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¿Quién tiene el interruptor de la inteligencia artificial?

¿Quién tiene el interruptor de la inteligencia artificial?
Anthropic apaga Fable 5 y Mythos 5 por orden del gobierno de EE. UU.: quién controla el acceso a la IA y qué implica para soberanía tecnológica y cooperación global.
Anthropic apaga Fable 5 y Mythos 5 por orden del gobierno de EE. UU.: quién controla el acceso a la IA y qué implica para soberanía tecnológica y cooperación global.
¿Quién tiene el interruptor de la inteligencia artificial?

Una escena difícil de encajar

Durante estos días hemos visto una escena difícil de encajar, incluso para quienes ya nos hemos acostumbrado a que la inteligencia artificial avance a golpes de sorpresa. Y mira que 2026 está siendo bastante más movido que 2025. Era previsible que el ritmo aumentara, sí, pero no sé si hasta este punto. Prácticamente cada semana aparece una novedad relevante, una decisión inesperada o un cambio que nos obliga a recolocar lo que creíamos haber entendido apenas unos días antes.

Os comento.

Anthropic lanza Fable 5 y Mythos 5, muchas personas empiezan a probar sus capacidades, algunos profesionales los incorporan a su forma de trabajar y, de repente, llega una orden del gobierno de Estados Unidos que, alegando motivos de seguridad nacional, obliga a suspender el acceso a esos modelos para cualquier persona extranjera, aunque esté dentro del propio país o trabaje en la compañía que los ha creado. Ante esa directiva, Anthropic decide desactivarlos para todos sus clientes.

Dicho así, puede parecer una noticia más dentro de esta carrera acelerada por ver quién desarrolla el modelo más potente, más capaz o más difícil de controlar, pero creo que sería un error quedarnos solo en el titular tecnológico.

Aquí no estamos hablando únicamente de una empresa que retira un producto o de usuarios que pierden durante un tiempo el acceso a una herramienta que les gustaba. Estamos ante un precedente que nos obliga a mirar algo mucho más profundo e incómodo.

¿Qué ocurre cuando una tecnología que empieza a integrarse en el trabajo, la investigación, la educación, la empresa y la vida cotidiana puede ser apagada desde un despacho?

Seguridad nacional, sí, pero no de cualquier manera

No me parece discutible que un país quiera prosperar. Eso es legítimo. Tampoco me parece extraño que una potencia quiera proteger sus intereses estratégicos, cuidar su industria, defender su economía o evitar que una tecnología sensible termine siendo utilizada contra sus propias infraestructuras. Sería ingenuo negar que determinados modelos de inteligencia artificial pueden plantear riesgos serios si se usan mal, sobre todo en ámbitos como la ciberseguridad, la biología, la defensa o la manipulación de información.

A mi entender, la cuestión está en otra parte. El problema aparece cuando esa defensa de lo propio se convierte en una lógica de exclusión hacia el resto del mundo y, sobre todo, cuando el criterio para excluir no es lo que alguien hace con la tecnología, sino su condición de persona extranjera. Ahí ya no hablamos solo de seguridad nacional, sino de una forma concreta de ordenar la confianza, de decidir quién puede acceder al conocimiento y de insinuar, aunque no se diga de forma explícita, que el riesgo viene de fuera. Y no sé vosotros, pero a mí esa lectura me resulta muy peligrosa.

Porque una persona estadounidense puede utilizar mal una herramienta avanzada, una persona extranjera puede trabajar precisamente para hacerla más segura, un equipo internacional puede detectar vulnerabilidades que una administración nacional no ha visto y un investigador de otro país puede aportar una mirada imprescindible.

Reducir el riesgo a una cuestión de nacionalidad simplifica un problema que, en realidad, exige más inteligencia institucional, más cooperación y más transparencia. Y aquí conviene ir con cuidado, porque no se trata de negar los riesgos técnicos.

El riesgo existe, pero la respuesta también importa

Anthropic ha explicado que la preocupación del gobierno parecía estar vinculada a un posible método para eludir las protecciones de Fable 5, aunque la compañía sostiene que la vulnerabilidad observada era limitada y comparable a capacidades presentes en otros modelos disponibles. También reconoce que ningún proveedor puede garantizar hoy una resistencia perfecta frente a los jailbreaks, por eso defendía una estrategia basada en capas de seguridad, pruebas previas y monitorización.

Es decir, el miedo no nace de la nada. Hay motivos reales para preocuparse cuando hablamos de modelos capaces de encontrar fallos en sistemas, escribir código complejo o ayudar en tareas que, en malas manos, podrían afectar a infraestructuras críticas. Y pienso que no hace falta imaginar demasiado para entender el vértigo que puede producir que una tecnología así sea accesible a cualquiera con una conexión a internet y presupuesto suficiente.

