You need to enable JavaScript to use the communication tool powered by OpenWidget

El cansancio de sostener una vida que ya no encaja

El cansancio de sostener una vida que ya no encaja
El cansancio de sostener una vida que ya no encaja: hacer, culpa, tiempo libre y la versión de ti que quizá ya no necesitas sostener.
El cansancio de sostener una vida que ya no encaja: hacer, culpa, tiempo libre y la versión de ti que quizá ya no necesitas sostener.
El cansancio de sostener una vida que ya no encaja

Hay una forma de cansancio que tarda mucho en reconocerse.

Al principio uno piensa que se trata de lo habitual. Que quizá está durmiendo peor, que lleva unas semanas algo más intensas de la cuenta, que necesita vacaciones, que se le han juntado demasiados compromisos o que simplemente está en una etapa de esas en las que toca apretar un poco los dientes y seguir adelante. Todos hemos pasado por momentos así, luego tampoco conviene dramatizar cada vez que el cuerpo o la cabeza nos piden bajar el ritmo.

Si bien, hay cansancios y cansancios.

Hay un cansancio que se calma con descanso, con una tarde tranquila, con dormir un poco más, con cerrar algunas tareas pendientes o con poder desconectar durante unos días. Pero hay otro cansancio bastante más escurridizo, más profundo, que permanece incluso cuando la agenda afloja. Un cansancio que no siempre se nota en el cuerpo de manera evidente, pero que empieza a manifestarse como una especie de desconexión interior. Sigues haciendo, sigues cumpliendo, sigues respondiendo, pero algo dentro de ti no acompaña.

Y eso, al menos a mí, me parece mucho más inquietante que estar simplemente agotado.

Porque cuando estás cansado por exceso de actividad, más o menos sabes qué hacer. Descansas, organizas mejor tu tiempo, priorizas, pides ayuda si puedes o intentas reducir compromisos. Otra cosa es que lo hagas, claro, que esa ya es otra historia. Pero cuando el cansancio viene de un lugar más hondo, cuando lo que está agotado no es solo el cuerpo sino la forma en la que te estás habitando, entonces la solución ya no es tan sencilla.

En esos casos, hacer menos puede ayudar, por supuesto, pero no siempre basta.

Porque quizá el problema no es únicamente cuánto haces, sino desde dónde lo estás haciendo.

Y esto fue precisamente lo que me pasó hace no mucho.

Me vi, una vez más, participando en nuevos proyectos, colaborando, comprometiéndome, responsabilizándome de cosas que en apariencia tenían sentido. No eran propuestas absurdas ni obligaciones impuestas desde fuera. De hecho, muchas de ellas conectaban con intereses reales, con personas a las que aprecio o con espacios en los que me he sentido útil durante mucho tiempo. Y quizá por eso resultaba más difícil verlo con claridad, porque no estaba diciendo que sí a cosas que despreciara, sino a cosas que, en otro momento de mi vida, me habían ilusionado.

Pero esta vez había algo distinto. Por más que hacía, más vacío me sentía.

No era un vacío teatral, de esos que lo ocupan todo de golpe. Era más bien una sensación suave, persistente, como una especie de distancia entre lo que yo estaba haciendo y lo que realmente necesitaba. Desde fuera, seguramente, nada habría llamado demasiado la atención. Seguía haciendo lo que se esperaba de mí. Seguía cumpliendo. Seguía respondiendo. Seguía estando disponible. Pero dentro empezaba a aparecer una pregunta que no encontraba sitio en la agenda: “¿otra vez?”. Y cuando esa pregunta aparece, conviene prestarle atención.

Durante años he sido una persona muy orientada al hacer. A planificar, poner en marcha, colaborar, estudiar, escribir, preparar, participar, acompañar, proponer. Quien me conoce sabe que no soy precisamente alguien que se quede quieto demasiado tiempo. Además, siempre he valorado mucho el compromiso, la responsabilidad y la constancia. Creo que buena parte de lo que he podido construir en mi vida tiene que ver con esa manera de estar.

