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Totoro no salvará el mundo, pero tal vez nos recuerde cómo mirarlo

Totoro no salvará el mundo, pero tal vez nos recuerde cómo mirarlo
Con los años, esa sensibilidad no desapareció. Fue tomando distintas formas. La radio, con aquel programa llamado Plataforma Solidaria.
Con los años, esa sensibilidad no desapareció. Fue tomando distintas formas. La radio, con aquel programa llamado Plataforma Solidaria.
Totoro no salvará el mundo, pero tal vez nos recuerde cómo mirarlo

Porque nunca es demasiado cuando hablamos de bondad

Tenía seis años cuando hice mi primera colecta para el Domund. Recuerdo llevar mi hucha de cartón, con forma de cubo y una ranura en la parte superior para recibir con ilusión un donativo. Las caras de tan particular hexaedro regular estaban repletas de niños, de diversas razas, simbolizando la necesidad de recordad, no olvidar a quienes siguen ahí, aunque no los veamos. Era 1981.

A esa edad, uno no entiende todavía la complejidad del mundo. No sabe explicar qué es la desigualdad estructural, ni conoce los nombres técnicos que usamos de adultos para hablar de pobreza, exclusión, vulnerabilidad o falta de oportunidades. No tiene todavía un mapa completo de las injusticias que atraviesan la vida de tantas personas.

Pero siente.

Y a veces, sentir basta para empezar a mirar de otra manera.

Recuerdo aquella colecta como uno de esos momentos pequeños que, con el paso de los años, terminan revelando algo más profundo. No sé si entonces era consciente de lo que estaba haciendo. Probablemente no. Pero sí sé que, de alguna manera, ya había en mí una inquietud: la necesidad de ayudar, de contribuir, de hacer algo por quienes no habían tenido las mismas circunstancias, las mismas oportunidades, el mismo entorno o la misma suerte.

Porque la vida, aunque a veces nos empeñemos en olvidarlo, no reparte las cartas de la misma manera para todo el mundo.

Hay quien nace rodeado de afecto, estabilidad, cuidados y posibilidades.

Y hay quien nace en medio del miedo, de la escasez, de la guerra, de la incertidumbre o del abandono.

Hay quien puede crecer soñando.

Y hay quien apenas puede crecer sobreviviendo.

Con los años, esa sensibilidad no desapareció. Fue tomando distintas formas. La radio, con aquel programa llamado Plataforma Solidaria. La música, con dos discos publicados ("Renacer" y "Ahora más que nunca, por Jaén") con varios de mis temas a piano para recaudar fondos destinados a causas sociales. El Centro de Pensamiento ODS, como espacio para el desarrollo de iniciativas y proyectos con el fin de impactar positivamente en nuestro planeta, gracias a la participación de personas maravillosas de 25 países. Y tantas otras causas, proyectos, conversaciones y encuentros que me han permitido confirmar algo que sigo creyendo profundamente: no estamos aquí solo para vivir nuestra vida, sino también para preguntarnos qué hacemos con la vida de los demás.

O, dicho de otra manera, qué tipo de huella dejamos en quienes se cruzan con nosotros.

Por eso, cuando he visto que Studio Ghibli ha recibido el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, algo se ha movido dentro de mí.

No solo por el reconocimiento a un estudio de animación extraordinario. No solo por sus películas. No solo por Totoro, Chihiro, Mononoke o tantas historias que han acompañado a varias generaciones.

Sino por lo que ese premio parece recordarnos en este momento concreto del mundo.

El jurado ha destacado la creatividad de Studio Ghibli, sí. Pero también los valores que transmiten sus películas: la sensibilidad, el respeto a la naturaleza, la amistad, la empatía, la humanidad, la calma, la belleza de lo cotidiano.

Y quizá ahí esté la clave.

Porque en un tiempo en el que todo parece empujarnos hacia la velocidad, la crispación, la sospecha, la dureza y la deshumanización, que se reconozca públicamente una obra que nos invita a mirar con ternura no es un detalle menor.

Es casi un acto de resistencia.

Studio Ghibli tiene algo que pocas obras logran: habla de la vida sin simplificarla.

