
# El peaje de crecer
«Me pillas emocionada».
La respuesta llegó después de publicar unas palabras de admiración. Yo había querido reconocer a una persona, destacar algo que veía en ella y que me parecía valioso. Esperaba, quizá, un agradecimiento sencillo, una reacción breve, una de esas conversaciones que terminan con un corazón y siguen su camino entre tantas otras notificaciones.
Pero no fue así.
Al otro lado apareció una voz emocionada, casi temblorosa, que comenzó a hablarme de cambios, de personas que ya no estaban, de una forma más selectiva de relacionarse y de la sensación de haberse vuelto algo ermitaña. Me habló también del crecimiento personal, aunque no como se suele presentar en las redes, rodeado de frases luminosas y fotografías en las que todo parece haber encontrado por fin su lugar.
Me habló del dolor.
Mientras la escuchaba, comprendí que aquella publicación no hablaba únicamente de ella. Yo había reconocido algo que también habitaba en mí. A veces admiramos a una persona porque encarna una forma de estar en el mundo que valoramos profundamente, aunque todavía no hayamos encontrado las palabras para nombrarla en nosotros.
Aquella conversación puso delante de mí una idea sobre la que llevo tiempo pensando. Crecer tiene un precio. No porque el crecimiento sea una condena ni porque tomar conciencia nos lleve necesariamente a vivir peor, sino porque mirar de otra manera transforma aquello que estamos dispuestos a aceptar.
Y cuando cambia nuestra mirada, algunas cosas dejan de encajar.
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