Luego no se trata ahora de renegar del hacer, como si hacer fuera algo negativo. Sería absurdo. Hacer es necesario. Hacer nos permite crear, trabajar, cuidar, aprender, compartir, transformar ideas en realidad. Sin acción, muchas reflexiones se quedan en mera literatura interior. El problema, al menos como yo lo he vivido, aparece cuando el hacer deja de ser una expresión de lo que somos y se convierte en una manera de no escucharnos. Ahí la cosa cambia.

Porque entonces uno no hace solamente porque quiere, porque elige o porque encuentra sentido en lo que hace. Hace porque no sabe no hacer. Hace porque le incomoda el silencio. Hace porque estar ocupado le da una especie de identidad. Hace porque si alguien cuenta con él, algo dentro se siente reconocido. Hace porque parar le despierta culpa. Hace porque confunde estar disponible con ser valioso. Y esto último cuesta mucho reconocerlo.

No porque sea especialmente complejo de entender, sino porque toca una fibra muy íntima. A todos nos gusta pensar que elegimos libremente nuestras acciones, que decimos que sí porque queremos, que nos implicamos porque somos generosos, que asumimos responsabilidades porque somos coherentes con nuestros valores. Y muchas veces es verdad. Pero no siempre lo es del todo.

A veces, junto a la generosidad, también hay miedo a decepcionar, junto al compromiso, hay necesidad de reconocimiento, junto a la responsabilidad, hay culpa y junto a la disponibilidad, hay una vieja creencia que nos dice que, si dejamos de ser útiles, quizá dejemos de ocupar un lugar importante en la vida de los demás.

No digo que esto ocurra siempre, ni que haya que sospechar de cada gesto de entrega. Sería injusto e incluso triste vivir así. Pero sí creo que merece la pena preguntarnos, de vez en cuando, qué parte de nuestra entrega nace del deseo y qué parte nace de un mandato antiguo que seguimos obedeciendo sin darnos cuenta.

En mi caso, la señal apareció en la agenda.

Un día miré esa parte de mi tiempo que solemos llamar “tiempo libre” y me di cuenta de que tenía muy poco de libre. Era tiempo no laboral, sí. Tiempo fuera de ciertas obligaciones formales. Pero estaba ocupado por otras muchas cosas. Proyectos personales, colaboraciones, reuniones, lecturas pendientes, compromisos, actividades, ideas que había ido aceptando casi por inercia. Todo era interesante. Todo tenía algún sentido. Todo podía justificarse. Y precisamente ahí estaba el problema. Cuando todo puede justificarse, resulta muy difícil elegir.

Así que, prácticamente sin pensarlo demasiado, hice algo que para otra persona quizá no tendría mayor importancia, pero que para mí fue casi una pequeña revolución: vacié mi agenda en esa parte del día a la que el común de los mortales llama tiempo libre.

Y por primera vez en cuarenta años, esa expresión empezó a hacer justicia a lo que nombraba.

Tiempo libre.

Parece una tontería, pero no lo es.

Siempre lo había sentido tan lejos que, cada vez que leía o pronunciaba esas dos palabras, sonaban dentro de mí como el eco de una promesa aplazada.

Porque muchas veces llamamos tiempo libre a un tiempo que ya nace hipotecado. No pertenece al trabajo, de acuerdo, pero tampoco nos pertenece del todo a nosotros. Lo llenamos de actividades útiles, de favores, de mejoras personales, de formaciones, de compromisos sociales, de deporte entendido como obligación, de lecturas que “hay que” leer, de proyectos que “sería interesante” empezar, de conversaciones que “deberíamos” tener, de tareas que no caben en otro lugar. Y claro, como todo eso ocurre fuera del horario laboral, nos convencemos de que estamos gestionando nuestra libertad.