Por eso, precisamente porque el riesgo es real, la respuesta debería ser más cuidadosa, y creo que no lo ha sido.

Si un gobierno puede intervenir sobre una tecnología de este calibre, debería hacerlo con un proceso claro, con explicaciones técnicas suficientes, con criterios verificables y con garantías públicas. De hecho, Anthropic lo pide así en su declaración. No basta con invocar la seguridad nacional como si esa expresión cerrara automáticamente cualquier debate. La seguridad importa, claro que importa, pero también importa cómo se define, quién la interpreta y qué consecuencias sociales produce cuando se aplica de manera opaca.

Anthropic afirma que la directiva no detallaba la preocupación concreta de seguridad nacional y que solo había recibido información verbal sobre una posible vulnerabilidad limitada. La empresa cumple la orden, como es lógico, pero al mismo tiempo expresa su desacuerdo y advierte de que, si ese criterio se aplicara a toda la industria, podría paralizar buena parte de los lanzamientos de modelos de frontera.

Regular no debería ser apagar primero y explicar después

Ahí aparece una contradicción muy interesante. Durante los últimos años, muchas voces han defendido que los gobiernos deben tener capacidad para bloquear despliegues inseguros de inteligencia artificial, y hasta ahí pienso que estamos de acuerdo. Yo también creo que no podemos dejar una tecnología tan poderosa únicamente en manos de unas cuantas empresas privadas, pero una cosa es regular con rigor y otra muy distinta es actuar sin un marco transparente que permita entender por qué se toma una decisión, qué evidencia la sostiene y cómo puede revisarse.

Y claro, pienso que regular no debería significar “te lo apago primero y ya si eso te lo explico después”.

Porque aquí es donde el caso de Fable 5 y Mythos 5 deja de ser una noticia concreta sobre Anthropic para convertirse en una señal de época, no tanto por lo que afecta únicamente a estos dos modelos, sino por lo que revela sobre el momento en el que estamos entrando, un momento en el que el acceso a la inteligencia artificial puede quedar condicionado por decisiones políticas, intereses nacionales y argumentos de seguridad que no siempre serán fáciles de discutir.

El debate, por tanto, no es solo si esta medida concreta está justificada o no. La cuestión más profunda es qué tipo de gobernanza estamos aceptando para una tecnología que cada vez será más influyente, porque cuando la seguridad nacional se convierte en el argumento que permite cerrar puertas sin demasiadas explicaciones, la línea entre proteger y controlar empieza a volverse peligrosamente fina.

Cuando una gran potencia envía una señal

Por eso creo que este episodio no debería leerse como una simple anécdota, sino como un aviso de algo más profundo. Cuando una gran potencia envía una señal de este tipo, el resto del mundo la escucha, la interpreta y empieza a tomar decisiones a partir de ella.

Hace falta ser muy ingenuo para pensar que otros gobiernos, otras empresas y otras regiones van a quedarse quietos. Una decisión así no se limita a cerrar una puerta concreta, sino que cambia el cálculo estratégico de todos los demás. China tendrá aún más incentivos para acelerar sus propios modelos, Europa se verá obligada a tomarse más en serio la pregunta por su soberanía tecnológica y por su fuerte dependencia actual de Estados Unidos, y las empresas de otros países, al comprobar que su acceso puede depender de conflictos políticos o comerciales que no controlan, empezarán a buscar alternativas, aunque esas alternativas no tengan todavía el mismo nivel de capacidad.

Los muros no suelen quedarse solos, porque cuando un país levanta uno, otros empiezan a construir los suyos, del mismo modo que la confianza internacional acaba resintiéndose cuando la cooperación empieza a presentarse como una amenaza. Ese es uno de los efectos más preocupantes de este tipo de decisiones, porque la investigación científica, la seguridad digital y el desarrollo responsable de la inteligencia artificial necesitan precisamente lo contrario, necesitan intercambio, contraste, auditoría independiente y colaboración entre personas que no siempre comparten pasaporte, pero que sí comparten un mismo planeta y una misma responsabilidad ante tecnologías capaces de afectar a más de 8.000 millones de personas.

