El coche autónomo ya está llegando, aunque todavía llevemos las manos al volante

El coche autónomo ya está llegando, aunque todavía llevemos las manos al volante
Mostrar que el coche autónomo no llegará de golpe sin volante: ya está entrando mediante asistencias que cedemos poco a poco — y que conviene gobernar con criterio la responsabilidad, la privacidad y el impacto laboral antes de que la tecnología vaya más rápido que nuestras normas.
Mostrar que el coche autónomo no llegará de golpe sin volante: ya está entrando mediante asistencias que cedemos poco a poco — y que conviene gobernar con criterio la responsabilidad, la privacidad y el impacto laboral antes de que la tecnología vaya más rápido que nuestras normas.
El coche autónomo ya está llegando, aunque todavía llevemos las manos al volante

El coche autónomo ya está llegando, aunque todavía llevemos las manos al volante

Hace unos días viajaba como acompañante en el coche de un amigo cuando el vehículo emitió una señal y corrigió ligeramente la trayectoria. Nos habíamos acercado demasiado a una de las líneas del carril. No fue una maniobra brusca ni especialmente llamativa. Apenas un pequeño movimiento en el volante, acompañado de un aviso en el frontal.

Unos kilómetros después, el coche redujo la velocidad porque el vehículo que circulaba delante comenzó a frenar. Más tarde, el navegador cambió la ruta prevista para evitar una retención. Cuando llegamos a nuestro destino, varios sensores ayudaron a calcular la distancia con los coches aparcados.

Mi amigo llevaba las manos al volante. También decidía hacia dónde ir y podía intervenir en cualquier momento. Sin embargo, durante aquel trayecto había compartido la conducción con una serie de sistemas capaces de observar el entorno, interpretar información y actuar antes de que él lo hiciera.

Tal vez el coche autónomo no llegue de repente, como una máquina completamente nueva que aparece un día en nuestras calles sin volante ni pedales. Es posible que su llegada sea bastante menos espectacular.

Puede que ya esté entrando en nuestras vidas mediante pequeñas cesiones de control que aceptamos porque nos resultan cómodas, útiles y, en muchos casos, más seguras.

La autonomía comienza como asistencia

Cuando pensamos en un vehículo autónomo solemos imaginar un coche que circula sin conductor, recoge a una persona en la puerta de su casa y la lleva hasta su destino mientras ella trabaja, conversa o mira por la ventana.

Esa imagen existe y ya forma parte de algunas experiencias reales. Waymo opera servicios comerciales de transporte sin conductor en varias áreas metropolitanas de Estados Unidos y, en abril de 2026, aseguraba haber superado los 170 millones de millas recorridas en conducción totalmente autónoma. La compañía también prepara su llegada a Londres y ha creado nuevas sociedades en varios países europeos. En España constituyó Waymo Iberia SL el mes pasado, en junio de 2026, con sede en Madrid. El movimiento sugiere que está preparando el terreno para una posible expansión por la península, aunque la empresa no ha anunciado todavía cuándo podría comenzar a probar u ofrecer su servicio en nuestro país.

Ahora bien, conviene no confundir estos avances con la experiencia habitual de la mayoría de quienes conducimos. El vehículo completamente autónomo sigue siendo, por ahora, una realidad limitada a determinados lugares, empresas y condiciones.

Lo que sí encontramos ya en muchos coches son sistemas avanzados de asistencia a la conducción. El frenado automático de emergencia puede detectar una posible colisión y activar los frenos. Los sistemas de mantenimiento de carril ayudan a corregir una desviación. El control de crucero adaptativo ajusta la velocidad para conservar la distancia. Otros dispositivos identifican peatones, ciclistas, señales de tráfico o indicios de cansancio.

La Unión Europea lleva años incorporando algunas de estas funciones a los requisitos de seguridad de los vehículos nuevos. Su normativa contempla sistemas como la asistencia inteligente de velocidad, la alerta de somnolencia, el frenado avanzado de emergencia, la detección durante la marcha atrás y determinadas ayudas para mantener el vehículo dentro del carril.

No estamos hablando, por tanto, de una promesa lejana. Una parte de la inteligencia que asociamos al coche autónomo ya se encuentra repartida entre sensores, cámaras, radares, mapas, procesadores y programas informáticos que intervienen durante la conducción.

A esa capa de seguridad se añaden otras funciones menos visibles. Los vehículos pueden analizar el estado de algunos componentes y anticipar posibles averías. Pueden reconocer nuestra voz, recordar el perfil de conducción, ajustar la posición del asiento, proponer destinos frecuentes o elegir una ruta según el tráfico.

También pueden aprender de nuestros hábitos.

El coche deja así de ser una máquina que responde únicamente a órdenes directas. Se convierte poco a poco en un sistema que observa, recomienda, anticipa y, en determinadas circunstancias, actúa.

