tiempo”, “todavía puedes hacer más”, “no te relajes ahora”, “da un poco más”. Esa voz me ha acompañado siempre. Y la reconozco como parte de mí. Me ha abierto puertas, me ha permitido aprender, generar impacto, crear cosas hermosas. Pero también me ha dejado exhausto. Silenciosamente, sin avisar, me ha ido secando por dentro.
No es una voz que grita. Es una voz que seduce. Que se disfraza de compromiso, de servicio, de generosidad. Que dice: “hazlo por los demás”, “tú puedes con esto también”. Y claro, muchas veces es cierto. Puedo. Pero… ¿a qué costo?
En coaching ontológico hablamos del observador que somos. Y durante muchos años, mi observador fue uno que medía su valor por lo que hacía, no por lo que era. Que confundía el servicio con la abnegación. Que pensaba que darlo todo era sinónimo de estar disponible siempre.
Con el tiempo entendí que esa autoexigencia no venía del ego, sino del cuidado. Pero de un cuidado mal distribuido: cuidaba a todos, menos a mí.
El cuerpo no miente
Hay algo que no se puede maquillar, ni negociar, ni aplazar indefinidamente: el cuerpo.
El cuerpo no tiene dobleces. No calcula. No tiene expectativas. El cuerpo simplemente habla. Y cuando no se le escucha, grita.
He sentido esos gritos en mi espalda contracturada, en el pecho apretado, en la fatiga al despertar, en la ansiedad flotante, en las noches de insomnio, en la desconexión sutil con el entorno. El cuerpo avisa cuando algo no va bien. Lo hace a su manera: con síntomas, con silencios, con bloqueos.
Y es paradójico: porque yo, que acompaño a otras personas a reconectarse con su sentir, con su corporalidad, con su verdad profunda… a veces me olvido de hacer eso conmigo mismo. Como si mi don de estar para otros no incluyera estar también para mí.
A veces me he sentido como ese árbol frondoso que da sombra, que cobija, que resiste las tormentas… pero que por dentro, si miras con atención, está seco.
El acto radical de descansar
Estas vacaciones decidí algo que, para mí, fue verdaderamente radical: no hacer nada productivo. Nada que se pudiera traducir en resultados, en avances, en validación externa. Nada que sumara a mi “expediente de logros”.
Solo descansar. Leer por placer. Dormir si tenía sueño. Comer sin mirar el reloj. Caminar sin rumbo. Ver películas que no enseñaban nada, pero me hacían reír. Jugar, tocar el piano… Desordenar los días. Estar.
Y fue incómodo al principio. Sentí una especie de ansiedad de fondo, como si estuviera “perdiendo el tiempo”. Como si cada día sin producir fuera una pequeña traición a mi identidad.
Pero después de unos días, algo se ablandó. Algo en mí empezó a bajar el volumen. Y sentí, por primera vez en mucho tiempo, una presencia plena. Sin objetivos. Sin exigencia. Sin rendir cuentas.
Descansar, entonces, se volvió un acto de dignidad. Un gesto de amor propio. Una forma de decirme: “yo también importo”. No por lo que logro. No por lo que doy. Sino por el simple hecho de ser.
Escuchar(se) antes de romper(se)
Hoy lo tengo más claro que nunca: parar no es dejar de caminar. Parar es elegir el ritmo que me sostiene.
Parar no es fracasar. No es desertar. Parar es honrar la vida que tengo entre manos. Es reconocer mis límites no como debilidades, sino como fronteras necesarias. Es tratarme con la misma compasión que tantas veces he ofrecido a otros.
Sigo siendo quien da, quien cuida, quien se involucra. Eso no va a cambiar. Pero sí ha cambiado algo esencial: el pacto que tengo conmigo.
Ya no quiero seguir siendo ese que vive al borde, que necesita tocar fondo para darse permiso. Quiero convertirme en alguien que sabe escucharse a tiempo. Que detecta el murmullo antes del grito. Que honra el cuerpo, el descanso, la pausa, como parte del camino. No como excepción. Sino como forma de estar en el mundo.
Porque también se sirve al mundo cuando uno se cuida. Porque el descanso no es un lujo. Es un derecho. Y también una responsabilidad.
Preguntas para quien lee
Te comparto ahora algunas preguntas que me han acompañado en este proceso, por si resuenan en tu camino:
¿Qué te dice tu cuerpo últimamente… y aún no escuchas? ¿Quiénes te han dicho que pares… y no les hiciste caso? ¿Qué temes que pase si te das permiso para descansar? ¿Qué pasaría si tu medida de valor no fuera lo que haces, sino cómo te tratas? ¿Qué nueva conversación podrías iniciar contigo mismo/a a partir de hoy?
No hace falta esperar a romperse para parar.
No hace falta enfermar para priorizarse.
No hace falta desaparecer para que el mundo nos extrañe.
Esta vez fue diferente. Paré antes de romperme. Y en ese gesto, sentí que algo —muy dentro— empezaba a sanar.
#DescansoConsciente #Autoexigencia #CuerpoSabio #CuidarmeTambienEsServir #BitacoraOntologica