Menos acceso no siempre significa más seguridad

Un grupo de líderes de ciberseguridad ha pedido a la administración estadounidense que revierta las restricciones, argumentando que limitar el acceso a Fable 5 puede perjudicar más a los defensores que a los atacantes, ya que capacidades similares existen en otros modelos y los equipos de seguridad necesitan herramientas potentes para proteger sistemas reales. Esta idea me parece importante porque rompe la lectura simplista de que menos acceso equivale automáticamente a más seguridad. En ocasiones puede ocurrir justo lo contrario, porque la inteligencia artificial puede utilizarse tanto para atacar como para defender, y ahí es donde cobra sentido aquella frase que el tío de Peter Parker dejó grabada en la cultura popular, que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Si aceptamos que estos modelos tienen un poder enorme, también deberíamos aceptar que gobernarlos exige algo más que cerrar puertas. Exige pensar con cuidado a quién estamos debilitando cuando creemos estar reduciendo el riesgo.

Si solo unos pocos actores tienen acceso a los modelos más potentes, quienes trabajan en defensa, auditoría o investigación fuera de ese círculo quedan en peor posición. Y si los atacantes encuentran vías alternativas, porque las encontrarán, ya que la curiosidad y la ambición del ser humano no tienen límites, el resultado puede ser una seguridad más desigual, más dependiente y menos cooperativa.

La tentación del Anillo Único

En el fondo, aquí aparece una tentación muy antigua, casi como la del Anillo Único en El Señor de los Anillos, la de pensar que un poder enorme puede mantenerse bajo control simplemente porque lo custodian quienes se consideran a sí mismos los más preparados para usarlo. Pero el problema de un poder así no está solo en quién lo tiene, sino en cómo se gobierna, qué límites acepta, qué responsabilidades asume y qué efectos provoca sobre quienes quedan fuera. Al fin y al cabo, la historia de Sméagol nos recuerda que hay poderes que no solo se poseen, sino que también transforman en pequeños Gollums a quienes creen poder dominarlos.

Por eso reducir el debate a permitir o prohibir se queda corto. La pregunta difícil es cómo gobernamos una tecnología peligrosa sin romper los espacios de confianza que necesitamos para hacerla más segura.

La dimensión social de una decisión tecnológica

Además, hay una consecuencia social que no deberíamos pasar por alto. Cuando una medida distingue entre nacionales y extranjeros, no solo ordena el acceso a una tecnología, también transmite una manera de mirar a las personas. Bajo la apariencia de prudencia, puede instalarse la idea de que quien viene de fuera merece sospecha por defecto, y ese mensaje no se queda dentro del ámbito tecnológico, porque las decisiones institucionales también educan la mirada colectiva.

En un momento histórico donde los discursos de “primero los nuestros” han vuelto con fuerza, conviene prestar atención al lenguaje. “America First”, “prioridad nacional” o cualquier fórmula parecida puede sonar a sentido común cuando se presenta como protección. Todos entendemos que un país quiera cuidar a su población. Lo preocupante aparece cuando ese “primero” empieza a significar “solo”, cuando el bienestar propio se plantea sin responsabilidad sobre las consecuencias que genera en los demás.

No olvidemos que vivimos en un mundo profundamente interconectado, donde las decisiones de una gran potencia en tecnología, comercio, energía, defensa o inteligencia artificial no se quedan dentro de sus fronteras, sino que se expanden, condicionan y arrastran a otros. Una regulación tomada en la Casa Blanca puede afectar a una empresa en Madrid, a un investigador en Buenos Aires, a una universidad en Berlín o a una administración pública que estaba empezando a integrar un sistema de IA en sus procesos internos.

Cuando la IA deja de ser herramienta y empieza a parecer infraestructura

Y eso nos lleva al punto que más me inquieta.

La inteligencia artificial está dejando de ser solo una herramienta avanzada y poco a poco empieza a parecerse más a una infraestructura. Todavía no en todos los ámbitos, ni con la misma intensidad, pero sí lo suficiente como para que tengamos que tomarnos en serio la pregunta sobre quién controla el acceso. Si la IA termina integrada en la educación, la sanidad, la administración pública, la investigación, la productividad empresarial, la gestión energética o la logística, cortar el acceso a ciertos modelos puede tener consecuencias que van mucho más allá de la incomodidad de unos usuarios.

No hablamos simplemente de quedarnos sin una aplicación que nos ayuda a escribir mejor, programar más rápido o resumir documentos. Hablamos de la posibilidad de que una parte creciente de nuestra actividad económica, institucional y social se apoye sobre sistemas que no controlamos, de manera que perder el acceso deje de ser un problema individual y empiece a convertirse en una vulnerabilidad colectiva.