Sus películas no nos dicen que el mundo sea fácil. No niegan el dolor. No esconden la muerte, la guerra, la enfermedad, la pérdida, el miedo o la soledad. Pero tampoco convierten todo eso en espectáculo vacío.

Hay en sus historias una forma muy delicada de acercarse a lo difícil.

Como si nos dijeran: “sí, la vida duele, pero todavía podemos mirar con cuidado”.

Y esa palabra me parece fundamental: cuidado.

Cuidado al mirar.

Cuidado al hablar.

Cuidado al juzgar.

Cuidado al convivir.

Cuidado al tocar las heridas propias y ajenas.

Quizá por eso Totoro nos conmueve tanto. Porque no viene a salvar el mundo con una espada, ni con un discurso, ni con una bandera. No llega para imponer nada. No conquista, no amenaza, no humilla, no castiga.

Simplemente está.

Acompaña.

Sostiene.

Aparece en medio de una historia atravesada por la enfermedad de una madre, por la preocupación de unas niñas, por la fragilidad de una familia, por ese territorio incierto donde la infancia intenta comprender lo que ni siquiera las personas adultas sabemos explicar del todo.

Totoro no resuelve la vida.

Pero ayuda a habitarla.

Y quizá eso sea mucho más importante de lo que parece.

Durante la pandemia, muchas personas dijimos que saldríamos mejores. Yo también lo pensé. Recuerdo esa sensación inicial, tan extraña, de estar viviendo algo profundamente doloroso, pero también revelador. Como si aquella pausa forzada pudiera despertar una conciencia colectiva. Como si el miedo compartido fuera a recordarnos que éramos vulnerables, interdependientes, frágiles. Como si, al vernos encerrados, pudiéramos por fin comprender que nadie se salva solo.

Pero no estoy seguro de que saliéramos mejores.

Al menos, no todos.

Quizá lo que ocurrió fue otra cosa.

Quizá la pandemia no nos transformó tanto como nos desnudó.

Nos quitó una parte de la máscara que solemos ponernos cuando hacemos vida social. Esa máscara que, con mayor o menor éxito, contiene nuestra parte menos amable. Esa máscara que nos ayuda a convivir, a modularnos, a no decir siempre lo primero que pensamos, a no actuar siempre desde el impulso, a no mostrar sin filtro nuestras sombras más profundas.

Y cuando esa máscara cayó, apareció mucho de lo que ya estaba dentro.

Aparecieron miedos.

Traumas latentes.

Rabias acumuladas.

Creencias rígidas.

Desconfianza.

Necesidad de control.

Agotamiento emocional.

Y también valores menos amables con el prójimo.

No creo que todo eso naciera entonces. Más bien creo que ya estaba ahí. Formaba parte de nuestra identidad, alimentado por nuestras vivencias, nuestras historias personales, nuestros dolores no resueltos y nuestros sistemas de creencias.

La pandemia no creó la polarización.

La aceleró.

La amplificó.

Le dio altavoz.

Desde entonces, tengo la sensación de que una parte de la sociedad vive más crispada, más desconectada, más anestesiada ante el dolor ajeno. Como si hubiéramos normalizado que la conversación pública sea una pelea permanente. Como si escuchar al otro se hubiera convertido en una señal de debilidad. Como si matizar fuera sospechoso. Como si la empatía fuera un lujo de tiempos tranquilos.

Y no lo es.

La empatía no es un adorno moral.

Es una condición básica para la convivencia.

Sin empatía, el amor se queda sin cuerpo.

Sin empatía, la solidaridad se convierte en eslogan.

Sin empatía, el otro deja de ser una persona y se convierte en una categoría.

Inmigrante.

Enemigo.

Competidor.

Amenaza.

Carga.

Problema.

Y cuando reducimos a una persona a una categoría, dejamos de verla.

Ahí comienza buena parte de nuestra deshumanización.

Desde una mirada ontológica, podríamos preguntarnos: ¿qué observador estamos siendo cuando miramos al otro de esa manera?

Porque no vemos el mundo como es.

Vemos el mundo como somos capaces de observarlo.