Pero una libertad que solo sirve para seguir produciendo no sé si merece del todo ese nombre.

Al vaciar ese espacio, lo primero que apareció no fue calma. Esto conviene decirlo, porque a veces idealizamos mucho los procesos de parar. Pensamos que en cuanto uno baja el ritmo llega una paz interior maravillosa, como si la vida se convirtiera de repente en una escena de película con luz cálida entrando por la ventana. No fue así.

Lo primero que apareció fue la culpa. Una culpa absurda, si se mira desde fuera, porque nadie me estaba acusando de nada. Nadie me decía que tenía que volver a llenar la agenda. Nadie me pedía explicaciones. Sin embargo, yo sentía la necesidad de dármelas. Como si tuviera que justificar ante un tribunal invisible por qué no estaba aprovechando ese tiempo para algo útil.

Me venían pensamientos del tipo: “podrías estar haciendo esto”, “podrías avanzar en aquello”, “podrías ayudar en tal cosa”, “podrías llamar a esta persona”, “podrías aprovechar mejor la tarde”. Y fijaos qué curioso, porque se supone que hablamos de tiempo libre, pero la palabra “aprovechar” se colaba enseguida por la puerta de atrás. Aprovechar el tiempo. ¡Qué expresión tan reveladora!

Aprovechar suena bien, claro. Nadie quiere desperdiciar su vida. Pero llevada al extremo, esa idea puede convertirse en una trampa. Porque si todo tiene que ser aprovechado, entonces nada puede ser simplemente vivido. Si cada hueco debe convertirse en avance, aprendizaje, resultado, mejora o productividad, entonces el descanso deja de ser descanso y se convierte en otra tarea más, una tarea destinada a recuperar energía para seguir haciendo.

Y entonces, sin darnos cuenta, incluso el cuidado se vuelve funcional. Descanso para rendir mejor, leo para mejorar, camino para regularme, medito para ser más eficaz, quedo con alguien para mantener mi red…

Todo puede convertirse en medio para otra cosa. Y, sin embargo, hay momentos en los que necesitamos hacer algo sin convertirlo en instrumento de nada. Leer porque sí. Caminar porque sí. Quedarnos mirando por la ventana porque sí. Escuchar música sin aprender nada. Conversar sin objetivo. Estar en casa sin sentir que deberíamos estar construyendo algo.

No todo tiene que llevarnos a algún sitio. A veces vivir consiste precisamente en dejar de convertir cada instante en un peldaño.

Con el paso de los días, al principio de manera tímida, empecé a experimentar algo parecido a una libertad extraña. Digo extraña porque no era euforia. Tampoco era una felicidad desbordante. Era más bien una sensación de amplitud. Como si dentro de mí hubiera una habitación que llevaba años llena de muebles y, de repente, alguien hubiera retirado algunos. No sabía muy bien qué hacer con ese espacio, pero podía moverme un poco mejor.

También aparecieron recuerdos. Recuerdos de cuando hacía esto o lo otro, con esta persona o con aquella otra. Momentos buenos. Proyectos bonitos. Conversaciones que disfruté. Etapas que tuvieron sentido. Y con esos recuerdos llegaba a veces cierta nostalgia, porque no todo lo que dejamos atrás lo dejamos porque haya sido malo. A veces nos apartamos de cosas que fueron buenas, precisamente para que sigan siéndolo en la memoria y no se conviertan en una obligación sostenida por cansancio.

Estamos acostumbrados a pensar que, si algo fue valioso, debemos mantenerlo. Como si el valor de una experiencia nos obligara a conservarla indefinidamente. Pero no tiene por qué ser así. Hay proyectos que cumplen su función. Hay vínculos que cambian de forma. Hay espacios que pertenecen a una etapa. Hay versiones de nosotros que tuvieron sentido en un momento y que, más adelante, empiezan a quedarnos estrechas.