La dependencia no es solo técnica

Esta es una de las razones por las que me parece tan relevante la reflexión de Satya Nadella, consejero delegado de Microsoft, cuando plantea que el éxito de la economía de la IA dependerá menos de un modelo de frontera concreto y más de los ecosistemas que las organizaciones sean capaces de construir alrededor de estos sistemas. Su idea apunta a que las empresas no pueden limitarse a consumir inteligencia ajena, sino que necesitan conservar y desarrollar su propio aprendizaje institucional, su criterio y su conocimiento acumulado.

Esa mirada ayuda a entender que la dependencia no será solo de los usuarios respecto a una aplicación concreta, sino también de las empresas respecto a sus proveedores tecnológicos, de los países respecto a infraestructuras externas y de los trabajadores respecto a sistemas que condicionarán su productividad, su aprendizaje y su capacidad de competir. Por eso la soberanía tecnológica no debería reducirse a tener un modelo propio como símbolo de orgullo nacional. Tiene mucho más que ver con construir capacidades, alternativas y conocimiento suficiente para no quedar atrapados en una posición de simple consumo.

Quizá todavía no somos plenamente conscientes de esto porque la adopción de la IA se está produciendo de una manera muy cotidiana. Primero la usamos para redactar un correo, después para analizar documentos y más tarde para preparar clases, revisar código, diseñar procesos, atender clientes, generar materiales, ordenar información o tomar decisiones preliminares. Cuando queremos darnos cuenta, la herramienta ya no está al lado del trabajo, sino dentro del trabajo. Y entonces aparece la dependencia, no entendida solo como adicción o costumbre, sino como una forma de dependencia operativa, cognitiva y organizativa, en la que parte de nuestra productividad, nuestro aprendizaje y nuestra capacidad para tomar decisiones empieza a apoyarse en sistemas que no siempre controlamos.

¿Qué pasaría si mañana determinadas empresas dejaran de tener acceso a los modelos que sostienen parte de su productividad? ¿Qué ocurriría con profesionales que han reorganizado su manera de trabajar alrededor de estas herramientas? ¿Qué consecuencias tendría para administraciones públicas, sistemas educativos, personas emprendedoras, equipos de investigación o países enteros que no cuentan con alternativas propias?

No se trata de rechazar la IA

Creo que a estas alturas está claro que no hablo de rechazar la inteligencia artificial. De hecho, en muchos de mis artículos he defendido justo lo contrario. ¡Sería absurdo! La IA puede ayudarnos muchísimo, facilitando aprendizajes, acelerando procesos, mejorando diagnósticos, apoyando tareas creativas y ofreciendo capacidades que antes estaban reservadas a organizaciones con muchos recursos. El problema no está en usarla, sino en depender de ella sin haber pensado suficientemente quién decide las condiciones de acceso.

Esa es, para mí, una de las advertencias más importantes de este episodio, que por momentos parece sacado de Black Mirror. Estamos construyendo una parte del futuro sobre infraestructuras que no siempre controlamos y, cuando alguien puede limitar su uso por motivos políticos, comerciales, diplomáticos o de seguridad nacional, descubrimos que la innovación también puede convertirse en vulnerabilidad. Por eso no es casual que el primer ministro canadiense, Mark Carney, haya señalado este caso como una advertencia sobre los riesgos de depender demasiado de un número reducido de proveedores estadounidenses de IA, una preocupación que conecta directamente con el debate sobre diversificación tecnológica y autonomía estratégica.

Soberanía tecnológica no es aislamiento

La soberanía tecnológica no debería confundirse con encerrarse en uno mismo. No se trata de que cada país pretenda construirlo todo desde cero ni de alimentar una nueva competición nacionalista por ver quién posee el modelo más poderoso. La historia ya nos ha mostrado el coste de las carreras basadas en la desconfianza, como ocurrió durante la Guerra Fría, pero también nos recuerda que incluso después de aquella lógica de bloques fue posible construir espacios de cooperación tan improbables como la Estación Espacial Internacional. Esa debería ser la referencia. No competir para aislarnos, sino cooperar sin quedar indefensos. Se trata de disponer de alternativas, de capacidades propias suficientes y de infraestructuras que no nos dejen completamente expuestos cuando otros toman decisiones que afectan a nuestra educación, nuestra economía o nuestra investigación.

Quizá me estoy extendiendo más de la cuenta, pero creo que tampoco podemos ignorar la dimensión competitiva. Si una tecnología de este nivel da ventaja a quien la posee, es comprensible que los países intenten protegerla. Lo que me preocupa es que esa protección termine justificando una forma de desentenderse del equilibrio global, porque cuando unos pocos concentran el acceso a las herramientas más potentes, el resto no solo queda por detrás en la carrera tecnológica, sino que también queda condicionado en su capacidad para aprender, innovar, defenderse y construir conocimiento propio.