Lo que llamamos realidad está atravesado por nuestras creencias, nuestras emociones, nuestras conversaciones internas, nuestra historia, nuestras heridas, nuestros miedos y nuestras expectativas. Dos personas pueden mirar el mismo hecho y construir relatos completamente distintos.

Una persona ve a alguien que llega de otro país buscando una oportunidad.

Otra ve una amenaza.

Una ve a una familia dejando atrás su hogar, sus raíces, su lengua, sus vínculos, gran parte de su historia.

Otra ve una invasión.

Una ve cansancio, miedo, esperanza y dignidad.

Otra ve delincuencia, abuso o peligro.

Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿qué conversación interna sostiene cada mirada?

Porque el problema no está solo en lo que vemos.

Está también en desde dónde lo vemos.

Vivimos tiempos complejos. Muy complejos. Cambios geopolíticos profundos, guerras, discursos cada vez más agresivos, liderazgos que parecen alimentarse de la confrontación y una sensación de incertidumbre que atraviesa el mundo. Personas como Donald Trump, por citar uno de los ejemplos más visibles de la actualidad, representan una forma de ejercer poder basada muchas veces en la división, la provocación, el desprecio al adversario y la imposición del relato propio por encima de cualquier vínculo común.

Pero, por desgracia, no es un caso aislado.

Hay ejemplos en muchos lugares.

Y quizá por eso resulta tan urgente hablar de bondad.

No de una bondad ingenua, infantil o desconectada de la realidad.

No de una bondad que niega el conflicto.

No de una bondad que mira hacia otro lado cuando hay abuso, violencia o injusticia.

Hablo de una bondad lúcida.

Una bondad que sabe que existe el mal.

Una bondad que no ignora la sombra.

Una bondad que entiende que en la vida hay tensiones, contradicciones, límites, responsabilidades y decisiones difíciles.

Una bondad que reconoce ese equilibrio entre el bien y el mal, entre el yin y el yang, entre la luz y la oscuridad. Porque para que uno exista, de alguna forma, necesitamos reconocer la existencia del otro.

Pero reconocer la oscuridad no significa rendirse a ella.

Entender que hay maldad no implica justificarla.

Aceptar que el conflicto forma parte de la vida no significa convertir la crueldad en virtud.

Y aquí es donde me preocupa especialmente una frase que escucho cada vez con más frecuencia: “es que algunos sois demasiado buenos”.

Demasiado buenos.

Como si la bondad tuviera un límite razonable.

Como si hubiera una dosis máxima de humanidad a partir de la cual uno empieza a ser sospechoso.

Como si preocuparse por el sufrimiento ajeno fuera una ingenuidad impropia de personas adultas.

Como si el mundo necesitara menos empatía y más mano dura.

Claro que el mundo necesita límites.

Claro que necesitamos justicia.

Claro que hay comportamientos que deben ser detenidos, corregidos o sancionados.

Claro que no todo puede resolverse únicamente con buenas palabras.

Pero me cuesta aceptar una declaración de intenciones donde la dureza aparece como solución principal y la bondad como defecto.

Porque nunca es demasiado cuando hablamos de bondad.

Nunca.

Puede faltar criterio.

Puede faltar firmeza.

Puede faltar lucidez.

Puede faltar capacidad para poner límites.

Pero bondad, entendida como deseo profundo de no dañar, de cuidar, de acompañar, de reconocer la dignidad del otro, no sobra nunca.

Lo que ocurre es que confundimos bondad con sumisión.

Confundimos bondad con debilidad.

Confundimos bondad con incapacidad para defenderse.

Y no son lo mismo.

Una persona bondadosa también puede decir no.

También puede poner límites.

También puede alzar la voz.

También puede defender la justicia.

También puede indignarse.

También puede actuar con determinación.

La diferencia es desde dónde lo hace.

No es lo mismo actuar desde el odio que desde la responsabilidad.

No es lo mismo poner un límite para proteger que hacerlo para humillar.

No es lo mismo defender una posición que deshumanizar a quien piensa diferente.

No es lo mismo tener firmeza que vivir instalado en la agresividad.

