You need to enable JavaScript to use the communication tool powered by OpenWidget
El propósito no cabe en un algoritmo
En momentos de mayor calma, cuando consigo alejarme un poco del ruido, me gusta reflexionar sobre cómo esta brecha que ya se está produciendo se irá pronunciando cada vez más. Una brecha entre quienes entienden, utilizan y participan activamente en el desarrollo de estas tecnologías, y quienes apenas alcanzan a percibir sus consecuencias. Una brecha entre quienes están diseñando los nuevos mapas del mundo y quienes, sin saberlo del todo, ya están caminando dentro de ellos.
En momentos de mayor calma, cuando consigo alejarme un poco del ruido, me gusta reflexionar sobre cómo esta brecha que ya se está produciendo se irá pronunciando cada vez más. Una brecha entre quienes entienden, utilizan y participan activamente en el desarrollo de estas tecnologías, y quienes apenas alcanzan a percibir sus consecuencias. Una brecha entre quienes están diseñando los nuevos mapas del mundo y quienes, sin saberlo del todo, ya están caminando dentro de ellos.
El propósito no cabe en un algoritmo

El propósito no cabe en un algoritmo

Hay días en los que me siento saturado de tanto cambio, de tantas noticias sobre los avances de la inteligencia artificial y de cómo esta tecnología está transformando la manera que tenemos de ver el mundo, de estar en él e incluso de relacionarnos con otras personas. No hablo solo de una saturación informativa, de esa sensación tan habitual de abrir cualquier red social o medio de comunicación y encontrarte con una nueva herramienta, una nueva promesa o una nueva amenaza. Hablo de algo más profundo, de una especie de cansancio interior que aparece cuando sientes que todo se mueve demasiado rápido y que, por mucho que intentes comprender lo que está ocurriendo, siempre hay algo nuevo que vuelve a desplazar el suelo bajo tus pies.

En momentos de mayor calma, cuando consigo alejarme un poco del ruido, me gusta reflexionar sobre cómo esta brecha que ya se está produciendo se irá pronunciando cada vez más. Una brecha entre quienes entienden, utilizan y participan activamente en el desarrollo de estas tecnologías, y quienes apenas alcanzan a percibir sus consecuencias. Una brecha entre quienes están diseñando los nuevos mapas del mundo y quienes, sin saberlo del todo, ya están caminando dentro de ellos. Porque la mayoría de la sociedad sigue siendo bastante desconocedora de las repercusiones reales que todo esto está teniendo y va a tener en el trabajo, en la educación, en la economía, en las relaciones humanas, en la política, en la guerra, en la manera de tomar decisiones y, por supuesto, en la forma en que cada persona se comprende a sí misma.

Lo que me preocupa no es únicamente la existencia de la inteligencia artificial, ni siquiera su avance. Sería absurdo negar las enormes posibilidades que ofrece. La inteligencia artificial puede ayudarnos a investigar, a crear, a comunicarnos, a resolver problemas, a mejorar procesos, a ahorrar tiempo y a ampliar capacidades que hasta hace muy poco parecían impensables. La cuestión, al menos para mí, no es situarnos en contra de la tecnología ni alimentar una mirada apocalíptica que nos deje paralizados. El problema aparece cuando la velocidad del cambio es infinitamente superior a nuestra capacidad de adaptación, de comprensión y, sobre todo, de reflexión. Porque una cosa es adoptar herramientas y otra muy distinta es comprender el mundo que esas herramientas están contribuyendo a construir.

Hace unos días leía una noticia sobre la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, centrada en la necesidad de salvaguardar a la persona humana en la era de la inteligencia artificial. Más allá de la dimensión religiosa del texto, que cada cual podrá recibir desde sus propias creencias o desde ninguna, me parece muy relevante que una institución de ese peso ponga sobre la mesa una conversación que no deberíamos dejar solo en manos de empresas tecnológicas, laboratorios de investigación, fondos de inversión o gobiernos. Porque la inteligencia artificial no es únicamente una cuestión técnica. Es una cuestión social, política, ética y profundamente humana.