¿Quién conduce realmente?

Conviene distinguir entre asistencia y autonomía, porque el lenguaje comercial puede confundir con facilidad ambas cosas.

Un sistema avanzado puede girar, frenar, cambiar de carril o seguir una ruta y, aun así, necesitar que una persona permanezca atenta y preparada para intervenir. Tesla, por ejemplo, denomina Full Self-Driving Supervised a su conjunto de funciones de conducción asistida. La propia compañía aclara que el sistema requiere supervisión activa y que esas prestaciones no convierten al vehículo en completamente autónomo ni sustituyen a la persona conductora.

La diferencia no es menor.

Cuando un sistema funciona bien durante largos periodos, podemos bajar la guardia. Si el coche mantiene la distancia, corrige la dirección y sigue la ruta, nuestra atención puede desplazarse hacia otra cosa. Continuamos siendo responsables, pero empezamos a comportarnos como pasajeros.

Ahí aparece una zona incómoda. La máquina asume parte de la tarea, aunque la persona conserva toda o casi toda la responsabilidad cuando algo falla.

En España, los vehículos con determinados sistemas de automatización pueden circular siempre que haya una persona físicamente presente que supervise el trayecto. Según la Dirección General de Tráfico, esa persona sigue siendo la responsable última del control y debe responder ante posibles infracciones o incidentes.

El problema se volverá más complejo conforme el sistema pueda tomar más decisiones sin supervisión inmediata.

Imaginemos un accidente provocado por una combinación de factores. Una cámara interpreta mal una señal, un sensor funciona peor debido a la lluvia, el mapa contiene información desactualizada, una actualización de software cambia la reacción del vehículo, la persona propietaria no realiza un mantenimiento recomendado y el conductor confía demasiado en el sistema y tarda en reaccionar.

¿Dónde empieza y dónde termina la responsabilidad de cada parte?

Podemos señalar al conductor, al fabricante del vehículo, a quien desarrolló el programa, a la empresa que suministró los mapas o al taller que revisó los sensores. También podría existir un fallo difícil de atribuir a una sola decisión, porque los sistemas complejos suelen fallar de manera compleja.

Mientras una persona controle el vehículo, el marco jurídico puede seguir apoyándose en la figura tradicional del conductor. Cuando desaparezca esa supervisión, necesitaremos repartir la responsabilidad de otro modo.

España dispone desde 2025 de un programa para autorizar y supervisar pruebas de vehículos automatizados y de conducción remota en vías abiertas al tráfico. La DGT también indica que se encuentra en desarrollo el marco normativo para la circulación ordinaria de vehículos totalmente automatizados.

La Unión Europea avanza en una dirección similar. En junio de 2026, varios Estados respaldaron una iniciativa para facilitar pruebas transfronterizas y armonizar criterios de despliegue, especialmente en transporte público, logística y mercancías.

La tecnología puede estar preparada para resolver determinados trayectos antes de que nuestras leyes estén preparadas para resolver sus consecuencias.

Del dilema del tranvía a los dilemas cotidianos

En un artículo anterior planteé una adaptación del conocido dilema del tranvía.

Un vehículo autónomo se acercaba a un paso de peatones mientras un niño se soltaba de la mano de una mujer embarazada. La máquina debía reaccionar en milésimas de segundo. Detrás de su actuación aparecía una pregunta difícil de evitar. Qué criterio moral habían introducido las personas que diseñaron aquella decisión.

Aquel ejemplo servía para recordar que un vehículo no comprende el valor de una vida humana. Calcula distancias, velocidades, probabilidades y posibles daños. La decisión que parece tomar por sí solo contiene criterios definidos previamente por empresas, equipos técnicos, instituciones y normas.

No quisiera repetir ahora aquel dilema. Las situaciones extremas ayudan a pensar, pero también pueden apartarnos de preguntas menos dramáticas que ya están presentes.

La mayoría de los vehículos autónomos no tendrán que elegir entre atropellar a una persona o poner en peligro a otra. Tendrán que resolver miles de decisiones pequeñas.

Cuánta distancia conservar, cuándo frenar, qué riesgo aceptar al incorporarse a una vía, cómo interpretar el movimiento de un ciclista, si debe detenerse ante una conducta imprevisible, cómo reaccionar cuando otro conductor incumple las normas o qué prioridad dar a la rapidez frente a la prudencia.

Cada una de esas decisiones incorpora una determinada tolerancia al riesgo.

Un sistema excesivamente prudente podría bloquear el tráfico o resultar incapaz de incorporarse a una glorieta concurrida o, por el contrario, uno demasiado decidido podría aumentar la posibilidad de accidente. El comportamiento adecuado no surge únicamente de una fórmula matemática, depende también de normas sociales, costumbres locales y expectativas compartidas.

