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Los lugares donde dejé un trocito de mi corazón

Los lugares donde dejé un trocito de mi corazón
Quizá mi manera de vincularme tiene algo que ver con eso. Puede que mi sensibilidad hacia los cambios venga de ahí. También mi emoción al reencontrarme con antiguos compañeros, porque hubo un tiempo en el que esas personas formaron parte de mi mundo cotidiano.
Quizá mi manera de vincularme tiene algo que ver con eso. Puede que mi sensibilidad hacia los cambios venga de ahí. También mi emoción al reencontrarme con antiguos compañeros, porque hubo un tiempo en el que esas personas formaron parte de mi mundo cotidiano.
Los lugares donde dejé un trocito de mi corazón

Los lugares donde dejé un trocito de mi corazón

El pasado sábado volví a sentirlo.

Estábamos en una comida con antiguos compañeros y compañeras del Instituto Rey Alhamar, que ahora se llama Ciudad de Arjona. Nos reuníamos con motivo de ese año tan simbólico en el que todos vamos cumpliendo los cincuenta. Yo ya los cumplí el 9 de enero, pero otros los irán cumpliendo a lo largo de estos meses.

Había personas a las que no veía desde hacía décadas. Algunas caras aparecían en mi memoria con facilidad. Otras necesitaban un pequeño esfuerzo, una pista, un nombre, una risa conocida. También había compañeros y compañeras de otras etapas, del colegio, de esos años en los que todavía no formábamos parte del mismo grupo, pero sí de una misma historia compartida.

Y en medio de todo aquello, entre saludos, abrazos, recuerdos y conversaciones que iban saltando de una mesa a otra, me volvió a pasar.

Sentí ese hormigueo en el estómago.

No era exactamente tristeza. Tampoco era solo alegría. Era una mezcla difícil de explicar, de esas que el cuerpo entiende antes que la cabeza. Una emoción antigua que vuelve sin pedir permiso y se coloca en algún lugar entre el pecho y la garganta.

A veces me ocurre cuando regreso a Galera, a Bailén, a Arjona o a Alcalá la Real. También me ha pasado al recorrer una calle que creía olvidada, al ver una plaza, al escuchar el nombre de alguien que formó parte de una etapa concreta de mi vida o al reconocer un paisaje que, aunque hayan pasado muchos años, sigue teniendo algo mío.

Durante mucho tiempo pensé que no tenía raíces.

Tal vez porque, desde que nací, me he mudado muchas veces. Diecisiete, si no he perdido la cuenta. Mi infancia comenzó en Galera, un pueblo de Granada, que fue el primer destino de mi padre como médico. Después pasamos a Jaén capital. Y aquello, para un niño, no fue un simple cambio de domicilio. Fue pasar de un pueblo a una ciudad. De unas calles pequeñas y reconocibles a otro ritmo, otro tamaño, otras formas de relacionarse.

Cada traslado suponía empezar de cero.

Había que conocer nuevos compañeros de clase, aprender nuevos nombres, encontrar tu sitio en grupos que ya estaban hechos, adaptarte a códigos que no siempre entendías al principio. Volver a explicar quién eras. Volver a observar antes de hablar demasiado. Volver a tantear el terreno.

Y esto no ocurrió una sola vez.

Conforme a mi padre lo iban trasladando como médico, yo iba cambiando también de escenario. Cada pueblo traía sus propios rostros, sus propias rutinas, sus propias formas de vivir. Uno no se da cuenta del todo cuando es pequeño, pero cada cambio deja algo. A veces ilusión. A veces cansancio. A veces una forma de prudencia que se instala en el cuerpo.

Cuando eres niño o adolescente y cambias tantas veces de lugar, desarrollas una habilidad silenciosa para adaptarte. Aprendes a leer ambientes, a mirar antes de intervenir, a despedirte aunque nadie te haya enseñado cómo se hace eso sin que duela.

También aprendes a no agarrarte demasiado fuerte a nada.

No sé si esto lo entendí entonces. Probablemente no. Mirando hacia atrás, creo que durante años viví con la sensación de que otros tenían algo que yo no tenía. Veía a amigos que pertenecían a una cofradía, que se emocionaban al ver salir al patrón o a la patrona de su pueblo, que hablaban de sus fiestas, de sus tradiciones, de sus calles, de sus familias y amigos de siempre. Había en ellos una pertenencia que me parecía sólida, clara, casi natural.

Yo, en cambio, sentía que mi historia estaba repartida.