Quizá mi mirada está profundamente influida por el entorno en el que crecí. Mi generación y mi país, durante mi existencia, no han vivido guerras como las que hoy sufren millones de personas en distintos lugares del mundo. Con la excepción terrible del terrorismo de ETA, que asesinó a más de 850 personas y aterrorizó durante décadas a miles de familias en España, mi vida ha transcurrido en un contexto relativamente pacífico.

Yo, al menos, he tenido la suerte de alimentarme de un entorno afable, solidario, pacifista.

Mis padres.

Mis hermanas.

Mi abuela materna.

Personas que, de una forma u otra, fueron dejando en mí una manera de mirar.

Y esto también conviene recordarlo: nadie se construye solo.

Somos también las conversaciones que escuchamos de niños.

Los gestos que vimos en casa.

La forma en que se hablaba del vecino.

La manera en que se trataba a quien venía de fuera.

La respuesta que recibíamos cuando alguien sufría.

La importancia que se daba a compartir.

La ternura que se permitía.

La dureza que se normalizaba.

La vida nos va enseñando qué emociones son legítimas y cuáles debemos esconder. Qué valores se premian y cuáles se ridiculizan. Qué tipo de persona conviene ser para ser aceptado.

Por eso me pregunto qué estamos enseñando hoy.

¿Qué estamos enseñando cuando aceptamos discursos que convierten al vulnerable en culpable?

¿Qué estamos enseñando cuando repetimos que quien viene a “nuestro país” viene a quitarnos “nuestro trabajo”?

¿Desde cuándo la tierra nos pertenece?

La habitamos, sí.

La cuidamos, o deberíamos.

La organizamos políticamente, administrativamente, culturalmente.

Pero no es nuestra en un sentido absoluto.

Estamos aquí de paso.

La tierra nos precede y nos sobrevivirá.

Y respecto al trabajo, ¿de verdad el trabajo pertenece a alguien antes de ser buscado, conseguido y realizado? ¿O pertenece, más bien, a quien se esfuerza por encontrar una oportunidad, aportar valor y sostener su vida con dignidad?

Me preocupa la facilidad con la que se acusa a quienes migran.

Se dice que traen delincuencia.

Que traen agresiones.

Que vienen a aprovecharse.

Que ponen en peligro nuestra forma de vida.

Pero pocas veces nos detenemos a mirar lo que implica dejar atrás a tu familia, tu hogar, tus raíces, tu paisaje, tu lengua, tus vínculos, tus recuerdos, tu historia. Pocas veces pensamos en el coraje que requiere empezar de nuevo en un lugar donde quizá no te esperan con los brazos abiertos. Pocas veces recordamos que muchas de esas personas trabajan muchísimo, aceptan condiciones que otros rechazan y, en no pocos casos, traen una formación académica y una experiencia vital inmensa.

Pero si solo las miramos desde el miedo, no veremos nada de eso.

Solo veremos amenaza.

Y cuando el miedo toma el mando de nuestra mirada, la empatía se queda fuera de la conversación.

No estoy diciendo que no existan problemas.

Sería absurdo negarlo.

Toda sociedad necesita gestionar sus recursos, sus tensiones, sus límites y sus procesos de integración. Pero una cosa es abordar la complejidad con responsabilidad y otra muy distinta es fabricar enemigos para calmar frustraciones colectivas.

Ahí es donde la política del miedo resulta tan peligrosa.

Porque ofrece respuestas simples a problemas complejos.

Y las respuestas simples tienen algo seductor: nos ahorran pensar.

Nos dicen quién tiene la culpa.

Nos dan un adversario.

Nos permiten sentirnos parte de un “nosotros” frente a un “ellos”.

Pero el precio es altísimo.

Porque cada vez que el “ellos” pierde rostro, el “nosotros” pierde humanidad.

Tal vez por eso necesitamos historias como las de Studio Ghibli.

Historias donde la naturaleza no es un decorado, sino un ser vivo que merece respeto.

Historias donde las niñas no necesitan coronas de princesa para enfrentarse al mundo.

Historias donde la guerra no se glorifica.

Historias donde los monstruos no siempre son enemigos.

Historias donde crecer no significa endurecerse.

Historias donde la calma tiene valor.

Historias donde todavía se puede mirar una nube, un árbol, una casa, una comida compartida o un gesto pequeño como si ahí hubiera algo sagrado.