Cuando hablamos de inteligencia artificial, solemos preguntarnos qué podrá hacer, hasta dónde llegará, qué trabajos sustituirá, qué tareas automatizará o qué oportunidades generará. Y todas esas preguntas son importantes. Pero creo que hay otra pregunta anterior, o quizá más profunda, que muchas veces queda sepultada bajo el entusiasmo o el miedo: ¿qué lugar ocupará el ser humano en el mundo que estamos construyendo? Dicho de otra manera, ¿vamos a utilizar la tecnología para ampliar nuestra humanidad o vamos a terminar adaptando nuestra humanidad a la lógica de la tecnología?

Desde una mirada ontológica, esta pregunta tiene mucho que ver con el tipo de observador que estamos siendo ante este cambio de época. No todos observamos la inteligencia artificial de la misma manera. Hay quien la mira como una oportunidad extraordinaria, hay quien la vive como una amenaza, hay quien la contempla como una moda pasajera, hay quien se siente expulsado antes incluso de haber entrado, y hay quien simplemente no sabe qué pensar porque todo parece avanzar a una velocidad difícil de asumir. Pero el hecho de que no miremos lo mismo no significa que sus efectos no nos alcancen. La realidad no espera a que estemos preparados para comprenderla.

Quizá una de las grandes dificultades de este momento histórico sea precisamente esa: estamos incorporando herramientas antes de haber generado las conversaciones necesarias para entender qué implican. Usamos sistemas de inteligencia artificial para escribir, decidir, recomendar, seleccionar, vigilar, analizar, clasificar, evaluar o predecir, pero no siempre nos detenemos a preguntarnos qué tipo de mundo nace cuando esas acciones dejan de ser exclusivamente humanas. Y no porque lo humano sea perfecto, porque evidentemente no lo es. Las personas nos equivocamos, tenemos sesgos, intereses, miedos, prejuicios y limitaciones. Pero también tenemos conciencia, responsabilidad, vulnerabilidad, experiencia, contexto, compasión y capacidad de sentido. Y eso no debería ser un matiz secundario.

Me parece especialmente preocupante que estemos confundiendo con demasiada facilidad eficiencia con progreso. Que algo sea más rápido no significa necesariamente que sea mejor. Que algo sea más barato no significa que sea más justo. Que algo sea más cómodo no significa que nos haga más libres. Que una decisión pueda automatizarse no significa que deba automatizarse. Hay ámbitos de la vida en los que el criterio técnico no puede ser el único criterio, porque lo que está en juego no es solo el resultado, sino la dignidad de las personas afectadas por ese resultado.

Pensemos, por ejemplo, en el mundo del trabajo. Durante años se nos ha dicho que la tecnología destruiría algunos empleos, pero crearía otros nuevos. Y puede que sea cierto en parte. La historia muestra que las grandes transformaciones tecnológicas siempre han modificado profundamente el mercado laboral. Pero detrás de esa afirmación, aparentemente tranquilizadora, hay vidas concretas, personas concretas, familias concretas, biografías concretas. No es lo mismo hablar de “reconversión profesional” en una presentación que vivir en primera persona la sensación de que aquello que sabías hacer, aquello que durante años sostuvo tu identidad y tu economía, empieza a perder valor en cuestión de meses.

Pienso que la dignidad humana no puede depender únicamente de la utilidad productiva de una persona. Si una sociedad empieza a valorar a las personas solo por aquello que pueden producir, optimizar o rentabilizar, entonces la inteligencia artificial no habrá creado el problema, pero sí lo habrá amplificado. Porque el verdadero riesgo no es que las máquinas se parezcan cada vez más a las personas, sino que las personas empecemos a ser tratadas cada vez más como máquinas.

