
Hubo un momento en mi vida en el que sentí que la luz se apagaba. No era una tristeza pasajera ni un mal día que pudiera curarse con una buena noche de sueño. Era una sombra densa, persistente, que se instaló en mí como una niebla fría que no se disipa, por mucho que uno busque un rayo de sol. Me costaba levantarme de la cama. Las cosas que antes me daban ilusión ahora me resultaban indiferentes. Era como si el mundo siguiera girando a mi alrededor, pero yo estuviera quieto, viendo todo a través de un cristal opaco.
En ese tiempo, la psicología fue mi puerto seguro. Recibir terapia fue como encontrar una mano firme en medio de un mar embravecido. La persona que me acompañó desde la psicología no intentó apresurarme, no me dijo que “tenía que ponerme bien” ni que “pensara en positivo”. Me ofreció un espacio para comprender lo que me estaba pasando, para reconocer mis emociones sin juzgarlas, para aprender que pedir ayuda no es una señal de debilidad, sino de humanidad.
La terapia me dio herramientas para estabilizarme: pautas para manejar la ansiedad, ejercicios para romper ciclos de pensamientos negativos, y, sobre todo, un lugar para nombrar lo innombrable. Me ayudó a entender que había heridas emocionales que venían de mucho tiempo atrás, y que necesitaban ser vistas con cuidado y respeto. Fue un proceso lento, pero me sostuvo en los momentos más oscuros.
Sin embargo, después de un tiempo, algo curioso empezó a pasar. El dolor ya no era tan agudo, pero yo seguía sintiendo que vivía a medias. Como si hubiera sanado la herida, pero no supiera qué hacer con la cicatriz. Me encontraba repitiendo las mismas conversaciones internas, las mismas historias sobre mí, sin darme cuenta de que quizá esas narrativas eran las que mantenían a mi vida en pausa.
Y entonces, el coaching ontológico volvió a mi vida.
Un nuevo tipo de conversación
Aunque ya había hecho formación en coaching y conocía sus beneficios, nunca había sentido un despertar profundo. El interés estaba ahí, como una semilla dormida, pero sin la fuerza suficiente para germinar.
Gracias a las conversaciones que tuve con mi querida [Alejandra Olivares T. (She/Ella/Her)](https://www.linkedin.com/in/alejandra-olivares-t/), presidenta y cofundadora del [Colegio de Coaches Certificados de Chile](https://www.linkedin.com/company/colegio-de-coaches-certificados-de-chile/), algo empezó a moverse dentro de mí. Su manera de escuchar, de preguntar y de mirar el mundo volvió a encender en mí una chispa que creía apagada. Ese antiguo sueño de formarme, de certificarme y de poder acompañar a otras personas desde esta mirada, volvió a brotar con fuerza.
El coaching ontológico se presentó entonces no solo como un proceso de acompañamiento, sino como una forma de reencontrarme conmigo mismo. Ya no lo veía como una técnica más, sino como un camino para cuestionar las historias que me contaba, explorar los juicios que me limitaban y alinear mis acciones con los valores que realmente me definen.
Psicología y coaching: dos caminos que se encuentran
No puedo decir que el coaching haya sustituido a la psicología. Sería injusto y, además, falso. La terapia me salvó cuando no podía sostenerme solo. Me ayudó a reparar mi suelo emocional, a reconstruir la estructura interna que estaba debilitada. Sin ella, probablemente no hubiera tenido la estabilidad necesaria para iniciar un proceso de coaching.
La diferencia que yo he vivido entre ambas es que, mientras la psicología me ayudó a sanar, el coaching me está ayudando a rediseñar. La terapia miró conmigo hacia el pasado para comprender mis heridas; el coaching me invita a mirar al presente y al futuro para decidir quién quiero ser y cómo quiero actuar.
Podría decirlo con una metáfora: La psicología fue como curar las raíces de un árbol que estaba enfermo. El coaching es como aprender a elegir hacia dónde crece ese árbol, cómo se abre hacia la luz, qué frutos quiere dar.
El poder de los valores y las creencias
Uno de los descubrimientos más reveladores del coaching fue darme cuenta de que gran parte de mis decisiones estaban guiadas por creencias que yo nunca había cuestionado. Algunas de ellas ni siquiera eran mías: las había heredado de mi familia, de la cultura, de experiencias pasadas. Creencias como:
– “Si no lo hago perfecto, no vale la pena intentarlo.” – “No puedo pedir ayuda porque eso me hace débil.” – “Mi valor depende de lo que hago, no de quién soy.”
El coaching me dio herramientas para observar estas creencias como lo que son: interpretaciones, no verdades absolutas. Y, desde ahí, tuve la posibilidad de elegir si quería seguir sosteniéndolas o reemplazarlas por otras más alineadas con mis valores actuales.
Mis valores… esa palabra que, antes, para mí era un concepto abstracto. Hoy es un mapa. El coaching me enseñó que cuando tomas decisiones alineadas con tus valores, tu vida se siente más coherente, aunque los resultados no siempre sean inmediatos.
El lenguaje como creador de realidades
Otro de los grandes aprendizajes ha sido entender que el lenguaje no solo describe lo que vivimos: lo crea. Antes, yo solía decir frases como:
– “No puedo con esto.” – “Siempre me pasa lo mismo.” – “La vida es dura.”
Con el coaching, empecé a experimentar con otras formas de hablarme:
– “Esto me desafía, pero puedo encontrar una manera de afrontarlo.” – “Esta vez puedo elegir actuar distinto.” – “La vida me está invitando a aprender algo aquí.”
No fue magia. No es que por cambiar las palabras todo se volviera fácil. Pero sí fue un cambio en mi observador: cada vez que me hablaba de otra manera, abría una pequeña ventana por donde entraba un poco más de luz.
Complementar, no excluir
Me parece importante insistir en algo: no hay una batalla entre psicología y coaching. No se trata de elegir uno y descartar el otro. Son herramientas distintas, con enfoques y objetivos diferentes, que pueden ser complementarios.
La psicología tiene un papel crucial en la atención de problemas de salud mental, en el abordaje de traumas, en el acompañamiento de procesos donde hay dolor emocional profundo. El coaching ontológico, en cambio, no trabaja con patologías; se centra en el desarrollo de posibilidades, en ampliar el rango de acción, en cuestionar las interpretaciones que nos limitan.
En mi caso, haber pasado primero por la terapia me dio la estabilidad necesaria para después aprovechar al máximo el coaching. Y el coaching, a su vez, me ha permitido dar pasos que quizá no me habría atrevido a dar si solo me hubiera quedado en la reflexión terapéutica.
Lo que ha cambiado en mí
Hoy, todavía hay días difíciles. No voy a romantizar el proceso ni decir que la depresión “desapareció” por arte de magia. Pero mi relación con ella es distinta. Ya no la veo como una condena, sino como una señal. Cuando siento que la sombra se acerca, sé que es momento de revisar mis conversaciones internas, de reconectar con mis valores, de preguntarme si estoy actuando desde mis miedos o desde mis posibilidades.
El coaching me ha dado un sentido de agencia: la certeza de que, incluso en medio de las circunstancias más duras, puedo elegir cómo vivirlas.
Preguntas que me sigo haciendo
Termino esta reflexión con algunas preguntas que me acompañan y que tal vez quieras hacerte tú también:
– ¿Qué historia te estás contando sobre ti en este momento de tu vida? – ¿Qué creencias te están limitando sin que siquiera lo notes? – ¿Qué valores guían de verdad tus decisiones? – ¿Qué conversación contigo mismo/a podrías iniciar hoy para abrir nuevas posibilidades?
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