Conducir en Madrid no es igual que conducir en un pequeño municipio. Tampoco interpretamos del mismo modo una rotonda en España, una intersección en Estados Unidos o una calle estrecha en Italia.

El vehículo tendrá que aprender el entorno, pero nosotros tendremos que decidir qué conductas consideramos aceptables.

En ese sentido, el verdadero dilema del coche autónomo quizá no aparezca en una situación extraordinaria, puede estar escondido en miles de decisiones ordinarias que nadie llegará a observar por separado, aunque todas juntas definan cómo se mueve la máquina entre nosotros.

Un vehículo que también nos observa

La autonomía necesita información.

Para circular, el vehículo debe conocer su posición, interpretar el entorno, reconocer objetos y anticipar movimientos. Cuantos más datos procesa, mayor puede ser su capacidad para reaccionar.

Pero una parte de esos datos no habla únicamente de la carretera. Habla de nosotros.

El coche puede registrar dónde vivimos, dónde trabajamos, a qué hora salimos, qué trayectos repetimos y cuánto tiempo permanecemos en determinados lugares. Puede conocer nuestra velocidad, la brusquedad con la que frenamos, el modo en que aceleramos o la frecuencia con la que utilizamos ciertos sistemas.

Si incorpora cámaras interiores, micrófonos o sensores biométricos, también puede obtener información sobre nuestra voz, nuestro rostro, nuestra atención o nuestro estado físico.

El Comité Europeo de Protección de Datos advierte que los vehículos conectados pueden tratar información de especial sensibilidad, incluidos datos de localización, comportamiento y, en algunos casos, datos biométricos. Sus directrices insisten en limitar la recogida, informar con claridad, aplicar privacidad desde el diseño y evitar que los datos salgan del vehículo cuando no resulte necesario.

La cuestión no consiste en rechazar toda recogida de información, ya que algunos datos pueden mejorar la seguridad, permitir el mantenimiento preventivo o facilitar una asistencia rápida después de un accidente.

El problema aparece cuando aceptamos usos que no comprendemos.

Una aseguradora podría ajustar la prima según nuestra forma de conducir. En principio parece razonable que una persona prudente pague menos. Sin embargo, habría que saber qué variables se utilizan, cómo se interpretan y qué posibilidad existe de corregir un error.

También tendríamos que preguntarnos si una persona puede negarse a compartir sus datos sin recibir por ello un precio mucho más alto. O qué ocurre cuando el sistema confunde prudencia con inseguridad, interpreta una frenada de emergencia como una conducta de riesgo o penaliza a quien circula habitualmente por zonas más congestionadas.

Una ventaja económica puede transformarse en una forma de vigilancia si no existen límites claros.

Y el vehículo no será una isla. La comunicación V2X permitirá intercambiar información con otros coches, semáforos, carreteras y servicios urbanos. Esa coordinación puede reducir accidentes y mejorar el tráfico. Al mismo tiempo, aumentará el número de actores capaces de participar en el tratamiento de nuestros datos.

La pregunta ya no será solo quién fabrica el coche. También tendremos que saber quién controla la infraestructura digital sobre la que circula.

Cuando la movilidad cambia, el trabajo también cambia

Los primeros efectos importantes de la automatización pueden aparecer antes en las flotas que en los vehículos particulares.

Una empresa de transporte puede obtener mucho valor si una inteligencia artificial optimiza rutas, distribuye cargas, calcula recargas, anticipa averías y reduce tiempos de espera. Un taxi autónomo puede trabajar durante más horas. Un vehículo de reparto puede adaptar su recorrido a la demanda. Un autobús sin conductor puede cubrir trayectos en zonas donde mantener el servicio resulta costoso.

Estas posibilidades suelen presentarse desde la eficiencia. Menos gasto, menos esperas y mejor aprovechamiento de los vehículos.

La mirada cambia cuando pensamos en las personas que viven de conducir.

Taxistas, transportistas, repartidores/as y conductores/as de autobús no se enfrentan únicamente a la posible desaparición de un puesto. También pueden experimentar una transformación progresiva de su trabajo.

Quizá durante una etapa sigan dentro del vehículo, pero supervisen sistemas automáticos. Tal vez deban resolver incidencias, atender a pasajeros/as o gestionar varias unidades a distancia. Pueden aparecer empleos vinculados al control de flotas, mantenimiento de sensores, revisión de datos, asistencia remota o ciberseguridad.

Si bien, eso no garantiza que la transición vaya a ser justa.

La Comisión Europea reconoce que la automatización y la digitalización pueden poner en riesgo puestos de cualificación baja y media dentro del transporte. También señala la necesidad de anticipar nuevas competencias y acompañar a quienes se vean afectados.

Hablar de nuevos empleos no basta cuando las personas que pierden los antiguos no pueden acceder a ellos.