Soltar no siempre es rechazar. A veces soltar es agradecer sin seguir cargando.

Y creo que ahí empezó a aparecer para mí una comprensión más profunda. Yo no estaba cansado únicamente de hacer muchas cosas. Estaba cansado de sostener una versión de mí que ya no encajaba del todo. Una versión muy capaz, muy disponible, muy comprometida, muy acostumbrada a ir encadenando un hito detrás de otro, limpiando listas de tareas, abriendo nuevas posibilidades, acumulando proyectos, respondiendo a lo que aparecía.

Esa versión me había servido, claro que sí, durante mucho tiempo me ayudó a construir, a aprender, a sentirme útil, a generar vínculos, a sacar adelante cosas importantes. No quiero mirarla con desprecio. Sería como despreciar a alguien que te ayudó a cruzar un puente. Pero una vez cruzado el puente, quizá no tiene sentido seguir caminando con el mismo peso a la espalda.

El coaching ontológico habla mucho del observador que somos. Dicho de forma sencilla, no actuamos únicamente en función de lo que ocurre, sino desde la interpretación que hacemos de lo que ocurre. No respondemos a la vida desde una neutralidad pura, sino desde nuestra historia, nuestras emociones, nuestras creencias, nuestro cuerpo y el lenguaje con el que nos contamos quiénes somos.

Y yo me di cuenta de que mi observador estaba muy entrenado para ver en cada hueco una posibilidad de hacer. En cada petición, una oportunidad de responder. En cada propuesta, una invitación a implicarme. En cada espacio libre, una anomalía que había que corregir.

Por eso no bastaba con tachar tareas o gestionar mejor la agenda. La agenda era solo la superficie. Lo que realmente necesitaba mirar era la identidad que se ponía nerviosa cuando no había nada que hacer.

Porque cuando uno se ha acostumbrado a reconocerse en el hacer, parar no se vive solo como descanso. Se vive casi como amenaza.

¿Quién soy si no estoy participando, si no estoy avanzando, si no estoy siendo útil y si no tengo nada que demostrar esta tarde?

Estas preguntas no siempre aparecen formuladas con tanta claridad. Normalmente se disfrazan de inquietud, de incomodidad, de culpa o de esa sensación rara de estar perdiendo el tiempo. Pero están ahí.

Y quizá por eso nos cuesta tanto descansar de verdad. No porque no tengamos tiempo, aunque a veces sea cierto. Sino porque descansar nos obliga a encontrarnos con una parte de nosotros que ya no puede esconderse detrás de la actividad.

En mi caso, poco a poco, empecé a darme permiso para no volver a caer en aquella rutina frenética donde un hito llevaba al siguiente, una tarea a otra, un proyecto a otro, una responsabilidad a otra. Me di permiso para no estar en todos los sitios. Para no contestar tan rápido. Para dejar que algunas oportunidades pasaran de largo. Para asumir que no todo lo interesante tiene que formar parte de mi vida. Esto último parece sencillo, pero a mí me costó.

Porque durante mucho tiempo confundí lo interesante con lo necesario. Y no es lo mismo. Hay muchas cosas interesantes. Muchas. Demasiadas incluso. Pero la vida no se puede construir aceptando todo lo que despierta un mínimo de interés. También hay que elegir desde la capacidad real de presencia, de energía, de sentido.

Si todo entra, nada arraiga. Y quizá eso era lo que me estaba ocurriendo. Había demasiadas cosas entrando y muy pocas siendo habitadas de verdad.

Había olvidado la necesidad de sentir más en lugar de hacer más. Y es curioso, porque esta frase puede sonar extraña en un mundo que nos invita constantemente a la acción. Pero hoy la siento muy verdadera. Había momentos en los que hacer se había convertido en sentir menos. Y sentir menos, aunque parezca más cómodo durante un tiempo, también significa vivir menos.