Porque lo hay.

En un mundo obsesionado con la productividad, la velocidad, la conquista y el ruido, Ghibli nos recuerda que también somos contemplación.

Que también somos vínculo.

Que también somos infancia.

Que también somos fragilidad.

Que también somos memoria.

Que también somos cuidado.

Y, sobre todo, que todavía podemos elegir cómo mirar.

No siempre podemos elegir lo que ocurre.

Pero sí podemos preguntarnos qué observador estamos siendo ante lo que ocurre.

¿Estoy mirando desde el miedo o desde la confianza?

¿Desde el resentimiento o desde la compasión?

¿Desde la herida o desde la responsabilidad?

¿Desde la superioridad o desde la humildad?

¿Desde la indiferencia o desde el cuidado?

Estas preguntas no son cómodas.

Pero quizá sean necesarias.

Porque vienen tiempos difíciles. Muy difíciles. Tiempos en los que parte de la sociedad parece anestesiada, impasible, sin levantar demasiado la voz. Tiempos en los que algunas personas se han quitado definitivamente la máscara que ocultaba lo peor de su ser. Tiempos en los que se defiende un modelo social donde la empatía parece haber dejado huérfanos al amor y a la solidaridad.

Y sin empatía, ni el amor ni la solidaridad existen realmente.

Pueden quedar las palabras.

Pueden quedar los símbolos.

Pueden quedar los discursos.

Pero no la experiencia profunda de reconocer al otro como legítimo.

Quizá por eso necesitamos volver a entrenar la mirada.

Mirarnos menos al ombligo.

Dejar de considerarnos únicos.

Recordar que en esta enorme bola azul llamada Tierra vivimos más de 8.000 millones de seres humanos. Cada uno con sus circunstancias, deseos, anhelos, miedos, traumas, sueños, heridas, esperanzas y contradicciones.

Y, en el fondo, con una necesidad común: ser felices.

Ser amados.

Ser reconocidos.

Ser cuidados.

Tener un lugar.

Sentir que nuestra vida importa.

Quizá Totoro no salvará el mundo.

No detendrá las guerras.

No frenará los discursos de odio.

No resolverá las tensiones geopolíticas.

No convencerá a quienes han decidido vivir desde la dureza.

No transformará por sí solo nuestros sistemas políticos, económicos o sociales.

Pero tal vez pueda recordarnos cómo mirarlo.

Y eso no es poco.

Porque toda transformación empieza por una mirada.

Antes de actuar, observamos.

Antes de decidir, interpretamos.

Antes de hablar, habitamos una emoción.

Antes de construir futuro, necesitamos revisar desde qué lugar estamos construyendo.

Si miramos el mundo como un campo de batalla, buscaremos enemigos.

Si lo miramos como una amenaza, levantaremos muros.

Si lo miramos como una propiedad, defenderemos fronteras invisibles como si fueran verdades absolutas.

Pero si lo miramos como un hogar compartido, quizá empecemos a hacernos otras preguntas.

¿Cómo cuidamos mejor?

¿Cómo convivimos mejor?

¿Cómo escuchamos mejor?

¿Cómo discrepamos sin destruirnos?

¿Cómo ponemos límites sin perder humanidad?

¿Cómo protegemos lo propio sin negar la dignidad ajena?

¿Cómo sostenemos la bondad en tiempos donde parece más rentable ser cruel?

No tengo todas las respuestas.

Pero sigo creyendo que la bondad importa.

Sigo creyendo que la empatía importa.

Sigo creyendo que la solidaridad importa.

Sigo creyendo que mirar al otro con humanidad no es una ingenuidad, sino una responsabilidad.

Y sigo creyendo que, aunque el mundo se empeñe a veces en convencernos de lo contrario, nunca es demasiado cuando hablamos de bondad.

Tal vez Totoro no pueda salvar el mundo.

Pero quizá pueda recordarnos algo urgente: que todavía estamos a tiempo de mirarlo de otra manera.

Y tal vez, solo tal vez, esa sea una forma sencilla y profunda de empezar a salvarlo.

#BitácoraOntológica #StudioGhibli #Bondad #Empatía #Humanidad

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