
24 de septiembre de 2025
Hace dos años, concretamente en verano, leía _El valor de la atención_ de Johann Hari (libro que os mencioné anteriormente en [Jóvenes, soledad y chatbots](https://www.linkedin.com/pulse/j%C3%B3venes-soledad-y-chatbots-qui%C3%A9n-le-estamos-delegando-fskuf/?trackingId=KhXblH8FQQucVyNCplt%2BzA%3D%3D)). El sol dibujaba sombras tibias sobre las páginas mientras mi mente iba y venía, a veces centrada en el texto, otras veces atrapada por el impulso de revisar el móvil. El libro, sin embargo, me tocó profundamente. Sentí que hablaba de mí. De nosotros. De una era que ha confundido la información con sabiduría, la conectividad con la presencia, la rapidez con la profundidad.
Desde entonces, aquella lectura me acompaña como una advertencia suave pero insistente: la atención no es solo un recurso mental, es el territorio mismo donde se construye nuestra experiencia de vida. Y también, como alerta Hari, el botín más codiciado por la tecnología actual.
El brain rot no es un meme (aunque se disfrace de uno)
En la cultura de internet, el "brain rot" se presenta con humor absurdo: vídeos sin sentido, canciones inventadas, memes ruidosos que apelan a lo básico, a lo inmediato. Pero tras esa carcajada hay un síntoma inquietante. El brain rot, o "cerebro podrido", describe ese estado mental que muchos reconocemos sin haberle puesto nombre: dificultades para concentrarse, incapacidad para leer durante más de unos minutos, desmotivación constante, hiperestímulo, fatiga cognitiva.
No es un diagnóstico clínico. Es un fenómeno cultural. Una señal colectiva de que algo está fallando en la manera en que nos relacionamos con el contenido digital.
Quizá lo más peligroso es que este deterioro se presenta de forma tan gradual que no somos del todo conscientes. Nos acostumbramos. A revisar el móvil cada pocos minutos. A saltar de una pestaña a otra. A consumir contenido en lugar de generarlo. Nos parece normal perder la paciencia con una película lenta o sentir ansiedad ante una conversación sin distracciones. Pero no lo es. Es una forma de disociación encubierta.
Cuando la IA se convierte en parte del problema
En los últimos años, la inteligencia artificial se ha convertido en generadora principal de ese tipo de contenido hiperestimulante, de baja exigencia cognitiva. Vídeos que no aportan nada, pero que se reproducen sin esfuerzo. Imágenes, textos y melodías creadas por algoritmos para mantenernos mirando. Herramientas que completan por nosotros aquello que antes nos exigía pensar, recordar, escribir, conectar.
Y aquí entra una de las trampas más peligrosas: confundir facilidad con mejora. Usar la IA para evitar todo esfuerzo cognitivo puede parecer cómodo, pero tiene un precio. Lo que no se usa se atrofia. Si dejamos de ejercitar la atención, la memoria, el pensamiento crítico, la conversación profunda… esas capacidades se debilitan.
Como dice el vídeo que inspiró este artículo, _"estamos usando menos que nunca nuestras capacidades cognitivas"_. Y eso tiene consecuencias estructurales en nuestro cerebro. Estudios recientes muestran que un consumo excesivo de contenido digital superficial está vinculado a una reducción del volumen cerebral en zonas clave para la motivación, la memoria y la emoción. El impacto es especialmente grave en adolescentes, cuyo cerebro está aún en desarrollo.
La IA, por tanto, se convierte en espejo de nuestra falta de límites. No es que nos obligue a consumir sin sentido, es que nos facilita hacerlo sin freno. Cuando cada clic nos ofrece una nueva pieza de dopamina visual o auditiva, el cerebro empieza a asociar recompensa con hiperestímulo. Y desconecta de lo que realmente nutre: el vacío, la espera, la construcción lenta.
La nueva forma de sedentarismo: mental, no corporal
Durante décadas hablamos del sedentarismo físico como uno de los males modernos. Ahora se suma otro: el sedentarismo mental. Estar frente a una pantalla durante horas sin generar, sin crear, sin reflexionar, sin conectar profundamente. Solo recibir. Solo consumir. Solo reaccionar.
El problema no es la IA en sí, sino cómo la usamos. Si la empleamos para automatizar lo esencial, para sustituir la experiencia viva por respuestas rápidas, estamos dejando de estar presentes en nuestra propia vida. Estamos relegando a otro plano funciones humanas que requieren tiempo, error, duda, lentitud.
Y lo más irónico es que mientras algunas personas usan la IA para crear arte, aprender idiomas o programar soluciones complejas, otras la usan para no pensar. Para no sentir. Para no estar. Como si el objetivo final fuera anestesiarnos con un asistente que hace todo por nosotros, incluso existir.
¿Estamos perdiendo nuestra capacidad de pensar?
Es una pregunta fuerte. Incómoda. Pero necesaria.
No se trata de rechazar la tecnología. Se trata de no entregarle lo que nos hace humanos. La IA puede ser una herramienta formidable para ampliar nuestras capacidades, pero si se convierte en un atajo constante, el riesgo es que deje de haber un "nosotros" al que potenciar.
No olvidemos que el pensamiento profundo requiere silencio. Que la creatividad necesita espacios de aburrimiento. Que la memoria se entrena, no se externaliza. Que una buena conversación exige escucha activa, no multitarea.
Pensar es habitar el tiempo. Reflexionar es resistir la inmediatez. Crear es aceptar la dificultad como parte del proceso. Ninguna inteligencia artificial puede vivir eso por ti.
Cómo resetear nuestra relación con la IA (y con nuestra mente)
Volver a entrenar nuestra mente no implica renunciar a la tecnología, sino usarla de forma más consciente y generativa. Algunas propuestas concretas:
– Establece espacios sin pantalla en tu día: comer sin móvil, caminar sin podcast, tener conversaciones sin interrupciones. – Redirige el uso de la IA hacia la creación: escribe, dibuja, planifica, reflexiona con su ayuda, pero que la acción siga siendo tuya. – Ejercita la monotarea: haz una sola cosa a la vez, aunque cueste. La atención se entrena con la práctica. – Recupera la lectura larga: vuelve a los libros, aunque sean 10 minutos al día. Es un gimnasio para el pensamiento. – Abraza el aburrimiento: no todo momento debe ser productivo o entretenido. En la pausa también hay vida. – Practica la demora voluntaria: espera unos segundos antes de responder, de clicar, de abrir otra pestaña. Recupera el margen entre impulso y acción. – Haz revisiones digitales semanales: detecta para qué estás usando la IA, y decide si está sirviéndote o adormeciéndote.
El futuro no se piensa en scroll
La IA está aquí para quedarse. Pero la forma en que la integremos en nuestra vida determinará si amplificamos nuestras capacidades o si las dejamos marchitar.
Ese verano, leyendo a Hari, entendí que la atención es una forma de amor. Amor hacia lo que hacemos, hacia quienes nos rodean, hacia nosotros mismos. Hoy, con la IA como aliada o enemiga según cómo la usemos, ese amor necesita más que nunca un acto de presencia.
Porque tu mente no es una app. No necesita actualizaciones constantes. Necesita silencio, profundidad y sentido. ¡Cuidémosla!
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