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No basta con no ser como ellos
No basta con no ser como ellos. Una reflexión sobre la responsabilidad masculina más allá de la bondad pasiva: por qué callar ante comentarios machistas también nos convierte en cómplices, y qué implica implicarse de verdad.
No basta con no ser como ellos. Una reflexión sobre la responsabilidad masculina más allá de la bondad pasiva: por qué callar ante comentarios machistas también nos convierte en cómplices, y qué implica implicarse de verdad.
No basta con no ser como ellos

Hace no mucho me encontraba compartiendo mesa con familiares y amigos. Todo transcurría con la naturalidad de una sobremesa cualquiera, hasta que uno de ellos soltó, sin pudor, un comentario despectivo hacia una mujer. Fue uno de esos comentarios que pretenden pasar por broma, pero que llevan dentro una semilla podrida. Y, como otras veces, decidí no dejarlo pasar. Dije algo. No por ganas de confrontar, sino por convicción de que quedarme callado me convierte, sin quererlo, en cómplice.

No me considero un héroe por hacerlo. Solo soy un hombre que ha decidido no colocarse en el margen cómodo de la bondad pasiva. Y cada vez tengo más claro que no basta con no ser como ellos. Esa frase que muchos hombres nos repetimos para desmarcarnos de los agresores, como si la sola comparación nos absolviera de toda responsabilidad.

Una campaña que nos pone el espejo delante

Hace apenas unos días, el actor Paco León protagonizó una campaña del Ministerio de Igualdad titulada “Hace falta huevos”. En ella, desde una cocina rodeado de gallinas, redefine el significado tradicional de esa expresión que tanto daño ha hecho a la masculinidad. “Hace falta huevos” ya no es ser violento, dominante o impermeable al dolor. Ahora significa hacer la compra, llorar, denunciar el machismo entre amigos, escuchar, cuidar, desaprender.

La campaña no es solo provocadora. Es necesaria. Porque llega en un momento crítico, donde los datos del Estudio Juventud de España 2024 revelan un retroceso preocupante: el apoyo al feminismo entre los hombres jóvenes ha caído del 54 % al 41 %, y un 23 % niega directamente la existencia de la violencia de género. Lo que antes era una grieta hoy amenaza con convertirse en un abismo.

Y aquí es donde, como hombres, nos toca mirar hacia dentro.

¿Ángeles o demonios? La trampa del discurso binario

Durante mucho tiempo, hemos alimentado una idea simplista: que hay hombres buenos y hombres malos. Que la violencia de género la ejercen “los otros”, los monstruos, los psicópatas. Nosotros, los que no matamos, los que no pegamos, nos situamos del lado seguro. Pero esa comodidad es engañosa. Porque el machismo no se manifiesta solo en su forma más extrema, sino también en lo que permitimos, justificamos o ignoramos.

El espectro de la masculinidad

La imagen que acompaña este artículo (y que ya analicé en mi artículo Desmitificando la responsabilidad masculina frente a la violencia de género) lo deja claro: no estamos ante una línea divisoria, sino ante un espectro. En él cabemos todos, con más o menos matices. Desde quienes intervienen ante una injusticia, hasta quienes callan cuando un amigo hace una broma vejatoria. Desde los que consumen porno violento sin cuestionarlo, hasta quienes minimizan una agresión con un “algo habrá hecho”.

Nos guste o no, todos estamos ahí.

El poder destructivo de los discursos heredados

El coaching ontológico nos enseña que somos seres lingüísticos. Que el lenguaje no solo describe la realidad, sino que la crea. Y durante generaciones, hemos crecido con discursos que han moldeado una masculinidad basada en la fuerza, el control y la desconexión emocional.

– “Ten huevos.” – “Los hombres no lloran.” – “Eso es cosa de mujeres.” – “Si te provocan, algo habrá que hacer.” – “Yo soy así, no lo puedo evitar.”

Esas frases, repetidas hasta el hartazgo, no son inocentes. Son los ladrillos con los que se ha construido un modelo de hombre que, cuando no golpea, calla. Y cuando no agrede, permite. El daño no solo está en el acto, sino también en la omisión.

Por eso, hasta que no nos impliquemos activamente en la transformación de estos discursos, seguiremos siendo una mala versión de lo que podríamos ser como hombres.

El silencio también es una forma de violencia

En ese espectro que dibuja el gráfico hay un espacio amplio reservado para la pasividad. Para los que no hacen daño directamente, pero tampoco lo detienen. Para quienes ven una actitud violenta y miran hacia otro lado. Para los que dicen: “yo no soy así”, como si eso bastara.

Pero no basta.

Porque cada vez que callamos ante una injusticia, legitimamos al agresor. Cada vez que no desafiamos una broma machista, perpetuamos el sistema. Cada vez que restamos importancia a una denuncia, reforzamos el mensaje de que las víctimas están solas.

Y, lo más doloroso, cada vez que nos excusamos diciendo que “no es para tanto”, dejamos de ser la mejor versión de nosotros mismos.

La transformación empieza en lo pequeño

El cambio no llega de golpe. Llega con actos cotidianos: interrumpir una conversación en la que se degrada a una mujer. Replantearnos qué consumimos y por qué. Escuchar a nuestras amigas, compañeras y parejas sin ponernos a la defensiva. Preguntarnos de verdad cómo hemos sido socializados, y qué queremos cambiar.

No se trata de vivir con culpa. Se trata de vivir con conciencia. De mirar el espectro de la masculinidad con honestidad, y ubicarnos ahí donde estamos, aunque duela. Y, desde ahí, avanzar.

Tú, que estás leyendo esto… ¿En qué tipo de hombre te reconoces? ¿Vas a hacer algo para mejorar tu versión?

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