Y esto conecta con una preocupación que se me hizo especialmente evidente al escuchar a un profesional de los medios de comunicación contar su experiencia: después de incorporar varias automatizaciones a su día a día, empezó a darse cuenta de que, casi sin advertirlo, estaba perdiendo el sentido de buena parte de lo que hacía. Estaba siendo productivo, sí, pero había algo que le incomodaba y no sabía el qué hasta entonces.

Vivimos en una cultura que ha convertido la productividad casi en una religión. Queremos hacer más, llegar a más, responder más rápido, aprender más deprisa, producir más contenido, tomar mejores decisiones, anticiparnos a todo. Pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos para qué. Y cuando el “para qué” desaparece, cualquier herramienta poderosa puede convertirse en una huida hacia adelante. Podemos automatizar tareas, pero no podemos automatizar el propósito. Podemos delegar procesos, pero no podemos delegar la responsabilidad de decidir qué vida queremos vivir. Podemos pedirle a una inteligencia artificial que nos ayude a escribir, ordenar ideas o resolver problemas, pero no podemos pedirle que habite por nosotros nuestra propia existencia.

El propósito no cabe en un algoritmo porque no es simplemente una respuesta bien formulada. El propósito es una relación viva con aquello que consideramos valioso. Tiene que ver con nuestra historia, con nuestras heridas, con nuestras decisiones, con nuestras conversaciones pendientes, con nuestras renuncias, con nuestras esperanzas y con la manera en que elegimos estar en el mundo. Puede cambiar con el tiempo, puede madurar, puede desdibujarse y volver a aparecer, pero no se calcula desde fuera. Se descubre, se construye, se conversa y, sobre todo, se vive.

Por eso me parece tan importante abrir este debate sin reducirlo a una discusión entre tecnófilos y tecnófobos, entre quienes abrazan cualquier novedad sin hacerse demasiadas preguntas y quienes rechazan todo avance por miedo a perder lo conocido. Entre esos dos extremos hay un espacio mucho más interesante, que es el de la responsabilidad. Y la responsabilidad, al menos como yo la entiendo, no consiste en tener todas las respuestas, sino en hacernos cargo de las preguntas que nuestro tiempo nos está poniendo delante.

¿Qué queremos preservar de lo humano en una época de automatización creciente? ¿Qué decisiones no deberían tomarse sin participación de las personas afectadas? ¿Qué límites necesitamos establecer para que la innovación no se convierta en una coartada para concentrar más poder? ¿Qué papel tendrán la educación, el pensamiento crítico y la conciencia ética en un mundo donde cada vez será más fácil obtener respuestas sin haber aprendido a formular buenas preguntas? ¿Qué conversaciones necesitamos abrir en las empresas, en las aulas, en las familias, en las instituciones y en nuestra propia vida?

No tengo una respuesta cerrada a todo esto. De hecho, desconfío bastante de quienes dicen tenerla. Pero sí tengo cada vez más claro que necesitamos más humanidad, no menos. Y decir esto no significa rechazar la tecnología, sino situarla en su lugar. La tecnología debe estar al servicio de la vida, no la vida al servicio de la tecnología. La inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinaria si la utilizamos con conciencia, con límites, con sentido y con una mirada orientada al bien común. Pero puede convertirse también en una fuerza deshumanizadora si la dejamos avanzar únicamente guiada por la lógica del mercado, la competencia geopolítica o la obsesión por la eficiencia.

Quizá lo más delicado de este momento es que muchos de los cambios más profundos no se presentan como grandes rupturas, sino como pequeñas comodidades. Una recomendación más precisa, una respuesta más rápida, una decisión más automatizada, una tarea menos que hacer, una conversación menos que tener. Y así, poco a poco, podemos ir cediendo espacios sin darnos cuenta. No porque alguien nos obligue, sino porque resulta cómodo. Y lo cómodo, cuando no se observa con conciencia, puede terminar saliendo caro.