Hacer para no sentir, para no escuchar, para no preguntarme demasiado, para no notar el vacío, para seguir siendo alguien reconocible para mí y para los demás.

Hasta que el cuerpo, la emoción o la propia vida empiezan a decir basta. No siempre con un golpe. A veces con una falta de ilusión. Con una desgana que antes no estaba. Con un silencio interior. Con una tarde libre que incomoda. Con la nostalgia de uno mismo.

No sé si os ha pasado alguna vez esto último: echaros de menos a vosotros mismos. No echar de menos una etapa, ni una persona, ni un lugar concreto, sino vuestra propia presencia. Esa sensación de haber estado funcionando tanto tiempo que, al parar, uno se pregunta dónde había quedado realmente.

¿Cómo es posible echar de menos a la persona con la que pasas 24 horas al día?

A mí, me pasó.

Y quizá por eso hoy miro de otra forma el cansancio. No lo veo solo como un enemigo a combatir, sino también como un mensaje a escuchar. Evidentemente, hay cansancios que piden sueño, cuidado, ayuda o cambios concretos. Pero hay otros que preguntan algo más incómodo: “¿hasta cuándo vas a seguir viviendo desde una identidad que ya no te sostiene?”.

No tengo una respuesta cerrada para esto. Sigo aprendiendo. Sigo cayendo, a veces, en la tentación de llenarlo todo. Sigo sintiendo cierta incomodidad cuando digo que no. Sigo teniendo que recordarme que descansar no es fallar, que no estar disponible no es abandonar, que una agenda vacía no es una agenda inútil y que mi valor no depende de cuántas cosas sea capaz de sostener. Pero algo ha cambiado.

Ahora, cuando aparece una nueva propuesta, intento escuchar no solo la idea, sino también el cuerpo. No solo si es interesante, sino si hay espacio real para vivirla. No solo si puedo hacerlo, sino desde dónde lo haría. Porque poder, muchas veces podemos. La cuestión es qué precio pagamos por seguir pudiendo. Y no siempre merece la pena.

Quizá esta sea una de las preguntas más importantes que podemos hacernos en determinados momentos de la vida: ¿esto que estoy a punto de aceptar nace de un sí verdadero o de una vieja costumbre de no fallar?

No es fácil distinguirlo. Pero el cuerpo suele dar pistas. La emoción también. El silencio, cuando le dejamos espacio, termina diciendo lo suyo.

Tal vez no estás cansado de hacer. O no solo. Tal vez estás cansado de sostener una versión de ti que fue necesaria durante mucho tiempo, pero que ahora empieza a quedarte pequeña. Una versión que aprendió a cumplir, a responder, a estar, a cargar, a demostrar, a aprovechar cada hueco, a convertir la vida en una sucesión de objetivos.

Y quizá no se trata de romper con todo, ni de desaparecer, ni de volverse irresponsable, ni de abandonar aquello que importa.

Quizá se trata de empezar a vivir con más verdad, dejar que el tiempo libre vuelva a ser libre, permitir que algunos espacios no tengan que servir para nada, aceptar que una etapa puede terminar aunque haya sido buena, reconocer que hacer menos, a veces, no es empobrecer la vida, sino devolverle profundidad y recordar, sobre todo, que no somos únicamente lo que hacemos.

Porque cuando olvidamos esto, cualquier agenda llena puede parecer una vida plena. Aunque por dentro sepamos que no lo es.

Así que tal vez hoy no necesites preguntarte qué más deberías hacer. Quizá baste con otra pregunta, bastante más honesta y bastante más difícil:

¿Qué versión de ti estás intentando sostener, aunque ya no encaje con la vida que necesitas habitar?

#BitacoraOntologica #CoachingOntologico #DesarrolloPersonal #MetodoSER #TransformacionPersonal

Compartir entrada en:

Newsletter

Accede a contenidos clave sobre Inteligencia Artificial, emprendimiento y transformación personal.​