Un curso en un sitio, una etapa en otro, una amistad que nacía con fuerza y luego quedaba suspendida por un nuevo traslado, una casa que dejaba de ser casa, un colegio que pasaba a formar parte del recuerdo, un grupo al que había empezado a pertenecer justo cuando tocaba marcharse…

Durante mucho tiempo interpreté todo eso como ausencia de raíces. Pensaba que tener raíces era haber permanecido en un mismo lugar, haber crecido con las mismas personas, haber sentido como propias las mismas calles durante toda una vida. Pensaba que las raíces necesitaban profundidad en un único suelo.

Hoy no lo tengo tan claro.

Quizás las raíces no siempre crecen hacia abajo. Algunas se extienden en horizontal, buscando distintos territorios donde sujetarse. A veces no pertenecemos a un único lugar porque nuestra vida nos ha ido dejando señales en muchos sitios distintos.

Y entonces aparece esa imagen que me lleva acompañando desde hace unos días.

Creo que, sin saberlo, fui dejando trocitos de mi corazón en cada lugar donde viví.

Un trocito quedó en Galera, en aquella infancia primera donde el mundo todavía tenía el tamaño de un pueblo. Otro quedó en Jaén, cuando tuve que aprender a moverme en una ciudad y a sentirme parte de algo más grande. Otros quedaron en Bailén, en Arjona, en Alcalá la Real, en tantos lugares que fueron escenario de mi vida aunque no siempre permaneciera en ellos demasiado tiempo.

Cuando vuelvo, esos trocitos siguen allí.

No de una manera visible, claro. No están en una esquina esperando. No se pueden señalar con el dedo. Pero el cuerpo los reconoce. La emoción también. Algo dentro de mí dice que ahí pasó algo importante. Ahí fui niño. Ahí fui adolescente. Ahí tuve miedo, hice amigos, me despedí y aprendí a empezar de nuevo.

La memoria no vive solo en la cabeza.

También vive en el cuerpo, en el estómago que se encoge, en los ojos que se humedecen o en la piel que se eriza al escuchar una canción, un nombre o una anécdota que parecía dormida. A veces creemos que hemos dejado atrás una etapa porque hace años que no pensamos en ella. Basta volver al lugar adecuado para descubrir que no estaba tan lejos. Estaba guardada.

No quiero decir con esto que todo tiempo pasado fuera mejor. La memoria también selecciona, embellece, borra aristas y suaviza dolores. Pero hay algo profundamente humano en volver a encontrarnos con quienes fuimos. No para quedarnos allí, sino para entender un poco mejor de dónde venimos.

Desde una mirada ontológica, podríamos decir que no somos solo lo que nos pasa, sino la interpretación que hacemos de lo que nos pasa. Durante años, yo interpreté mis cambios de residencia como una falta de pertenencia. Como si el hecho de haber vivido en muchos sitios me hubiera dejado sin un lugar claro al que llamar mío.

Ahora empiezo a mirarlo de otra forma.

Tal vez no estuve sin raíces. Tal vez mis raíces estaban repartidas.

Y esta nueva interpretación cambia algo. No modifica el pasado, pero sí cambia la manera de habitarlo. Lo que antes podía mirar como pérdida, hoy puedo mirarlo también como riqueza. Despedirse dolía, y empezar de cero no siempre fue sencillo, pero cada etapa dejó una huella que ahora reconozco de otra manera.

A veces necesitamos muchos años para poder nombrar lo que sentimos.

De niño quizá solo notas que te vas, que dejas amigos, que llegas a un sitio nuevo y tienes que encontrar tu mesa, tu grupo, tu manera de estar. De adulto, en cambio, puedes mirar hacia atrás y comprender que cada uno de esos lugares fue moldeando tu forma de ser.

Quizá mi manera de vincularme tiene algo que ver con eso. Puede que mi sensibilidad hacia los cambios venga de ahí. También mi emoción al reencontrarme con antiguos compañeros, porque hubo un tiempo en el que esas personas formaron parte de mi mundo cotidiano. Compartimos aulas, patios, bromas, silencios, inseguridades, profesores, exámenes, primeros amores, torpezas adolescentes y esa sensación extraña de estar creciendo sin saber muy bien hacia dónde.

El sábado, mientras hablábamos, reíamos y recordábamos, también estaba presente lo que ya no puede volver.

Porque el tiempo pasa. Pasa de verdad.