Desde el coaching ontológico sabemos que el lenguaje no solo describe la realidad, también la crea. Las conversaciones que mantenemos, y también las que evitamos, abren o cierran posibilidades. Por eso creo que necesitamos hablar mucho más de inteligencia artificial desde lugares que no sean exclusivamente técnicos. Necesitamos hablar de emociones, de miedo, de deseo, de identidad, de reconocimiento, de poder, de dignidad, de aprendizaje, de comunidad y de propósito. Necesitamos preguntarnos qué nuevas conversaciones se vuelven necesarias en esta época y qué viejas conversaciones ya no podemos seguir postergando.

También necesitamos escuchar al cuerpo. Porque el cuerpo suele enterarse antes que la mente de que algo no va bien. Esa sensación de saturación, de cansancio, de presión por estar al día, de vértigo ante lo que viene, no debería ser ignorada como si fuera una simple resistencia al cambio. A veces el cuerpo no se resiste al futuro, simplemente nos pide que no corramos hacia él de cualquier manera. Nos pide pausa, presencia, discernimiento. Nos recuerda que no somos solo mentes procesando información, ni perfiles profesionales actualizándose, ni usuarios adoptando herramientas. Somos personas. Personas con límites, con emociones, con vínculos, con necesidad de sentido.

Y quizá esta sea una de las grandes tareas que tenemos por delante, la de aprender a vivir en un mundo acelerado sin permitir que la aceleración nos robe la profundidad. Porque adaptarse no debería significar dejar de pensar. Innovar no debería significar dejar de cuidar. Avanzar no debería significar olvidar a quienes quedan atrás. Y utilizar inteligencia artificial no debería significar renunciar a nuestra propia inteligencia vital, ética y emocional.

Me gusta pensar que todavía estamos a tiempo de construir una relación más consciente con la tecnología. No desde la ingenuidad, porque hay intereses enormes en juego. No desde el miedo, porque el miedo estrecha la mirada. Sino desde una conversación adulta, incómoda y necesaria. Una conversación que reconozca las posibilidades de la inteligencia artificial, pero que no aparte la mirada de sus riesgos. Una conversación que no se conforme con preguntar qué podemos hacer, sino que se atreva a preguntar qué debemos cuidar.

Tal vez el gran desafío no sea que la inteligencia artificial llegue a ser demasiado inteligente. Tal vez el verdadero desafío sea que nosotros olvidemos cultivar aquello que nos hace profundamente humanos. La capacidad de escuchar. La posibilidad de conmovernos. La responsabilidad de elegir. La humildad de reconocer que no todo lo valioso puede medirse. La conciencia de que una vida digna no se reduce a funcionar bien. La necesidad de encontrar sentido incluso en medio de la incertidumbre.

La inteligencia artificial seguirá avanzando. Probablemente lo hará más rápido de lo que imaginamos. Cambiará trabajos, hábitos, profesiones, modelos educativos, relaciones y formas de organización social. Pero quizá la pregunta decisiva no sea solo qué mundo construirá la inteligencia artificial, sino qué mundo vamos a permitir que se construya en nuestro nombre.

Y ahí, nos guste o no, seguimos teniendo responsabilidad.

Porque el propósito no cabe en un algoritmo. La dignidad no debería depender de un cálculo. Y lo humano, si de verdad queremos cuidarlo, no puede quedar como una nota al pie en la historia del progreso tecnológico.

Quizá haya llegado el momento de detenernos un poco, aunque todo nos empuje a correr, y preguntarnos con honestidad:

¿qué parte de nuestra humanidad no estamos dispuestos a delegar?

#InteligenciaArtificial #DignidadHumana #PropósitoVital #CoachingOntológico #BitácoraOntológica

Compartir entrada en:

Newsletter

Accede a contenidos clave sobre Inteligencia Artificial, emprendimiento y transformación personal.​