Un conductor con décadas de experiencia posee conocimientos valiosos sobre rutas, seguridad, mercancías, clientes e imprevistos. No deberíamos tratar esa experiencia como un residuo del pasado. Puede resultar fundamental para diseñar y supervisar los nuevos sistemas.

La pregunta no es solo cuántos puestos creará la automatización frente a cuántos destruirá, también importa dónde aparecerán, qué formación exigirán, quién podrá ocuparlos y durante cuánto tiempo convivirán los modelos antiguos y nuevos.

Una transformación tecnológica puede aumentar la productividad y, al mismo tiempo, repartir mal sus beneficios.

No hay ninguna contradicción entre ambas cosas.

Una autonomía que no llegará igual a todas partes

Cuando hablamos del nivel 4 o del nivel 5 de conducción autónoma, podemos imaginar una línea ascendente en la que todos los vehículos avanzan hacia el mismo destino.

La realidad probablemente será menos ordenada.

El nivel 4 permite que el sistema conduzca sin intervención humana dentro de unas condiciones determinadas. Puede funcionar en una ciudad concreta, en una zona delimitada, bajo ciertas condiciones meteorológicas o en rutas previamente preparadas. El nivel 5 supondría una autonomía completa en cualquier entorno en el que podría conducir una persona.

Entre ambos hay una distancia enorme.

Es probable que veamos antes lanzaderas autónomas en recintos cerrados, taxis en áreas urbanas cartografiadas o camiones que recorren corredores concretos. Resolver un itinerario conocido y controlado resulta bastante más sencillo que conducir por cualquier carretera, bajo cualquier clima y ante cualquier comportamiento humano.

Por eso conviene no confundir los avances de Waymo con la disponibilidad inmediata de vehículos plenamente autónomos para cualquier persona y lugar. Tampoco debemos interpretar un sistema de asistencia sofisticado como prueba de que el nivel 5 está a la vuelta de la esquina.

En Europa, el despliegue se está planteando mediante pruebas, homologaciones, cooperación entre países y casos de uso concretos.

La conducción autónoma puede avanzar mucho durante los próximos años sin que desaparezca el volante de la mayoría de los coches.

Puede integrarse primero en el transporte público, la logística, los puertos, los aeropuertos, los polígonos industriales o determinados centros urbanos. Habrá ciudades que la adopten antes y territorios donde tarde mucho más en resultar viable.

También existirá una convivencia prolongada entre vehículos autónomos, coches convencionales, bicicletas, motocicletas y peatones.

Quizá esa convivencia sea la parte más difícil.

Las máquinas pueden obedecer unas reglas estables, mientras que las personas improvisamos, dudamos, nos distraemos, incumplimos normas y nos comunicamos mediante miradas o gestos que no siempre resultan fáciles de traducir a datos.

El coche autónomo tendrá que aprender a circular por un mundo que no fue diseñado para comportarse como un algoritmo.

Seguir llevando las manos al volante

La inteligencia artificial puede hacer que nuestros desplazamientos sean más seguros, puede reducir accidentes provocados por cansancio, distracción o errores de cálculo y también puede facilitar la movilidad de personas mayores, con discapacidad o sin permiso de conducir.

Negar esas posibilidades sería tan poco razonable como aceptar sin preguntas todo lo que nos ofrezca la industria.

El vehículo autónomo no es únicamente un proyecto de ingeniería, es también una decisión sobre cómo queremos movernos, qué datos estamos dispuestos a entregar, quién responderá ante un daño y cómo repartiremos los efectos sobre el empleo.

La escena inicial parece sencilla.

Una persona conduce mientras el coche corrige el carril, mantiene la distancia, observa su nivel de atención y elige una ruta. Las manos continúan sobre el volante, pero una parte de la conducción ya ha cambiado de lugar.

No hemos entregado el control de una sola vez, lo estamos cediendo función a función.

Quizá la pregunta no sea cuándo llegará el coche autónomo, porque una parte de él ya está aquí, la pregunta es si nuestra capacidad para gobernarlo está avanzando a la misma velocidad que nuestra capacidad para construirlo.

¿Sabremos distinguir entre ayuda y dependencia?

¿Podremos exigir que nuestros datos se utilicen con límites comprensibles?

¿Repartiremos la responsabilidad con justicia cuando una decisión dependa de personas, empresas y sistemas que actúan juntos?

¿Acompañaremos a quienes vean transformado su trabajo o volveremos a decirles que el progreso siempre deja a alguien atrás?

La tecnología seguirá conduciendo cada vez más partes del trayecto. Eso puede ser una magnífica noticia.

Pero todavía nos corresponde decidir hacia dónde queremos ir.

#InteligenciaArtificial #VehículoAutónomo #Movilidad #ÉticaDigital #FuturoDelTrabajo

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Víctor Figueroa
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