Dónde queda el valor

Nadella también advierte de otro riesgo que me parece muy conectado con este debate. Si las empresas de todos los sectores acaban cediendo la mayor parte de su valor a unos pocos modelos que absorben cada vez más conocimiento, la promesa de productividad puede terminar generando una economía difícilmente aceptable desde el punto de vista social. En su propuesta, el valor debería distribuirse en un ecosistema donde las organizaciones conserven su aprendizaje y donde la IA amplifique la experiencia humana en lugar de vaciarla.

Esta idea es importante porque nos recuerda que la IA no solo plantea una disputa entre países, también plantea una disputa sobre dónde queda el valor. El riesgo no está solo en perder el acceso, sino en seguir teniéndolo mientras vamos perdiendo capacidad propia sin darnos demasiada cuenta.

Por eso esta dependencia no debería leerse solo en clave tecnológica o económica, también nos habla de convivencia, porque cuando una sociedad empieza a organizar sus decisiones alrededor de la idea de que “los nuestros” deben ir primero y los demás representan un riesgo, la tecnología deja de ser únicamente un campo de innovación y se convierte en un espejo de cómo entendemos al otro.

La tensión de fondo

Por eso me cuesta aceptar que este asunto se cierre con una explicación sencilla. La seguridad nacional, la posible intervención excesiva sobre Anthropic, el marketing, la competencia y los conflictos entre empresas pueden formar parte del contexto, pero ninguna de esas lecturas explica por sí sola el fondo del asunto. Algunos detalles quizá los conoceremos mejor con el tiempo, aunque lo importante aquí no depende de una única intención oculta.

El fondo es que estamos entrando en una etapa en la que la IA será demasiado importante como para dejarla sin gobernanza, pero también demasiado influyente como para aceptar que esa gobernanza quede en manos de unos pocos actores con intereses nacionales o corporativos. Ahí está la tensión.

Necesitamos regulación, porque la alternativa sería confiar ciegamente en empresas que compiten por llegar antes y capturar mercado. Pero necesitamos una regulación transparente, proporcional y técnicamente fundada, porque la alternativa contraria sería aceptar que la seguridad nacional se convierta en una palabra mágica capaz de justificar cualquier cierre, cualquier exclusión y cualquier ventaja estratégica. Y no sé si estamos preparados para ese equilibrio.

Una primera muestra de los conflictos que vienen

Lo que ha ocurrido con Fable 5 y Mythos 5 puede parecer un episodio aislado, pero intuyo que no lo es. Puede ser una primera muestra de los conflictos que vendrán cuando los modelos sean más potentes, más integrados y más difíciles de sustituir. Hoy hablamos de dos modelos concretos. Mañana podríamos estar hablando de acceso a capacidades médicas, educativas, científicas o industriales que algunos países consideren demasiado valiosas para compartir.

Si seguimos por ese camino, la economía, la investigación, la movilidad del talento, las alianzas internacionales y la convivencia social pueden verse afectadas por una lógica en la que cada potencia intenta protegerse reduciendo la confianza del resto. Y un mundo donde todos sospechan de todos no es un mundo más seguro, sino un mundo más frágil.

Mi posición no nace de una defensa ingenua de la apertura tecnológica ni de una negación de los riesgos. Está claro que los riesgos existen, y conviene mirarlos con seriedad. Precisamente por eso me preocupa que la seguridad se use como excusa para excluir, que la prosperidad de unos se construya sobre la dependencia de otros y que una infraestructura capaz de condicionar la educación, el trabajo, la ciencia y la vida social dependa de decisiones tomadas por un pequeño núcleo de poder.

Las preguntas que ya no podemos evitar

La inteligencia artificial nos obliga a hacernos preguntas nuevas, pero también nos devuelve a preguntas muy antiguas:

¿Quién decide?, ¿quién se beneficia?, ¿quién queda fuera?, ¿qué entendemos por seguridad?, ¿qué estamos dispuestos a sacrificar en nombre de la ventaja? o ¿qué tipo de cooperación queremos mantener cuando la tecnología se convierte en poder?

Quizá este apagado no sea el final de nada. Puede que Fable 5 y Mythos 5 vuelvan, puede que la medida se revise o puede que el caso quede como una anomalía dentro de una carrera mucho más amplia. Pero incluso si eso ocurre, la pregunta ya está encima de la mesa.

¿Quién tiene el interruptor de la inteligencia artificial?

Y, sobre todo, qué estamos haciendo para que el futuro no dependa de que alguien decida pulsarlo por nosotros.

#InteligenciaArtificial #SoberaníaTecnológica #ÉticaDigital #Geopolítica #DeCeroAIA

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