Y esto, que tantas veces decimos casi como una frase hecha, se vuelve muy concreto cuando miras alrededor y ves que algunos compañeros y compañeras ya no están. Personas que formaron parte de aquella etapa y que no pudieron sentarse a la mesa con nosotros. Ahí la emoción cambia. Se vuelve más honda, seria y verdadera.

Hay ausencias que nos recuerdan algo importante.

No conviene dejar todos los reencuentros para después. A veces vivimos como si siempre hubiera otra oportunidad, como si las personas siguieran ahí, disponibles, esperando a que algún día encontremos tiempo. Pero la vida no siempre espera.

Por eso estos encuentros tienen tanto valor. No son solo comidas, ni fotografías para guardar en el móvil. Son una forma de decirnos que seguimos aquí. Que aquello que vivimos tuvo sentido. Que hubo un tiempo compartido que merece ser recordado. Aunque cada uno haya seguido su camino, hay una parte de nuestra historia que solo se entiende cuando volvemos a mirarnos a los ojos.

A mí me emociona volver a esos lugares porque no regreso solo al pueblo, al instituto o a una calle concreta.

Regreso a una versión de mí que sigue allí.

Regreso al niño que tuvo que mudarse, al adolescente que intentaba encajar, al joven que quizá no sabía todavía qué hacer con tanta despedida acumulada. Regreso también al hijo de un médico que iba cambiando de destino y que, sin proponérselo, fue construyendo una biografía hecha de muchos mapas.

Ahora siento algo que hace años no habría sabido explicar.

Siento que ya no quiero mudarme más.

No lo digo desde el rechazo a lo vivido, sino desde una necesidad profunda de estabilidad. Después de tantos cambios, hay una parte de mí que desea quedarse. Tener un sitio. Reconocer una casa como casa durante mucho tiempo. No volver a empaquetar la vida ni empezar de cero tantas veces.

Tal vez por eso me emociona tanto mirar atrás.

Cada lugar donde viví me dio algo, pero también me pidió algo. Me dio personas, experiencias, paisajes y aprendizajes. Me pidió despedidas, adaptación, movimiento y una cierta renuncia a la continuidad.

Hoy puedo agradecerlo sin negar el cansancio que también dejó.

Esa es, probablemente, una de las conversaciones internas más honestas que podemos tener con nuestra propia historia. No se trata de elegir entre gratitud o dolor. A veces conviven. Podemos sentir orgullo por nuestra capacidad de adaptación y, al mismo tiempo, aceptar que hubo momentos en los que nos habría gustado no tener que adaptarnos tanto.

No somos una sola emoción.

Somos muchas capas conversando entre sí.

Por eso, cuando vuelvo a Galera, a Bailén, a Arjona o a Alcalá la Real, no aparece una única sensación. Se mezclan la alegría de reconocer, la nostalgia de lo que ya no está, la ternura hacia quien fui y una especie de duelo pequeño por las vidas que pudieron haber sido si me hubiera quedado más tiempo en cada sitio.

Pero por encima de todo vuelve una certeza serena. Yo también tengo raíces.

No son raíces quietas, ni están enterradas en un único lugar, ni se explican con una sola tradición ni con una sola calle. Son raíces hechas de nombres, aulas, acentos, plazas, despedidas, reencuentros y conversaciones que el tiempo no ha borrado del todo.

Son raíces repartidas.

Por eso, cuando regreso a esos lugares, siento que algo se mueve por dentro. Como si uno de aquellos trocitos de corazón que dejé allí reconociera mi llegada y me recordara que no me había olvidado.

Tal vez volver sea eso.

Volver al lugar, sí, pero también a la parte de nosotros que se quedó allí esperando ser mirada con más cariño.

Y ahora, al cumplir cincuenta años, al reencontrarme con personas que formaron parte de mi adolescencia, al recordar a quienes ya no están y al sentir que el tiempo no se detiene, me doy cuenta de algo que me gustaría no olvidar.

Conviene volver más, llamar más, encontrarnos más, decir algunas cosas antes de que sea tarde.

Honrar esos trocitos de corazón que fuimos dejando por el camino, porque también ellos cuentan nuestra historia.

Durante mucho tiempo pensé que la pertenencia consistía en no moverse. Hoy empiezo a creer que pertenecer también puede ser reconocer con gratitud todos los lugares que nos ayudaron a ser quienes somos.

Y cuando vuelvo a ellos, aunque sea por unas horas, aunque solo sea para compartir una comida, un abrazo o una conversación con antiguos compañeros, siento que una parte de mí vuelve a casa.

Aunque mi casa, por suerte o por destino, esté repartida en muchos lugares.

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