
Recuerdo perfectamente aquel día. Estaba en el cine, viendo _Coco_, esa joya animada que toca el alma con los dedos suaves de la música y los recuerdos. La sala estaba a rebosar, con niños y mayores compartiendo emoción. Y entre susurros casi imperceptibles, flotaban nombres pronunciados con amor, como si decirlos fuera una forma de no olvidar. Y justo cuando sonó _Recuérdame_, se me quebró el alma.
No era solo la belleza de la melodía ni la ternura del momento. Era que, en ese instante, pensé en mi abuela Rosario. Y lloré. Lloré desde la nostalgia, sí, pero también desde el amor.
Mi abuela fue una mujer buena, generosa, solidaria. Una de esas presencias que no hacen ruido, pero que lo sostienen todo. Cuando estaba a punto de dejarnos, tuve la oportunidad de despedirme. No fue una despedida triste, sino una conversación de gratitud. Le di las gracias por lo que me dio, por lo que sembró en nuestra familia, por su forma sencilla y profunda de estar en el mundo.
Así es como la recuerdo. Desde el agradecimiento.
Y cada vez que toco esa canción al piano —_Recuérdame_—, lo hago con la intención de traerla a esta orilla. Porque recordar es mucho más que un acto mental. Es una manera de convocar, de volver a vincularse, de mantener viva la esencia de quienes partieron.
La memoria como acto de amor
En muchas culturas, el recuerdo no es solo una evocación nostálgica. Es un acto de amor. De presencia. De continuidad. Especialmente en esta época del año, donde el calendario se llena de significados: el Día de Todos los Santos, el Día de los Muertos…
En España, por ejemplo, la festividad del 1 de noviembre suele vivirse con recogimiento. Se visitan los cementerios, se encienden velas, se lleva flores. El silencio acompaña los pasos. Hay una cierta solemnidad, como si la muerte aún nos intimidara un poco.
En cambio, en México, el Día de Muertos es una celebración de la vida. Se montan altares con las comidas favoritas de los que ya no están. Se les canta, se les habla, se ríe con ellos. La muerte no es enemiga, es parte de la historia. Es algo que se honra y con lo que se convive.
Ambas formas de vivir la pérdida hablan de lo que necesitamos como cultura para elaborar el duelo. El cuerpo, la emoción y el lenguaje se disponen de maneras diferentes. Pero el fondo es común: queremos seguir conectados con quienes amamos. Y el recuerdo es ese hilo invisible que lo permite.
Lo que nos transforma cuando alguien se va
Desde la mirada del coaching ontológico, cada pérdida nos coloca ante una conversación profunda con nosotros mismos. ¿Quién soy ahora que esta persona ya no está? ¿Qué parte de mí queda vacía? ¿Qué aprendizajes me deja su ausencia?
La muerte nos confronta con nuestra fragilidad, pero también con nuestras raíces. Nos recuerda de dónde venimos. Nos muestra que el tiempo es limitado, y por eso, valioso. Que los vínculos no terminan con la muerte, solo cambian de forma.
> _El carácter efímero de la vida es lo que la hace tan valiosa_ (Víctor Figueroa)
A veces, el dolor del duelo se cuela en nuestros actos lingüísticos: nos quedamos callados, decimos que "todo está bien" cuando no lo está, nos cuesta pedir ayuda. Pero también podemos elegir el lenguaje como acto de reparación: agradecer, nombrar, escribir, cantar.
Yo elegí tocar el piano.
Y cada nota, cada acorde, cada silencio, es una forma de seguir diciendo: "Te llevo conmigo".
Honrar sin quedarnos atrapados
Recordar no es anclarse al pasado. Es integrar lo vivido, darle un lugar en nuestra historia y permitirnos seguir adelante. No se trata de negar el dolor, sino de no dejar que lo opaque todo.
Cuando la memoria se transforma en gratitud, algo en nosotros se acomoda. Podemos mirar la foto de quien partió y sonreír. Podemos contar anécdotas sin que se nos quiebre la voz. Podemos incluso cantar y bailar su canción favorita.
Eso también es sanar.
Y tú, ¿a quién necesitas recordar hoy? ¿Qué conversación pendiente te gustaría cerrar? ¿Qué gesto podrías hacer para honrar esa vida que te tocó tan de cerca?
Tal vez sea escribir una carta. O visitar un lugar compartido. O simplemente encender una vela y decir en voz alta: gracias.
Porque a veces, entre lágrimas y canciones, celebramos la vida de quienes partieron.
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